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Archipiélago

Con cariño a papá

Saraí Campech

Hoy recordamos a los padres que han aparecido en tantas historias y homenajeamos también a los que son protagonistas de las nuestras.

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Foto: Pixabay

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Un buen padre vale por cien maestros

Jean Jacques Rosseau

La figura del padre a diferencia de la de la madre no siempre ha gozado de las mejores credenciales, muchas veces ausente, otras tantas terrible como ese perturbador cuadro de Francisco de Goya, Saturno devorando a un hijo, algunas otras se percibe abstraído, pero también se le ha presentado misericordioso, como el grabado de Doré sobre la parábola del hijo que vuelve arrepentido.

Obras a las que hay que sumar las representaciones en el cine de distintas épocas, entre esos padres uno de los menos afortunados ha sido Darth Vader en la interminable saga de Star Wars; otro que igual quedó en el traje del mal padre es Vito Corleone en El Padrino; caso contrario a Guido de La vida es bella, que puso la vara muy alta con ese personaje capaz de re-escenificar la tragedia ante la mirada de su hijo. Bueno, bueno, ¿qué decir de Chris Gardner? Ese padre que contra todo se planta para ser alguien en la vida y así sacar adelante a su hijo, así es la historia de En busca de la felicidad; Atticus Finch en Matar a un ruiseñor, cinta basada en la novela de Harper Lee sobre un padre viudo que se empeña en mantener valores en su familia; otro más de la lista es Ted Kramer, quien de repente es abandonado por su esposa y debe hacerse cargo de su hijo, al tiempo que hace malabares para mantener su empleo, situación que se acomoda y de repente, Joanna, la ex, regresa con la intención de recuperar al niño y descolocarlo todo.

Personajes en la ficción que en algunos casos se aproximan a la realidad, como en los libros de Guy DeLisle, Guía del mal padre, tomos en los que el artista originario de Quebec a golpe de trazos y frases cortas dibuja a muchos padres que conocemos o hemos visto en algún lugar: desde ese papá olvidadizo, contrincante o travieso, como él solo, que pone a sonar las alarmas de todos los relojes de una tienda y se esconde con el hijo para atestiguar su hazaña. Hay unos más: El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, una novela sobre su padre, un médico y activista colombiano que fue asesinado en Medellín a quién su hijo buscó honrar contando su vida echando mano de la literatura para así darle vida y volverlo eterno. Por último mencionaré a Poeta chileno de Alejandro Zambra, un libro sobre los poetas sudamericanos que tienen muy buena fama, un padre mediocre y un padrastro que se ganó con creces el cariño del no hijo.

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Ya instalados en la vida real descubrimos muchísimas más historias, padres que a la primera de cambio se fueron por unos cigarros para no volver, progenitores incapaces de mostrar un ápice de cariño, pero otros tantos dispuestos a re configurar el mundo por sus hijxs, ahí veo a Alejandro Carlos, un hombre que puede ser poco expresivo, distraído y orgulloso, pero con la convicción de brindar a su hija no solo un patrimonio, sino un entorno lleno de amor y del que se muestra dispuesto a aprender día a día, inclusive recibe gustoso las lecciones que ella le da con esa sonrisa pícara.

También veo a Fidel siendo no solo un gran padre para sus dos hijxs, sino para todxs los demás que de una u otra manera hemos tenido la suerte de estar en su vida. Ahí también se encuentra Héctor, otro padre que ha sido capaz de quedarse al límite por el amor a sus hijxs, un hombre que perdió a su padre siendo niño y que aprendió de grandes mujeres a ser un papá justo. Incluyo en el listado a Arturo, papá de dos que es un gran proveedor y conforme crecen sus cachorrxs se anima a activar su corazón. Juan Carlos y ese anhelo por ser ese padre que nunca tuvo, vaya que se esforzó y cumplió durante varios años, después, podríamos decir que se chingó la rodilla y su rendimiento ya no fue el mismo.

Con mención a parte, coloco a mi padre, un personaje como pocos que nunca conoció a su papá, que con su madre tuvo una relación harto complicada y que cuando conoció a mi mamá supo que ahí era, se casaron y nací yo, luego Samara, Salef y Sacil Ha, las hijas a las que prometió que no abandonarían nunca, a las que les inventaba historias cargadas de aventuras, a las que ponía a bailar, las llevaba de pinta con lxs amigxs; a las que les curó héridas, les preparó litros de shampoo de savila, jitomate, les ayudó a hacer los disfraces de los festivales; las esperó afuera de las fiestas, lloró de emoción con ellas y las enseñó a vivir plenamente, a plantarle cara a las adversidades y como Guido de La vida es bella a mirar todo con otros ojos, un papá que hasta su último suspiro prodigó amor y así lo recordaremos siempre.

Gracias siempre, Felipe de mi corazón.

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