El segundo acto
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

El segundo acto
Foto: Pixabay

Vienen tiempos de cambio aún mayor en la gestión de los sistemas eléctricos del mundo. El impacto del cambio climático sobre la infraestructura y la demanda energética, sumado a la creciente penetración de las energías renovables, está forzando un replanteamiento en el diseño y estructura de control del mercado. El proceso no es terso. Empresas y gobiernos se disputan los espacios. El desenlace dependerá de factores técnicos, económicos y políticos en constante evolución.

En el siglo XX, el movimiento de la demanda de electricidad respondía a un patrón del clima conocido. La oferta, primordialmente obtenida de centrales a base de combustibles fósiles, hidroeléctricas y energía nuclear, podía planearse y administrarse sin mucha atención a los cielos soleados y el soplar del viento. Ocurrían interrupciones en el suministro a veces dignas de las primeras planas de los periódicos debido a los embates del clima, fallas de equipos y errores de gestión, pero en general los parámetros de inversión y operación estaban identificados.

En el siglo XXI, los movimientos esperados para la demanda y la oferta eléctrica como consecuencia del cambio climático se apartan de su patrón histórico. Un estudio reciente publicado en la reconocida revista Nature estima que hacia 2050 el calentamiento global podría aumentar la demanda mundial de energía entre 25 y 58% por encima de lo que comúnmente resultaría de factores como el crecimiento poblacional o del ingreso. 

La demanda de calefacción disminuiría debido a inviernos menos fríos, incluso cuando sucedan eventos extremos, como las heladas intensas. La necesidad de enfriamiento en hogares y edificios aumentaría considerablemente en los veranos, especialmente en zonas tropicales y en latitudes medianas.

La oferta eléctrica deberá superar nuevos desafíos, en varios frentes. Uno de ellos corresponde a los múltiples efectos del agua sobre la generación eléctrica. La Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) espera que la eficiencia de las centrales termoeléctricas y nucleares disminuya debido al aumento en la temperatura del agua empleada para enfriarlas, entre otros usos. 

La disponibilidad de agua será más variable debido a cambios en la precipitación, el mayor riesgo de sequías y la reducción de la acumulación de nieve en las montañas y su tardío deshielo en el año. Esto podría disminuir la capacidad de generación de las centrales hidroeléctricas. Y las instalaciones energéticas ubicadas en las costas estarán amenazadas por el aumento en el nivel del mar.

Otro frente corresponde a potenciales cambios en la velocidad del viento y la nubosidad, que afectarán el desempeño de la energía eólica y solar. Más allá de adaptar y construir la infraestructura eléctrica para soportar el impacto de huracanes, inundaciones, incendios y demás fenómenos climáticos, la variabilidad de la electricidad que inyectan estas fuentes de energía al sistema podría aumentar. El conocimiento sobre este tema aún está desarrollándose.

Aparte del efecto del clima, el desafío para la oferta eléctrica será más complejo a medida que aumente la penetración de las energías renovables. Es muy distinto garantizar la estabilidad de suministro en un sistema eléctrico donde las renovables variables son una proporción pequeña del total que en otro que descansa plenamente en ellas. La electricidad de las centrales eólicas y las solares solo están disponibles cuando el viento sopla y el sol brilla. En cambio, las centrales tradicionales pueden activarse cuando se requiere, con algunas salvedades.

La tarea de compaginar ambas fuentes de energía en un sistema que funcione confiablemente tiene un componente técnico, o tecnológico, y otro económico. Del lado tecnológico, la sofisticación de los sistemas que coordinan el despacho eléctrico proveniente de distintas centrales hacia los usuarios debe ser mayor para pronosticar y, en su caso, responder a la falta temporal de energía eólica y solar, recurriendo a otro tipo de centrales que mantendrán la oferta eléctrica estable. La inteligencia artificial está facilitando cada vez más la superación de este desafío.

Del lado económico, el principal cambio será la nueva estructura de costos de generación eléctrica. Cuando aparecieron las centrales más modernas de generación a base de gas natural en el último tercio del siglo XX, bajó el costo y aumentó la flexibilidad de la generación, propiciando una oleada mundial de reformas de mercado. En la primera mitad de este siglo, la llegada de energías renovables con costos de generación cercanos a cero está impulsando una nueva ola de transformación. 

Como en todo proceso de cambio, hay ganadores y perdedores que se disputan el control de las utilidades y las reglas. Los dueños y trabajadores de las centrales más caras se resisten a la competencia de las más baratas. Las burocracias se adaptan con lentitud a las nuevas tendencias y los gobiernos prefieren mantener intacta la coalición que los llevó al poder. 

Un nuevo arreglo emergerá. En cada país será distinto dependiendo de su nivel de ingresos y su propia constelación de factores políticos. Es una pregunta abierta si se requerirá mayor centralización o descentralización del control de la industria para gestionarla con eficiencia. También es una incógnita dónde se ubicará el punto intermedio entre la ideología y el pragmatismo. México vive su propia versión de este debate.

El primer acto en la transformación de los sistemas eléctricos apenas ha terminado. Hemos entrado en el segundo acto, donde se desenvuelve la negociación política-económica y donde se reconfiguran nuevas normas y valoraciones sociales sobre la energía.