Caminar
La invertebral

Cantautor y escritor nacido en Culiacán, Sinaloa en 1983. Cuenta con 5 álbumes de estudio editados y un libro de aforismos. Premio de composición Maria Grever 2010, Mejor Artista Revelación de las Lunas del Auditorio 2018 y 6 nominaciones al Latin Grammy. Instagram @eldavidaguilar

Caminar
Foto: Madla Hartz / EFE

Una de las posibilidades que más amo en mis días actuales, por más extraño que parezca, es la de salir a caminar. No es salir a caminar así nomás, sino dentro de todo un contexto luminoso.

Mi vida cotidiana sucede en la Ciudad de México, y vivo al final de la Condesa, sobre el Circuito Interior. Pero casi todos mis quehaceres, mis visitas recurrentes o diligencias habituales están en esta misma colonia, en la Roma, en gran medida en la Narvarte, en la Juárez, en el Centro, a lo muy al sur en la Del Valle o la Portales. Viendo el mapa de la ciudad hace poco me di cuenta de que me muevo, junto con la mayor parte de mi círculo, en un radio “pequeño” de la ciudad. Casi nunca salgo del siguiente cuadro: Santa María la Ribera al norte, Periférico al poniente, el Eje 8 al sur y Tlalpan al oriente. Un promedio de unos 4 kilómetros me aleja de la mayoría de mis destinos. Yo camino como a 12 km/hr(antes como a 15, pero conforme fui disfrutando mucho el rito, fui bajando la velocidad y quiero hacerlo aún más), por lo que en promedio cada trayecto es de media hora o cuarenta minutos.

Antes me movía en transporte público, en taxi o en bici. Pero hace poco más de dos años empecé a caminar a todos lados. Y es que caminar por donde yo camino te hace sentir todo lo opuesto a lo que se siente estar solo. Es un manjar de la soledad. Porque claro, la soledad y estar solo no son la misma cosa: soledad es estar consigo mismo y estar solo es algo así como haberse abandonado. Es imposible sentirme solo con todo lo que me toca procesar. Es una sinfonía de sucesos, desde todo lo relacionado a los automóviles con sus diversos seres al volante y demás pasajeros hasta la multitud tan bien distribuida a lo largo del trayecto, en las entradas de las casas, los negocios, las ventanas de los departamentos, pasando por los ciclistas, los perros, los gatos, los insectos, las mariposas, los aviones a cada minuto, los comerciantes ambulantes, la gente sospechosa de algo, la gente común, la gente que le construye a uno preguntas inmediatas, con respecto a su vida, a su salud, a su procedencia, a sus preferencias, a su desconocida suerte que este peatón tanto quisiera de pronto conocer.

Paras en un cruce grande y observas las cuatro esquinas, las seis esquinas, las tres esquinas, las nulas esquinas que hay a veces; el jardín de esquinas que hay en otras. Alguien te rebasa y tú ni en cuenta porque vas oyendo un pasaje específico de una canción de Chet Baker, y es raro porque justo tú caminas muy rápido. Vas oyendo un programa de radio y dan una noticia gordita, por lo que no aprecias con plena atención cómo descargan las cervezas los tipos afuera de uno de los incontables bares que más tarde gestarán películas completas de la vida de gente que nunca conocerás, pero que rozas con la suela de manera cuántica afuera del supermercado, o con el cabello bajo la sombra de un fresno en Insurgentes. Hay cafeterías escondidas en la Escandón, sótanos que venden pizzas raras en la Juárez, una vendedora de los esquites más exquisitos de la ciudad, ubicada afuera de una farmacia sobre Obrero Mundial, enfrente de la iglesia de La Piedad; una banca en la Roma en la que una vez lloraste mucho.

Hasta ahora lo más que he caminado es desde la Cineteca Nacional hasta la plaza Reforma 222. Fueron como dos horas. Un día intenté venirme a mi casa desde la Ibero pero deserté como a la mitad, después de hora y media, porque tenía mucha hambre y tomé un Uber. Ahora estoy planeando ir a casa de uno de mis mejores amigos que vive más al sur, cerca de Tasqueña. En el Google maps me marca casi 3 horas. Tengo que descargar un buen programa en YouTube, un álbum al que le traiga muchas ganas o un podcast de historia. Aún que no los use, sólo por si acaso. A veces no escucho nada y voy observando muy en serio. Los árboles en los que casi nadie piensa nunca, o simplemente los relieves de la acera. Cómo se ven mis pasos al avanzar, por ejemplo. He descubierto que tengo más larga la pierna derecha, por lo que me he obsesionado un poco con encontrar declives prolongados de tal suerte que mi pierna derecha ande un poco más abajo que la izquierda, y entonces camine nivelado un pedacito. He notado como la columna vertebral se fortalece, particularmente de la zona media, la zona dorsal. Es como si me masajeara esa zona al andar. Hay barrenderos que ya sé que voy a encontrar en cierto punto a cierta hora. Hay gente que NO voy a encontrar en cierto punto a cierta hora, así como gente que voy a encontrar en todas partes y en cualquier momento.

La avenida Chapultepec últimamente me tiene enamorado. Tiene demasiada variedad, y es como una arteria muy leal del Centro; se siente como un río que deja ver que el mar está próximo. La brisa del Zócalo sobrevuela toda la avenida. Juan Escutia es terrible en temporada de lluvias, se inunda casi por completo. Nuevo León y su continuidad en División del Norte ofrecen mucha flora bella, mucha sombra, mucha bicicleta. El Eje Central tiene una sabrosa agresividad; es de mis calles favoritas también. Ya pasajes como el Ecoducto son magia más evidente, te hacen sentir como en una película de Terrence Malick; implicaría un texto aparte, igualmente que Reforma, romántica en todos los sentidos; te hace imaginar décadas pasadas o años puntuales hace siglos, con todo el cuento este de que fue un regalo de Maximiliano para Carlota, así como por tantos acontecimientos políticos, históricos alredor del Ángel o a la altura ya de la Alameda Central.

Yo recomiendo caminar. Sé que no es fácil a veces, por los tiempos, las prisas, los trayectos. Pero así sean cinco minutos, si los transitan con el sentido del sueño encendido, conectarán con lo que les digo. Y si no se puede, de todos modos el metro no se queda atrás. Es otro videojuego. Pero caminar es una delicia, al menos aquí en la Ciudad de México, cada trayecto se siente como una pequeña vida. Con los ojos adecuados, es muuuy inspirador.