Sin encogerse de hombros
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Es jefe de información en Imagen Noticias con Yuriria Sierra en Imagen Televisión. Ha colaborado en Nexos, Proyecto 40 y Dónde Ir.  IG y TW: @alanulisesniniz

Sin encogerse de hombros
Cada vez son más las personas que se atreven a luchar genuinamente por abrir los espacios para identificar y dar acceso a cualquier identidad de género. Foto: Sáshenka Gutiérrez/EFE.

Fue en una clase de educación física, estudiantes de quinto año de primaria realizaban las actividades que su profesora les había impuesto. Al terminar, ella se dirigió a un alumno, mientras sus compañeros regresaban a su salón para tomar la siguiente clase, le dirigió un mensaje: “se burlan de ti por tus manierismos, por la forma en cómo inclinas la cabeza o cómo mueves tus manos; además, he visto que en el recreo juegas con tus compañeras, si cambiaras esto te molestarán menos…” La maestra le pidió que reflexionara sobre lo que acababa de escuchar y que se esforzara por cambiar.

Esto es una anécdota que seguramente le ha sucedido a muchos niños y niñas. Me pasó a mí, ese estudiante era yo. Y episodios como este se repitieron en varias ocasiones al paso de los años. Hoy a mis 41, me encuentro conviviendo con una nueva generación, una sumamente estimulante. ¿Qué ocurrió en el mundo entre 1990 y 2021? Que cada vez son más las personas que se atreven no solo a demostrar sus afectos, sino a luchar genuinamente por abrir los espacios para identificar y dar acceso a cualquier identidad de género, para hacerlas parte de nuestro cotidiano. Sin embargo, el año lo terminamos con una de esas postales que nos recuerda que una parte de México sigue atorado en el pasado y en su idea de “buenas costumbres”: ocurrió en Six Flags, una pareja de chicos fue discriminada por darse beso, el director del parque argumentó que el reglamento prohibía las muestras de afecto que pusieran en riesgo el ambiente familiar, pero en su entendido, este corre peligro solo con parejas no heterosexuales. Este episodio me recordó a mi profesora de educación física. Aquel día, después de esa conversación que tuvimos en el patio de la escuela, me encogí de hombros, tenía 10 años y una figura de autoridad me había dicho que era yo quien estaba mal, que era yo quien tenía que cambiar.

En ese entonces, me era imposible pensar que un día me sentaría con mi sobrina de 17 años para enseñarle la foto de un chico con el que salí o que algún día en televisión nacional existirían personajes en los que se exploraría su personalidad más allá de la mofa simplona acostumbrada en los programas de comedia, menos aún que una pareja del mismo sexo protagonizaría un beso en horario estelar. Tanta gente que luchó para que hoy podamos tener esto, para las sobremesas en las que les explicamos a nuestros padres a qué nos referimos cuando hablamos de género no binario o cuando uno mismo se reconoce salpicado de esas microhomofobias que, en realidad, tienen consecuencias nada mínimas.

“No se te nota lo gay”, “no pareces lesbiana”, “no deberían adoptar”, “su marcha solo es exhibicionismo” o “si cambiaras, te molestarán menos”, comentarios como estos que quienes formamos parte de la comunidad LGBTQ+ escuchamos en algún momento de nuestra vida. También otros, peores y llenos de dolo, pero hoy somos más capaces de identificar aquellas que, aunque parecen inofensivas, se justifican en las “buenas costumbres” o en una “buena intención”.

Aunque lo de Six Flags, una homofobia institucionalizada, es peligroso porque envió un mensaje de aprobación a quienes han crecido pensando que llamar “joto” a alguien es válido, a quienes se quejan porque la FIFA ha prohibido un grito y, en el más grave de los casos, a quienes recurren a la violencia como trágico argumento final. Por eso es que no hay que parar de hablar de esto: ya no más discriminación para nadie, nunca más a encogerse de hombros.