Ni abstención, ni voto obligatorio 
Medios Políticos

Es un periodista especializado en el análisis de medios y elecciones. Tiene posgrado en Derecho y TIC, obtuvo el premio alemán de periodismo Walter Reuter en 2007, fue conductor en IMER y durante 12 años asesor electoral en el IFE e INE, editor, articulista y comentarista invitado en diversos diarios, revistas y espacios informativos. Twitter: @lmcarriedo

Ni abstención, ni voto obligatorio 
El voto es libre y secreto. Foto: Alexa Herrera / La-Lista

En México, el voto es un derecho, pero también una obligación ciudadana acorde al texto vigente de nuestra constitución. No hay un procedimiento efectivo que se haya aplicado en la historia reciente para sancionar la abstención y eso es buena noticia para la libertad, aunque en rigor, el diseño constitucional sí mantiene abierta esa posibilidad por una redacción anacrónica pero viva en términos jurídicos. Difícilmente, de invocarse, pasaría un control jurisdiccional de derechos humanos, pero sería mejor eliminarla antes de que alguien se anime a proponerla aplicable.

El artículo 35 constitucional dice que es derecho votar en elecciones, consultas populares y revocación de mandato, pero luego el artículo 36 establece que el voto es también parte de nuestras obligaciones y, por eso, el 38 señala que incumplirla puede implicar sanciones como suspender nuestros derechos políticos. Se lee que sería: “Por falta de cumplimiento, sin causa justificada, de cualquiera de las obligaciones que impone el artículo 36. Esta suspensión durará un año y se impondrá además de las otras penas que por el mismo hecho señalare la ley”.

Es norma que algunos juristas consideran imperfecta, porque la ley no especifica procedimiento para esa sanción por no votar a la que alude la constitución, no hay consecuencias en la práctica, aunque es cierto que la regla, por anacrónica que sea, sigue ahí escrita.

El Congreso de la Unión debiera darse un tiempo para corregir esa redacción antes de que alguien quiera invocarla. Tan absurdo sería el resultado de sancionar la abstención en esos términos, que después de cada elección presidencial perdería derecho a voto, por un año entero, cerca del 40% de la población y, luego de comicios intermedios, la cosa sería peor, mayor al 50%.

La primera alternancia presidencial registró 63.6% de participación en las urnas el año 2000, en 2006 votó el 58.5%, en 2012 un 63% y la contienda de 2018 registró 63.4%. Las elecciones intermedias de 2003 solo tuvieron 41.8%; en 2009, 44.7%; en 2015, de 47.7% y en 2021, a pesar del contexto de pandemia, se logró que fueran mayoría los votantes, pero solo un 52.6%; es decir, lo habitual es que entre cinco y seis de cada 10 votantes se abstienen de acudir a votar en comicios federales intermedios y que cuatro de cada 10 no acuden tampoco a contiendas presidenciales.

No existe umbral mínimo de participación para que sea válida una elección ordinaria local o federal, a diferencia del famoso 40% que requieren consultas populares o la revocación de mandato. Así, apenas en 2019 tuvimos elecciones válidas en Puebla y Tamaulipas con apenas 33% de participación, en Baja California con 29% y en Quintana Roo con solo 22%.

La revocación de mandato es una figura democrática que logró casi 18% de votantes en un entorno adverso, es decir, se inauguró en México con más de 80% de abstención, aunque enfrentando muchos obstáculos, pocas casillas, minúscula difusión frente a la que se da en elecciones presidenciales, poco presupuesto, una oposición que decidió no involucrarse y un pleito que parece sin fin entre el árbitro y el gobierno.

Es verdad que hay muchas ciudadanas y ciudadanos que optaron en libertad por abstenerse, aunque sería un engaño asumir que todas y todos, ocho de cada 10 que no votó en la revocación, lo hizo como rechazo a la existencia misma de la figura o que esa cifra es equivalente a un rechazo al presidente que todas las encuestas ven con popularidad cercana o mayor al 60%.

Si las urnas se dejan vacías por decisión libre es respetable, pero creo que la abstención en cualquier jornada de votación no debe celebrarse como un triunfo, porque nadie gana si hay urnas vacías y si eso se usa para vacunar su apertura en el futuro.

En todo caso, la abstención implica un reto colectivo para que cuando se abran las urnas, sea siempre con mejores condiciones para convencer a las y los electores de no dejarlas sin su voto, generar entornos que acerquen y no que alejen votantes, porque si todas las urnas se quedan vacías y eso pretendemos combatirlo eliminando ejercicios de democracia participativa u obligando a votar quitando derechos políticos a quien no lo haga, pues nos quedaríamos sin elecciones, sin urnas y sin votantes.