La centralización de la tragedia 
Contextos

Reportero egresado de la UNAM, formó parte de los equipos de Forbes México y La-Lista. Con experiencia en cobertura de derechos humanos, cultura y perspectiva de género. Actualmente está al frente de la Revista Danzoneros. Twitter: @arturoordaz_

La centralización de la tragedia 
Foto: EFE.

Dos fuertes sismos volvieron a conmocionar la atención de los medios de comunicación en el mes de septiembre. Una terrible coincidencia cimbró a la tierra, de nuevo, un 19 de septiembre, y luego el 22. La capital del país quedó marcada por la devastación que hubo en 1985, desde entonces tomó el protagonismo como víctima principal. Sin embargo, hay otros estados del país que la han pasado mal y no figuran en el mapa. 

Tras los sismos del lunes y el miércoles pasado, las cadenas de televisión se concentraron en compartir la situación de la Ciudad de México. Las notas apuntaban a los edificios resentidos (por temblores anteriores) y al informe de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinabaum, pero ¿qué pasó en el epicentro?

El gobierno de la CDMX reportó la revisión de 22 inmuebles, de los cuales uno fue catalogado con afectaciones de riesgo alto y cuatro de riesgo medio. En el epicentro, Coalcomán, Michoacán, las autoridades calcularon que había más de 3 mil casas afectadas. Además, los municipios de Aquila y Coahuayana fueron los principales dañados durante el primer sismo de este mes. 

Sumado a ello, la gobernadora de Colima, Indira Vizcaíno, solicitó la declaratoria de emergencia por las serias afectaciones en 10 municipios, así como por las dos personas fallecidas en Manzanillo. 

Es importante resaltar que el segundo sismo sí cobró vidas en la capital del país, pero no a causa de un derrumbe, sino a consecuencia de una caída y por un infarto. Con ello también se devela que la ciudad atraviesa por un problema diferente, que no tiene ver con el derrumbe de edificios, sino con el trauma colectivo que dejó el sonido de la alerta sísmica. 

El objetivo no es culpar ni aminorar el terror que se vive en la Ciudad de México cuando tiembla u ocurre cualquier otro siniestro, sino señalar la importancia de democratizar la atención mediática que se ejerce. Para muestra de ello también está el sismo del 7 y 19 de septiembre de 2017, el primero de ellos provocó el derrumbe del Palacio Municipal de Juchitán y cobró la vida de 99 personas -solo- en Oaxaca. 

Recuerdo que tras el terremoto de hace 5 años, cientos de habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México nos lanzamos a los edificios caídos de la CDMX para tratar de ayudar. Manos sobraban, al segundo día del sismo había decenas de personas sin saber qué hacer pero con ganas de apoyar. Con el grupo de ayuda, que formamos mis amigos, preguntamos en varios albergues si podíamos colaborar en algo, en todos nos rechazaron por el exceso de voluntarios. Al final terminamos en uno donde organizamos cientos de botellas de agua, comida enlatada y ropa, en ese centro de refugio solo había una familia resguardada. 

En contraparte, un grupo de amigos estudiantes del sector salud se encaminó al estado de Morelos para ayudar. “La gente estaba durmiendo en la calle, estuvo horrible” me comentó Irving, quien como alumno de odontología se dedicó a poner decenas de vendoletes y vendas a los afectados. Ahí los víveres eran lo más codiciado, relató. 

De lo anterior es la importancia de “descentralizar tragedias” como esta, también apuntar más al trabajo que están realizando los periodistas en otros estado de la República. La cobertura de los medios debería ir más allá del egocentrismo chilango.