Opinión

Un respiro adelante

La Ciudad de México es una contingencia que hemos aprendido a habitar y que no tiene visos de cambiar. Nos lloran los ojos y se nos cierra la garganta mientras seguimos evadiendo una conversación necesaria.

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Hablar del clima es un lugar común que muchas personas odiamos. Hablar del clima es un lugar común que muchas personas más odiaremos a partir de ahora y conforme la emergencia climática nos lo va dictando. Y lo haremos no porque sea una buena razón, un lugar común vaya, para evadir otro tipo de conversación, sino porque ya es un lugar necesario y urgente del que tenemos que hablar y sobre el que tenemos que ejecutar acciones.

Durante las últimas semanas las ondas de calor han cambiado la vida de quienes habitamos este país. Es claro que también de muchas otras zonas en el mundo, pero hoy hablemos de México. Las temperaturas han llegado hasta los 45 grados en algunos estados. En la Ciudad de México, hablar de temperaturas que sobrepasan los 30 ya casi es cotidiano. El informe de la UNAM que nos anticipa que se romperán récords históricos al respecto confirma que no hay marcha atrás.

Las últimas semanas, la labor diaria como alguien tras el micrófono me generó una sensación de terrible preocupación, pero casi se ha convertido en una costumbre en el espacio que de radio que produzco y conduzco junto con la periodista Sandra Romandía en El Heraldo Radio – #RomandíaEnElHleraldo- informar sobre las contingencias ambientales a las personas que viven en la zona del área metropolitana y la Ciudad de México.

Una semana sí, la siguiente también, un día sí, el otro también. Tenemos que dar a la audiencia la información al respecto. Tenemos que recordarle que hay una serie de especificaciones más allá de los autos que no circulan. Decir al aire (vaya ironía, “decir al aire”) que se aconseja que no salgan a hacer actividades recreativas, ejercicio, culturales, al aire libre, tiene un dejo apocalíptico. ¿Qué somos si somos una ciudad que aconseja a su gente no salir? Suena a ese lugar llamado pandemia del que esperamos escapar, con el que todavía mucha gente tiene -tenemos- pesadillas y, sin embargo, no es.

¿Es una emergencia? Sí. ¿Estamos hablando de ello? No como deberíamos. Ese lugar común del que venimos huyendo ha sido opacado en las últimas semanas por un hecho histórico también, las elecciones más violentas que hemos tenido en nuestro país. Eso ha hecho que hablemos de otras cosas allende la política y no de lo que estamos respirando, lo que nos está manteniendo en casa y de lo que nos está afectando a la salud, aunque los efectos no sean notorios todavía.

La década de los noventas fue espacio de uno de los episodios más tristes de lo que podemos recordar que somos como ciudad. La razón por la que apareció el programa “Hoy No Circula” era nada más y nada menos, entre muchos otros factores, la contaminación ambiental. La mía es una generación que recuerda haber pasado varios recreos dentro del salón, ¿por qué? Porque esa era la recomendación de las autoridades. La mía es una generación que hoy, cuando escucha o lee las recomendaciones de la Comisión Ambiental de la Megalópolis, CAMe, recuerda esos días en los que entendió que el aire no siempre es respirable. Que no siempre es saludable.

Mi generación ve hoy en las infancias que acompaña de manera directa o indirecta, la repetición de algo que en muchos casos ingenuamente creímos que iba a ser resuelto. Estoy hablando de la CDMX y el Valle de México en cuestiones de contingencia, pero por supuesto, estoy hablando en cuestiones macro, de emergencia climática.

Lo que se ha hecho en estos años sin duda es la prueba de que no somos una ciudad pensada como deberíamos haberlo hecho. Somos una ciudad que resuelve los problemas conforme van pasando, pero que no anticipa. El problema hoy es que esta contingencia nos está ahogando, nos está generando infecciones en las vías respiratorias, está afectando no solamente a nuestras infancias, sino también a las personas adultas mayores con las que compartimos la vida. La ciudad está perdiendo respiros porque la ciudad no supo prevenir.

Y sin embargo, con todas esas lecciones aprendidas, seguimos siendo la ciudad que voltea a otro lado con los ojos rojos porque la contaminación no le permite tenerlos de otra forma. Suspira enojada, mientras decide por quién va a votar el próximo 2 de junio, mientras el aire contaminado y tóxico entra por sus pulmones.

¿Hablaremos de emergencia climática cuando pasen las elecciones? Tal vez. O tal vez no. Tal vez cuando pasen la siguiente final de fútbol, o tal vez después, o tal vez nunca. Hablaremos tal vez el día que entendamos que estamos en medio de una tragedia y decidamos dar un respiro adelante. Aunque no sea aún con el mejor aire posible.

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