La solidaridad blanca no dura mucho más que las flores dejadas en memoria de las vidas afroamericanas
'El último paso del proceso de curación no puede comenzar hasta que aparezcan los blancos'. Foto: Joshua Bessex/AP

Cuando los blancos aparecieron el domingo, la lluvia había dejado de caer. La fila de alimentos para los necesitados que antes serpenteaba alrededor de la barbería Chilly Waters se había acortado considerablemente. La policía de Buffalo ya no necesitaba dirigir el tránsito para proteger el flujo constante de dolientes que llevaban flores, tarjetas y demás objetos en memoria de las 10 vidas perdidas en Tops Market, el único supermercado de la comunidad, una semana antes. La sección local del movimiento Black Lives Matter ya había desaparecido, al igual que la hermandad que repartía productos de higiene femenina y los adolescentes voluntarios.

Si alguien que no estuviera familiarizado con la demografía de Buffalo se hubiera aventurado a visitar el lugar de este memorial comunitario improvisado en los últimos siete días, podría haberse ido con la impresión de que Buffalo era una ciudad mayoritariamente afroamericana. Sin embargo, como alguien que ha cubierto este tipo de tragedias –desde Freddie Gray hasta George Floyd, pasando por Charleston y Charlottesville– les puedo asegurar que esta notoria falta de presencia blanca tras una tragedia afroamericana no es exclusiva.

Por eso, el domingo, cuando los autos repletos de dolientes blancos llegaron al memorial comunitario improvisado con los libros de himnos para cantar y presentar sus respetos, los residentes afroamericanos del lado este de Buffalo permanecieron hombro con hombro con los visitantes provenientes del lugar donde los supermercados bien abastecidos no son un lujo y escucharon las oraciones y los testimonios quejumbrosos sobre “sanar”. Agradecieron la solidaridad porque no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo en realidad.

Así es como empieza el olvido.

Esta semana se cumple el segundo aniversario del asesinato de George Floyd. Recuerdo la efusión de dolor, las promesas de cambio y el despliegue escénico de solidaridad después de que aparecieran los blancos. Dos años después, seguimos esperando la reforma policial y el tan esperado “ajuste de cuentas racial”. Cuando se trata de vidas afroamericanas, aparentemente “sanar” es sinónimo de olvido.

Cada vez que la pérdida de vidas afroamericanas es lo suficientemente trágica como para ser considerada relevante, se produce un orden de operaciones demasiado predecible que precede al olvido. Tanto si el asesino es un policía, un enfermo mental “solitario” o un extremista de extrema derecha, las medidas para limpiar nuestro paladar nacional siempre son las mismas. El proceso suele comenzar con el ofrecimiento superficial de sus condolencias. Tras anunciar su dolor “por su pérdida”, llega el habitual momento de silencio. El último paso del proceso de curación no puede comenzar hasta que aparezcan los blancos.

Cuando aparecieron los blancos, Grady Lewis no había dormido más de dos horas seguidas desde el ataque terrorista. El día antes de la masacre, Lewis se enfrentó al tirador y le preguntó el motivo por el que merodeaba sospechosamente por el supermercado Tops. “Cuando lo vi marcharse por la salida, los antepasados me dijeron: ‘Él no debería estar aquí; sácalo de aquí'”, comentó Lewis a The Guardian. “Así que cuando le pregunté qué estaba haciendo aquí, no tenía ninguna respuesta, así que yo…”

Lewis se vio interrumpido por el sonido de un auto que retrocedía, provocando una reacción indicativa del estrés que acompaña a las experiencias traumáticas. Sin embargo, Lewis es un practicante de la espiritualidad africana. Lewis es un hombre afroamericano en un barrio afroamericano pobre. Por eso, cuando los blancos aparecieron para ofrecer su solidaridad y sus oraciones solemnes, en lugar de servicios de orientación y terapia, él y su trauma remanente se quedaron solos ante el olvido.

Cuando se le preguntó por qué creía que era necesario interrogar a un desconocido, Lewis pareció desconcertado. “Pero esta es mi comunidad”, respondió. “No sé a qué te refieres”.

Aunque el constante dicho de “…pero ¿qué pasa con los crímenes de afroamericanos contra afroamericanos?” puede parecer contraproducente para algunas personas, es completamente razonable para todo aquel que cubre los incidentes de la supremacía blanca. Las hermandades, fraternidades, grupos religiosos y organizaciones comunitarias que luchan contra la violencia y la pobreza en las comunidades afroamericanas llevaban días ayudando a esta comunidad para el momento en que los blancos aparecieron con sus pensamientos y oraciones.

“Mi gente no está procesando; nos estamos insensibilizando”, dijo la terapeuta Ashley Watson, que se encontraba rodeada de miembros de su organización de adolescentes, Real Talk. “Estamos desconectados. Tengo que relajarme, gritar, enojarme, meditar y rezar después, porque en este momento no tenemos tiempo. Al final de este fin de semana, todo esto podría desaparecer. Saben que esto es un desierto alimenticio. Saben que hay una falta de infraestructura de salud mental. Pero al final de este fin de semana, es posible que no les importe más. Espero que no sea así, pero esta es una situación única”.

Donald King se sintió reconfortado por la abrumadora sensación de compasión. Un exresidente del fraccionamiento Ellicott Mall, ahora demolido, comentó que esperaba que por fin se creara la oportunidad para abordar el tema de la supremacía blanca. Eleanore, otra exresidente de Ellicott Mall, creía que podría ofrecer la oportunidad de un empoderamiento económico en la comunidad. Ambos asintieron con la cabeza mientras los visitantes del vecindario rezaban por la unidad, la prosperidad, la igualdad y el valor de reunirse y mantener “las conversaciones difíciles a raíz de esta tragedia única”.

Para ser justos, cuando aparecieron los blancos, Donald, Eleanore y yo ya estábamos manteniendo una conversación sobre la raza. Ambos ya habían hablado del Buffalo de los años 70, antes de que sus vecinos fueran desplazados por constructores privados. Cuando les pregunté qué opinaban de los blancos que por fin acudían a presentar sus respetos, Donald respondió que en realidad no sabía lo que significaba.

“En realidad, espero que sigan viniendo”, dijo Eleanore. “Es el momento de que todos en Buffalo –los suburbios, los políticos, la gente de los suburbios… todos ellos– dejen de actuar como si este lugar no existiera”.

La señorita Trisha, una septuagenaria elegantemente vestida cuyo más fino sombrero para ir a la iglesia destacaba entre los feligreses blancos, se sintió eufórica cuando aparecieron los blancos. La señorita Trisha y yo nos dirigimos a la tienda de la esquina, al otro lado de la calle del supermercado ahora cerrado, junto a la barbería que alimentaba a las personas hambrientas, para comprar algo de comida.

Al preguntarle si creía que sus compañeros feligreses blancos cambiarían su vecindario para mejor, la señorita Trisha se rió. “No conozco a esa gente. Probablemente me seguirían por la tienda si estuviera en el West Side. Pero no los podemos tratar de la manera en que nos tratan a nosotros si queremos que las cosas cambien. Todos son bienvenidos aquí”.

Cuando salimos de la tienda, la zona se había quedado rápidamente vacía. Lewis se encontraba sentado solo bajo el árbol donde había presenciado la masacre. El DJ de Chilly Waters reproducía Love’s Gonna Get Ya, de KRS-One. Le indiqué a la señorita Trisha que todos los blancos se habían ido.

“Bueno… siempre tendré fe”, respondió la señorita Trisha. “La biblia dice que la fe es la esencia de las cosas que esperamos, la evidencia de las cosas que no vemos. ¿Sabes a qué me refiero, joven?”
No sé a qué se refiere.

He sido testigo de este fenómeno después de demasiadas “tragedias únicas”. Las réplicas de enojo y dolor que acompañan a los cortejos fúnebres a través de las comunidades afroamericanas suelen verse atenuadas por una curiosa mezcla de esperanza, fe y patriotismo. Tal vez esto es lo que se necesita para sobrevivir a la constante avalancha de muerte y discriminación que este país lanza contra los seres humanos afroamericanos. Es posible que nuestra cordura colectiva necesite la esperanza de que existe un sentido de humanidad enterrado en algún lugar profundo del alma de esta nación, o que Estados Unidos siquiera tiene alma. Los afroamericanos tienen la suficiente esperanza como para creer que las cosas que nos siguen sucediendo dejarán de ocurrirnos. Un día, la gente que siempre ha sido testigo de estos acontecimientos cambiará repentinamente de opinión. Tal vez esto, nuestra disposición a perdonar las ofensas de este país contra nosotros, es nuestra cualidad más entrañable y nuestro defecto más trágico.

O tal vez estoy cansado porque he visto demasiadas de estas “tragedias únicas”. Es completamente posible que este país no olvide lo ocurrido en Búfalo del mismo modo que olvidó lo ocurrido en Jena Six o en Ferguson o en Charlottesville o en la Iglesia Baptista de la calle 16 o en el Motel Lorraine o en la iglesia Madre Emanuel o en todos los lugares que siguen manchados con la sangre de los afroamericanos mucho después de que esta nación haya “sanado”.

Hace dos años, George Floyd todavía estaba vivo. Tal vez él y las 10 personas que se convirtieron en ancestros en Tops Market están intentando hablarnos.

Pregúntenle a Grady Lewis.

Michael Harriot es escritor y autor del próximo libro Black AF History: The Unwhitewashed Story of America.

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