¿Qué es la dismorfia de videollamadas y quién la padece?
Las videollamadas constante pueden modificar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Foto: Pexels / Anna Shvets

Una de las consecuencias que ha dejado la pandemia es el incremento exponencial de las videollamadas, ya sea por temas laborales, académicos o familiares. Esto implica una exposición constante a algo a lo que no estamos acostumbrados: nuestra propia imagen.

Según expertos, la falsa concepción que teníamos de nosotros mismos se le conoce con el nombre de dismorfia, y básicamente se refiere a una interpretación fallida de nuestra imagen. Aunque por sí misma no es peligrosa, sí puede afectar la autoestima en ciertos casos.

“Vernos durante un tiempo prolongado a través de una cámara es una situación relativamente nueva, a la que nuestra mente no estaba acostumbrada. Y menos ante personas que no son de nuestra familia o de nuestro círculo estrecho de amistades”, señala la psicóloga Olga Castanyer Mayer-Spiess, de la Universidad de La Rioja.

De acuerdo con Mayer-Spiess, las videollamadas incorporan un nuevo momento en el que estamos frente a nuestra imagen, aunque de una forma totalmente nueva. Comúnmente, mientras estamos frente al espejo, nos quedamos relativamente inmóviles, en tanto que en una conferencia nos movemos y vemos cómo los demás también lo hacen.

“Cuando hablamos cara a cara con otra persona no nos estamos viendo. Si nos está preocupando nuestra imagen, intentaremos adivinar qué aspecto tenemos por las señales que nos envía nuestro interlocutor, pero esta información siempre quedará más difusa que cuando nos vemos durante un tiempo prolongado a través de una cámara”, argumenta.

Golpe a la autoestima

Una de las principales consecuencias de la dismorfia es el ponerle atención a pequeñas imperfecciones en el rostro, a las que bajo ninguna otra circunstancia les habríamos prestado atención.

La experta señala tres fases en las que la dismorfia evoluciona: la primera, cuando notamos las imperfecciones; la segunda llega cuando las magnificamos y la última cuando esa imperfección se convierte, para nuestra mente, en el rasgo predominante en nuestra imagen.

“Estos mecanismos son normales en todos nosotros. Por lo general, al cabo de un tiempo la mente se acostumbra a verse y la persona ya no se preocupa ni repara en la imagen que le devuelve la cámara. Pero esta situación puede volverse peligrosa si continuamos pendientes una y otra vez de la imagen que vemos”, apunta Mayer-Spiess.

La percepción errónea de nuestra imagen afectará considerablemente la autoestima, según la experta, quien destaca que esto podría llevarnos a tomar ciertas decisiones incorrectas e incluso a la adquisición de implementos que antes creeríamos inútiles.

“Nuestra autoestima se resentirá duramente. Si ya antes teníamos unida nuestra imagen a nuestra autoestima, ahora que solo vemos lo negativo de nuestro aspecto, la autoestima bajará sustancialmente. 

“Finalmente, podemos llegar a gastar nuestro dinero en comprar anillos de luz o lámparas que realcen nuestra imagen y tenderemos a invertir más que antes en productos de belleza o asesoramientos de imagen”, señala.

Para Mayer-Spiess, lo mejor es tratar de no darle importancia a nuestra imagen ante la cámara, tratando incluso de tapar la cámara cuando sea posible, además de pensar si para los demás es tan importante nuestra apariencia como para nosotros.