Los 10 mejores cuentos de terror
Besos en la oscuridad... Stephen King en su casa en Maine, Estados Unidos. Foto: Steve Schofield

En el prólogo de su antología Skeleton Crew, Stephen King lanzó una memorable defensa del cuento de terror. No, no eran novelas fallidas. Tampoco eran ideas que no pudo tirar a la basura. Comparando una novela con un largo romance, consideraba el cuento como un “beso rápido en la oscuridad con un desconocido… pero esos besos pueden ser dulces”.

Tiene razón, por supuesto. Algunas de las pesadillas más imperecederas de la literatura son de formato corto. MR James nunca escribió una novela. Tampoco lo hizo HP Lovecraft. Yo diría que su atractivo perdurable también está arraigado en nuestra infancia: son el cuento antes de dormir, el vicioso cuento de los Grimm, la historia de fantasmas que es compartida alrededor de una crepitante fogata.

Junto con las antologías de terror de Pan que devoraba de niño, fueron esos recuerdos los que intenté recuperar cuando escribí mi propia colección, Silverweed Road. Ambientada en una calle suburbana maldita, los horrores que acechan detrás de cada puerta desvelan historias de entes que toman la apariencia de zorros, albercas depredadoras, urnas vengativas y el pacto de un jugador de dardos con el diablo.

Aunque todas las historias se entrelazan para formar un extraño ecosistema de terror, nunca busqué producir un escalofrío sostenido. Lo que buscaba era ese breve y placentero goteo de miedo que solo un cuento puede proporcionar: lo que me gusta llamar el escalofrío de placer. Mientras el sol se pone, las noches caen y la temporada de terror se acerca cada vez más, ¿qué mejor momento para experimentar uno o diez escalofríos de placer?

El terror es una bestia de muchos tentáculos. Desde escaleras fantasmales hasta taxidermistas siniestros, he aquí algunos de los favoritos, pero admito sin reparos algunas omisiones dolorosas (no hay Poe, ni Kafka, ni Blackwood, podría continuar), así que espero ansiosamente sus comentarios.

1.- The Tower de Marghanita Laski

En un sofocante recorrido por Florencia, la recién casada Caroline se libera de su controlador esposo para explorar la campiña italiana. Más allá de un camino polvoriento, en una colina lejana, una torre de piedra llama su atención… Mientras Caroline sube por su escalera de caracol –contando cada paso, disfrutando de su libertad– las paredes se estrechan en su ascenso imposible. ¿O es el descenso? Aunque la torre fálica como tótem patriarcal resulta un poco obvia, lo que Laski relata en una prosa dispersa es todo menos eso: el terror es abstracto, el miedo asfixiante, y el destino de Caroline acecha largamente en la mente. Al final, estarás agarrando la página como si fuera un barandal oxidado. Laski era mejor conocida como crítica literaria mordaz. The Tower fue una rara incursión en el terror. Ojalá hubiera escrito más.

2.- In the bag de Ramsey Campbell

“El rostro del niño luchó dentro de la bolsa de plástico … Sus ojos eran agujeros grises en blanco, empañados bajo el plástico”. Así comienza la persecución de Clarke, un director militante que no se siente culpable de haber asfixiado a su compañero de juegos durante una broma infantil, hace mucho tiempo pero que no ha sido olvidada… Existe algo claramente y oscuramente nabokoviano en la ficción de Campbell: una obsesión compartida con el enigma de la memoria, y cómo la afrontamos. In the Bag es un ejemplo magistral: su mezcla de traumas pasados con lo sobrenatural es el equivalente literario de lo insólito. El cruel destino de Clarke es excepcionalmente desagradable. Como todas las grandes historias de terror, termina con un sobresalto.

3.- El superviviente de Stephen King

De los más de 200 cuentos de King, siempre regreso a este. Al ofrecer una conducción narrativa diaria, el diario es perfecto para los cuentos cortos. En El superviviente, el desprestigiado cirujano convertido en traficante de drogas Richard Pine se encuentra abandonado en una isla árida. Mientras espera que lo rescaten, las anotaciones en el diario de su bote salvavidas hacen pasar el tiempo. Nadie viene. No hay nada que comer. Afila un cuchillo y ve su pierna … Oh, muchacho. No hay fantasmas, extraterrestres ni payasos asesinos. Solo autocanibalismo y terror humano descarnado. King en su versión más transgresora, y se consume mejor con el estómago vacío.

4.- The Landlady de Roald Dahl

Pobre Billy Weaver. Acaba de cumplir 17 años, lo mandan a Bath en un viaje de trabajo, perdido, cansado y sin ningún lugar donde alojarse. Un B&B barato y una vieja y sonriente casera le ofrecen la salvación. Y debe ser simpática porque tiene mascotas… La prosa discreta de Dahl es su arma secreta. El estilo sencillo te desarma, justo antes de que Dahl hunda el cuchillo. No voy a estropear la trama, pero el presagio es exquisitamente retorcido. El perro salchicha silencioso junto al fuego. El libro de visitas que solo tiene dos nombres. La casera elogiando los hermosos dientes de Billy. Dahl escribió The Landlady como una historia de fantasmas, no le gustó y cambió el final. Sabia decisión.

5. The Forbidden de Clive Barker

Cuando se publicó Libros de Sangre en 1984, Stephen King dijo: “He visto el futuro del terror, y su nombre es Clive Barker”. Con seis volúmenes y 30 historias, ¿qué elijo? ¿Los gigantes artificiales de En las colinas, las ciudades? ¿El ejército de manos escurridizas de La política del cuerpo? ¿Las payasadas demoníacas de The Yattering and Jack? Al diablo: optemos por Lo prohibido. Candyman es una buena adaptación de Hollywood, pero al relocalizarla se sacrifica el frío e invernal temor de la finca Spector Street de Barker: un pozo brutalista arrasado por los grafitis de la desesperación social-realista donde se cierne su leyenda urbana.

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Fuerza desconocida desatada… Michael Hordern en Whistle and I’ll Come to You, la adaptación cinematográfica de 1968 del cuento de MR James. Foto: BFI


6.- Oh, Whistle, and I’ll Come To You, My Lad de MR James

La historia por excelencia de James. Un académico inexperto desentierra un artefacto (un silbato de bronce en una playa de guijarros). Una fuerza antigua y desconocida se desata (en una habitación de dos camas en el Globe Inn). La fatalidad sutilmente desencadenada es muy jamesiana: una figura blanca vislumbrada en una ventana, una cama recién hecha, misteriosamente deformada. Oh, la revelación final de Whistle de “un rostro horrible, intensamente horrible, de lino arrugado” me dejó petrificado la primera vez que leí el cuento, y mi maltrecho ejemplar de su Collected Ghost Stories sugiere que soy un glotón del castigo.

7.- El juego de octubre de Ray Bradbury

Halloween. Una casa suburbana. Mich vuelve a guardar la pistola en el cajón. Demasiado rápido. Demasiado pulcro. Quiere que su esposa Louise sufra… Desde The Veldt hasta Free Dirt, Bradbury era un maestro de las historias espeluznantes y lentas, pero para esta realmente se adentró en el abismo. Publicado en 1948, el retrato de un cónyuge sádico de El juego de octubre sigue siendo impactante. Cuando Mich invita a su esposa, a su hija y a sus vecinos a jugar al “juego de la bruja” en su sótano en la más absoluta oscuridad, el principio de Bradbury de “insinuar, no mostrar” se impone de manera contundente. El miedo se mezcla con el sonido de las risas de los niños. No te atreves a ver. Entonces se encienden las luces del sótano. En ese momento, Bradbury te abandona, dejándote solo con tu imaginación retorcida.

8.- El Horror de Dunwich de HP Lovecraft

A las colinas en forma de cúpula de Arkham y a una entidad invisible, que crece en una granja a punto de estallar. Reduciendo la humanidad a un punto insignificante en un universo maligno de dioses cósmicos, Lovecraft es un subgénero por sí mismo, y Dunwich es prácticamente el bingo de Lovecraft: hay rituales, tentáculos, invocaciones, el Necronomicón, males indescriptibles y, en el mutante Wilbur Whateley, su mejor personaje. No importa cuántas veces haya leído la descripción de su cadáver, destrozado, todavía me agito en una confusión febril (“La cara de cabra, sin barbilla… pelaje negro y áspero… tentáculos con bocas rojas que succionan… en cada una de las caderas, en una órbita rosada y ciliada, había lo que parecía ser un ojo rudimentario”). Para algunos, la prosa decadente de Lovecraft es un factor disuasorio de este cuento. Yo diría que es la clave de la locura.

9.- La lotería de Shirley Jackson

En La maldición de Hill House, la incomparable Shirley Jackson escribió la frase más aterradora de la literatura de terror (“¡Dios! ¿De quién era la mano que estaba agarrando?”). La lotería es, en mi opinión, su visión más aterradora. Es un brillante y floreciente día de verano en un pastoral pueblo. Los niños ríen y juegan con piedras mientras los aldeanos se reúnen alrededor de una caja. El viejo Warner habla: “Lotería en junio, el maíz pronto será pesado…” No hay ganadores en la escalofriante parábola de Jackson sobre la fe ciega. Todas las interpretaciones –ya sea la religión organizada, la pena capital o el gobierno de la mafia– siguen siendo válidas y deprimentemente atemporales. Irónicamente, Jackson se enfrentó a una secuela realmente espantosa después de la publicación: correos de odio masivos, tan viciosamente irreflexivos como los aldeanos del cuento de La lotería.

10.- El Horla de Guy de Maupassant

Con una entidad vampírica vaporosa cuya presencia persistente y siempre vigilante lleva a su gentil protagonista a la locura, en realidad fue un francés quien popularizó la historia de fantasmas malévolos, que acechan en la noche y se lanzan encima. El clímax es despiadado, pero el poder imperecedero de El Horla radica en su comprensión de que el terror proviene de lo desconocido e invisible, y llegó a inspirar el mito de Cthulhu de Lovecraft.