En Venezuela, las salas de partos no son lugares para la vida sino para la muerte
El bebé recién nacido de Briggite Perez tuvo que ser reanimado tras el parto. La mortalidad infantil aumentó 30% desde 2016 (Foto de Yadira PEREZ / AFP)

Por Andrea TOSTA/ Fotos de Yadira Pérez | Caracas, Venezuela | AFP | Rosas rojas y un cirio encendido adornan una urna blanca que Wendy Dulcey acaricia en silencio. Perdió a su bebé a los 39 días de nacer en un hospital de Caracas, una tragedia cada vez más común en Venezuela. 

Desencajada de tanto llorar y aún con la barriga abultada bajo su blusa, esta mujer hace un recuento detallado de esos terribles días: desde que llegó descompensada con siete meses de embarazo para una cesárea de emergencia hasta ver el cuerpo de su pequeño Thiago en un refrigerador repleto de otros niños, que no cerraba.

Wendy Dulcey espera en el pasillo

de la morgue del hospital al cuerpo

de su bebé, quien falleció por

mala praxis y falta de recursos.

“Él no podía luchar solo”, dice esta mujer de rasgos indígenas, de 39 años, que ha denunciado negligencia en el trato de su bebé, que nació en una de tantas salas de parto en Venezuela, que no escapan al colapso del país con siete años de recesión.

La infraestructura está abandonada, hay pocos insumos y cada vez menos personal capacitado. A Wendy aún le cuesta creer que las enfermeras reutilizaran la jeringa con la que alimentaban a Thiago por una sonda que tampoco cambiaban. Al final cogió una bacteria que se lo llevó, pese a los antibióticos.

Ella también casi pierde la vida. Recuerda claro cuando escuchó “interrupción del embarazo” al entrar a las urgencias del Hospital Clínico Universitario, que fue referencia en el país.

“Hasta el día de hoy considero que no iba a salir de ahí. Ni yo ni él, ni el bebé”, asegura con voz firme.

Antes de que comenzara el calvario de Thiago, Wendy sufrió una hemorragia uterina porque le dejaron placenta. “Me la sacaron con la mano” a los dos días, cuenta. Consintió que le hicieran la ligadura de trompas tras las advertencias de los médicos de que no aguantaría otro embarazo.

“Una doctora llegó y me dijo ‘no lo pienses, ni siquiera se te ocurra pensarlo porque tú no vas a poder más con esto'”, recuerda. “‘Te sacaste la lotería porque nosotros no ligamos aquí (…), pero nosotros te vamos a hacer el favor”.

Sin recursos

La mortalidad infantil en Venezuela aumentó un 30,12% en 2016, con 11.466 decesos de niños de 0 a 1 año, y la materna se disparó un 65%, según las últimas cifras publicadas por el Ministerio de Salud.

El doctor Jaime Lorenzo, de la ONG Médicos Unidos, asegura que estos índices van en aumento por fallas “primordialmente de infraestructura y dotación” de hospitales. “Tenemos que pedirles (a los pacientes) que lleven una altísima cantidad de cosas que necesitan para atenderlos”, explica.

¿Reutilizar una jeringa? El riesgo de infección “es altísimo” y debe ser el último recurso, explica Lorenzo.

Una encuesta de 2019 de HumVenezuela, plataforma independiente que documenta la emergencia humanitaria compleja en el país, reveló que en cuatro de cada 10 hospitales escasearon insumos básicos, y que en ocho de 10 faltaron insumos quirúrgicos y reactivos.

Y Wendy, funcionaria pública, con un ingreso mínimo mensual de menos de un dólar carcomido por la inflación, no podía ni pensar dar a luz en una clínica privada, donde un parto ronda los 6.000 dólares. Antes de llegar al Clínico, ya había pasado por otros dos hospitales donde no la recibieron por lo mismo, la crisis.

Wendy Dulcey y su esposo observan en una caja

el cuerpo de su hijo de un mes, que murió en terapia intensiva. La mortalidad de niños de 0 a 1 año

creció 30.12%, unos 11.466 niños al año fallecen

por falta de recursos del sector salud.

La mitad de las maternidades venezolanas tenían sus servicios obstétricos inoperativos o cerrados, parcial o totalmente, en 2019, según HumVenezuela.

Descompensada tras suplementarse con hierro, anduvo 10 pisos “interminables” por una rampa “oscura, llena de excremento, sangre, cualquier cantidad de basura”. No funcionaban los ascensores ni había sillas de ruedas disponibles.

“Seis hospitales antes de parir”

Briggite Pérez, de 19 años, pasó por el mismo “corre corre”.  “Fueron seis hospitales antes de parir”, contabiliza la joven, con cejas recién maquilladas y pelo trenzado, que su madre treinteañera amarró con una cinta adhesiva médica.

Primeriza, Briggite pujaba sobre una cama oxidada sin reposapiés, agarrándose los empeines con las manos entre una maraña de vías. Sin éxito, fue trasladada a quirófano para una cesárea. A los cuatro días de darle de alta, regresó al hospital con una infección, donde está internada. “Nunca me explicaron cómo me tenía que limpiar la herida”, justifica.

Una doctora revisa la historia clínica de Briggite Perez, mientras espera para atender su parto en las precarias instalaciones del Hospital Universitario de Caracas. La mortalidad materna subió a 65% desde 2016, según el Ministerio de Salud venezolano.

En 2019, según HumVenezuela, el 57% de las embarazadas recibió una atención obstétrica inadecuada en centros maternos públicos del país.

Lorenzo explica que se puede caer en “impericia” médica por “no estar preparado lo suficiente”. Pasa que al colapso de los hospitales, se suma la migración del personal médico, parte del masivo éxodo de más de cinco millones de venezolanos por la crisis. Los que quedan en el país, están “migrando a otras áreas” a causa de bajos salarios, agrega Lorenzo.

Briggite aguanta cuando los enfermeros le limpian la herida con un cepillo quirúrgico; sufre más por estar lejos de su bebé Azael, del que tiene fotos y videos en su celular. “Me vine para acá y no estoy con el niño, me ha deprimido horrible”, dice. “Me paso toda la noche llorando”.

Briggite Perez sube las escaleras de su casa

tras las curaciones en el Hospital Universitario.

Fue atendida en una sala de partos sin medidas

de higiene. Pero se salvó, en un país donde la tasa

de mortalidad materna creció 65% en tres años.

“Cuestión de suerte”

Parir “es como una cuestión de suerte” para Vanessa Martínez, de 28 años. Tras una subida de tensión momentos después de suplementarse con hierro, tuvo una cesárea de emergencia al séptimo mes de embarazo.

Con voz baja y aguda, dice aspirar a una “vida tranquila” junto a su recién nacida Samantha, de 1,945 kilos, dormida en una cuna cubierta con un mosquitero… un lujo que Wendy no podrá darse.

El cuerpo de Thiago tuvo que ser llevado a la morgue de otro hospital porque en el Clínico no había nevera para mantenerlo. Al buscarlo, Wendy notó que pequeños cuerpos anónimos se apilaban en una cava sin cerrar, por donde se colaba el frío. 

“Ya el mío estaba casi que en malas condiciones y no habían pasado ni 24 horas”, asegura. Y de seguir así, piensa, “estaremos matando a nuestros niños”.

AFP