Fotografía para los que no ven pero visualizan
Foto: Jamilet.

Sacar una foto es un despliegue de gestos memorizados: “Me dirigí a ella, di dos pasos hacia atrás, enfoqué mi teléfono al nivel de mi barbilla, por lo chiquita que está, para poder enfocar mejor. La luz no sé muy bien, maestro, porque no sentía el sol. Estaba nublado”, comenta María Elena, desde su cuadrícula de Zoom, convertida en una imagen vertical de ella con lentes de sol.

“Efectivamente, no hay sombra por ningún lado, lograste una foto a cero grados, es decir, completamente de frente”, le responde el maestro, Jesús Vilaseca, desde su rectángulo.

Cada lunes de 5 a 7 de la tarde, el fotoperiodista de 57 años imparte la clase de Fotografía Básica para ciegos y débiles visuales. Es uno de los 32 cursos gratuitos que desde hace dos trimestres imparte la Escuela Comunitaria de Cine y Fotografía “Pohualizcalli”, en la alcaldía Iztapalapa, de la Ciudad de México. Ya tienen 2,200 alumnos

La imagen muestra a una niña de unos seis años, pelo por encima de los hombros, diadema de tela blanca, medio sonriente, con un vestido rosa México que sostiene con cuatro dedos a lado y lado, formando una media luna con la falda. “La foto está excelente”, le dice Chucho, como los amigos le llaman, a María Elena, ciega desde hace diez años. “Tienes ahí una gran modelo”.

Fotos: María Elena.

Luz, calor

Las clases empiezan con un visionado de las tareas. El lunes tocaba revisar cómo practicaron con los diferentes tipos de luz

— ¿Te acuerdas a cuántos grados de luz es esa fotografía? — pregunta Villaseca a Jamilet, una alumna de 19 años que se conecta desde Oaxaca y que es débil visual, solo ve en un 25% de un ojo. 

— A 90 grados, (la luz daba) en mi mejilla derecha — responde una voz, sin imagen.

— Efectivamente, así es como ustedes miden la luz.

Para una persona con baja o nula visión, la luz, el ingrediente indispensable en fotografía, se convierte en calor. “Ellos extienden sus brazos hacia sus extremos a nivel de hombros, en línea recta hacia su cuerpo. Si sienten que el sol está dándoles en la palma de su mano, saben que el sol está a 90 grados”, explica Villaseca a La-Lista

Durante tres años estuvo leyendo sobre fotógrafos y personajes célebres que se quedaron ciegos, como el escritor argentino José Luis Borges, para prepararse este curso.

Él sabía que, cuando una persona pierde la vista, se ve obligada a activar el resto de sentidos para compensarlo. Así que en un curso de fotografía para débiles visuales tenía que entrenar a sus alumnos en usar sus sentidos para identificar el paisaje que querían retratar, como cuando a sus alumnos normovisuales les enseña que la foto no va de ver, sino de observar.

“Cada calle, cada metro, tiene su aroma. Si vas por (la calle de) la Moneda, huele productos nuevos, a ropa, a juguetes”, explica David Guadalupe Hinojosa, un alumno de 40 años.

Hinojosa se sirve de las aromas, la dirección del viento, la vibración de las paredes y los ruidos para tomar fotos con su Samsung. Le diagnosticaron glaucoma, una enfermedad que poco a poco le fue robando lo vista hasta que desde hace dos años y medio, se quedó ciego total. “Ni me bañaba”, asegura, al explicar la depresión que ello le causó.

Hinojosa lo atribuye a su diabetis, la cual, aumenta las probabilidades de padecer glaucoma o la retinopaía diabética, dos de las principales causas de la ceguera según la Organización Mundial de la Salud.

No es el único. Villaseca explica que empezaron el curso con 14 alumnos pero dado que varios eran diabéticos, se fueron retirando porque no podían salir a la calle a hacer sus tareas. Preferían resguardarse en casa.

Foto: Marcela
Foto: Jamilet
Foto: Jamilet
Foto: Marcela

Ver, visualizar

Chucho podría pasarse horas viendo y comentando fotos. Ahora que tiene alumnos con esta discapacidad, además, tiene que describirlas.

Por medio de la ley de tercios —se acuerdan, ¿no?— En el primer horizontal inferior se ve la espuma del mar y al fondo, el azul”, explica, intentando no perderse en los detalles de la imagen.

Lleva más de una hora de clase y su cuadrícula de Zoom lo muestra en un plano picado, cortándole el rostro a la altura de su inseparable bigote. De vez en cuando, un hilo del humo de su cigarro dibuja una línea blanca a su costado. 

Lleva 38 años en fotografía, es fotoperiodista del periódico La Jornada y dos veces Premio Nacional de Periodismo, en 1991 y 2003. Durante décadas se estuvo preguntando qué haría si perdiera la vista, ¿podría seguir tomando fotos?

Eso mismo se preguntaban sus alumnos, que no veían motivo alguno por el que usar la cámara de su celular si no podrían ver sus fotos. “¿Qué ganaría yo con eso?”, responde Hinojosa, sobre ello. “Te envuelves en el mundo de la fotografía y te metes en identificar el objeto. Hasta se siente el momento en el que lo tienes que capturar”, añade.

Y con esa afirmación sintetiza lo que la fotografía se convirtió para muchos: en oler el paisaje para calcular las distancias de los objetos, separarse tres o cuatro pasos de ellos para lograr el plano americano, sentir la inclinación del sol para identificar la iluminación y finalmente, visualizar la imagen que van a retratar.

Foto: Marcela
Foto: Juan Antonio
Foto: María Elena

Fotos creadas con cámara estenopéica, que requiere largos tiempos de exposición.

Ellos usan la visión, ¿qué es la visión? Todo lo que imaginas, sueñas, creas”, explica Villaseca. “El interés de ellos es descubrir el mundo a través de la foto, no importa que no puedan verla”, añade. De hecho, las reacciones que reciben de sus allegados cuando ven sus trabajos es también parte de lo que les aporta la fotografía.

Jesús Villaseca estuvo 17 años dando clases de fotografía en la Fábrica de Artes y Oficios de Oriente, conocido como el Faro de Oriente, en Iztapalapa. Luego siguió dos años más en el Transformador, también en la misma alcaldía.

Con ello, quería dar a los jóvenes sin recursos de la comunidad una salida al destino de drogas y violencia que muchos traían por defecto. Del Faro, de hecho, salió un fotoperiodista portada de la revista Time, en 2015, y protagonista del documental Disparos: Jair Cabrera.

Con la la Escuela Comunitaria de Cine y Fotografía Pohualizcalli quiere que los aproximadamente 2 millones 237 mil personas con deficiencia visual y más de 415 mil 800 personas con ceguera que la Sociedad Mexicana de Oftalmología estima que hay en México sepan que tienen una salida

La escuela se inauguró en agosto del año pasado. Solo en equipamiento, invirtieron unos 2 millones de pesos. Ahora los talleres funcionan en línea pero su intención es que en un futuro adopten un modelo híbrido, para que la movilidad no sea un problema para acceder a las clases. “Es una satisfacción”, concluye Hinojosa. “Lo que no aprendí cuando veía, lo aprendo ahora”.

Jesús Villaseca. Foto: Cortesía