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Arte

El Gran Atrio del Museo Británico: ‘Un espacio perdido que espera ser redescubierto’

Mientras el techo de cristal de 3,312 piezas celebra su 20 Aniversario, sus creadores recuerdan los riesgos, contratiempos y descubrimientos inesperados.

Así se ve por la noche el domo del Gran Atrio del Museo Británico. Foto: Cortesía

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Satvinder Jandu*

Es difícil de imaginar ahora, pero el patio en el centro del museo solía parecer un mini Manhattan. Estaba lleno de edificios de hormigón de varios niveles que albergaban las pilas de libros de la Biblioteca Británica. Estaban unidos por pasarelas en diferentes niveles y un laberinto interno de pasillos. Demoler toda esta estructura fue la parte más arriesgada y complicada de todo el proyecto, resultaron estar mucho mejor construidos de lo que nadie esperaba. 

La gente piensa que el techo es la imagen que define al Gran Atrio, pero es sólo la cereza del pastel. Hubo un enorme desarrollo subterráneo para crear el centro de educación, y el alcance del trabajo se extendió hasta las puertas principales, con un nuevo panorama para la explanada, así como nuevas galerías al norte. Durante las excavaciones se hicieron algunos hallazgos fascinantes, desde los cimientos del antiguo edificio de la Casa Montagu (donde el museo comenzó en el siglo XVIII), hasta un montón de viejas vasijas de arcilla.

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Un concepto clave era cómo el Gran Atrio actuaría como una vía pública a través de Bloomsbury, abierta a los visitantes más allá de las horas habituales de la galería. La entrada era un verdadero cuello de botella. No era una experiencia agradable estar allí un sábado con 10,000 personas tratando de entrar al museo. Llegabas a un espacio poco atractivo con un oscuro y sucio pasillo que conducía a la sala de lectura. 

La construcción llevó 33 meses, pero no cerramos el museo al público ni un solo día. Un punto realmente difícil fue cuando descubrimos que nuestro proveedor había cambiado la piedra del pórtico sur de piedra de Portland, que estaba especificada en el contrato y que coincidía con la original, por una piedra caliza francesa de color más cremoso. No teníamos ni idea hasta que los bloques terminados empezaron a llegar al lugar. Llegó a la prensa, pero ya era demasiado tarde para hacer algo. El techo ya estaba siendo montado, y el pórtico tenía que estar listo para recibir la estructura del techo. Si nos hubiéramos retrasado, todo el proyecto se habría detenido durante 18 meses y no habríamos cumplido el plazo del milenio.

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Después de mucha deliberación, decidimos proceder con la piedra alternativa, que es geológicamente la misma: la veta va desde Portland, por el Canal de la Mancha y luego aparece en el centro de Francia. Su color se ha suavizado con el tiempo.

El impacto del proyecto fue transformador, no sólo para los visitantes, sino también para el personal. Elevaba a toda la institución a otro nivel. Hay todavía en la actualidad algunas quejas ocasionales. La acústica en el Gran Atrio no es particularmente buena y puede ser problemática si se llevan a cabo funciones o conciertos grandes en él. Y la forma en que el edificio es atendido es bastante compleja, debido a la forma en que las cosas tuvieron que ser entretejidas dentro y fuera de la vieja estructura. Veinte años después, tenemos que reemplazar algunos de los equipos.

A lo largo de los años, los gustos cambian y la gente tiende a tener una visión diferente sobre los edificios, pero el Gran Atrio es atemporal y permanece en gran medida intacto de cómo fue concebido. 

Spencer de Grey, jefe de diseño, Foster + Partners

El plan maestro de Sir Robert Smirke de 1823 para el Museo Británico creó un patio magnífico en su centro. Sin embargo, sólo duró unos pocos años antes de que se construyera una nueva biblioteca, diseñada por el hermano de Smirke, Sydney, en el medio de la Sala de Lectura Circular, y el resto del patio se sumergió bajo las pilas de libros. Era un espacio perdido que esperaba ser redescubierto, una oportunidad que finalmente llegó 150 años después con el traslado de la Biblioteca Británica a un nuevo edificio en St. Pancras.

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Nuestra primera recomendación en el concurso de arquitectura fue eliminar los edificios de almacenamiento de libros vacíos y abrir el patio original, elevando su piso al mismo nivel que la entrada al museo. Una parte integral de esto fue la meticulosa restauración dentro y fuera de la sala de lectura circular, con su cúpula que es más grande que la de San Pablo. Conservamos los accesorios originales, las mesas y estanterías, y reincorporamos el esquema decorativo victoriano original de la cúpula: azul claro y oro. 

La simetría del patio original, con sus cuatro poderosos pórticos clásicos, había sido afectada cuando el pórtico del sur fue demolido a finales del siglo XIX para dar espacio a más alojamientos. Todos pensamos que era importante restablecerlo, pero el enfoque de esto y sus detalles, ya sean históricos o contemporáneos, fue muy debatido. Al final, acordamos honrar el diseño original de Smirke.

El mayor desafío fue el nuevo techo de cristal, cuya geometría tenía que compaginar con la sala de lectura circular colocada asimétricamente con el patio rectangular. Comenzamos con un diseño más tradicional, de estructura plana, pero luego desarrollamos una estructura arqueada, como una concha, que permitiría una luz natural cuidadosamente controlada en el patio. Trabajamos con la Universidad de Bath y Buro Happold, que estaban desarrollando una nueva tecnología CAD, y creamos un techo de vidrio suavemente curvado con 3,312 paneles de vidrio individuales triangulados. 

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Recuerdo vívidamente las etapas finales de su instalación y el suspiro de alivio compartido cuando las dos mitades separadas de la estructura de acero se encontraron con precisión en la línea de unión, todo con una precisión de 3 milímetros. Mi hija y la del entonces director ejecutivo del museo tuvieron el honor de trepar a la cubierta de montaje hasta el techo y colocar en posición el último panel de vidrio. 

Bajo el patio construimos las galerías africanas y una nueva sala de conferencias. La estructura de hierro fundido de la sala de lectura adyacente, de 150 años de antigüedad, hizo que la excavación alrededor de ella fuera extremadamente sensible. Trabajar en un entorno histórico siempre es difícil, hay tantas incógnitas, y una mañana me despertaron para decirme que se había detectado movimiento en su estructura, lo cual era preocupante. Pero pudimos confirmar rápidamente que cumplía con las tolerancias especificadas, y la labor pudo continuar. 

Cerca de su conclusión, el presidente de los fideicomisarios del museo anunció que quería usar la nueva sala de conferencias para una charla de un invitado especial. El sistema de aire acondicionado no se puso en marcha, ni se fijaron todas las puertas. Los niveles de ansiedad se multiplicaron por 10 cuando se nos dijo que el invitado especial era Nelson Mandela. Dio un memorable discurso a un público muy numeroso. Nunca nos habíamos alegrado tanto cuando el evento terminó sin problemas.

*Satvinder Jandu, director de proyectos del Museo Británico, fue entrevistado por Oliver Wainwright. 

Traducido por René Soto

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