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Ciencia

Secretos del hielo: una cápsula de tiempo que se derrite

Mientras el hielo de la Tierra se derrite, se revelan muchos artefactos antiguos perfectamente preservados. Pero el tiempo se agota y los ‘arqueólogos glaciales’ corren para encontrar estos tesoros frágiles.

Un mundo que se disuelve: icebergs flotando en una de las costas de Groenlandia. Foto: Rolf Johansson/Pixabay.com

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Mike Power/The Guardian

En agosto de 2018, los arqueólogos William Taylor y Nick Jarman deambulaban por un monte empedrado y nevado en las montañas Altai en el noroeste de Mongolia al final de un día agotador. Unos metros por encima de Jarman, Taylor y sus colegas investigaban el sitio, un campo de hielo que se desvanecía y que los pastores de renos decían que nadie nunca lo había visto derretirse. Ahora, cada verano desaparece casi por completo. 

Taylor, un profesor adjunto y curador de arqueología en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Colorado miró hacia abajo en la montaña y vio a su metódico colega bailar, gritar y saltar de roca a roca. Taylor pensó que estaba herido y bajó. 

“Cada vez que alguien escucha que eres un arqueólogo, siempre quieren saber qué es lo mejor que has encontrado”, dice Jarman, arqueólogo de la Reserva Nacional Valles Caldera. “Supe que lo que encontré reescribiría todas esas anécdotas”. 

Ahí, en la nieve que se desmoronaba estaba un astil de una flecha perfectamente conservado. Tenía decoraciones delicadas con marcas ocre, el hielo protegió perfectamente sus grabados y características aunque tenía 3,000 años. Normalmente, los objetos orgánicos como este se destruyen por la exposición. Jarman encontró instantáneamente una pieza de otro astil de flecha. “Puedes sentir cuando estás en un punto crítico, donde todo se juntó para permitir que las cosas se preserven”.

Congelador: arqueólogos buscan reliquias vikingas en Lendbreen, Noruega. Fotografía: Secrets of the Ice

Convencido de que encontraría la punta de la flecha en algún lado, Jarman blandió su detector de metal sobre la nieve. Hizo ruido.  “Removí 5 centímetros de nieve y vi este pico cobrizo. Resultó ser una punta de flecha de bronce. Todavía tenía trozos de tendones animales atados alrededor. De alguna manera se zafó del astil y cayó justo ahí. Grité y reí y brinqué por todos lados”. La flecha y su astil estuvieron enterrados en el hielo desde la Edad de Bronce, hace más de 3,000 años, desde que se perdió, cayó, o se disparó. Fue algo totémico para ver, es una elegante amenaza escalofriante. 

“El sentimiento que me da cuando encuentro estos objetos orgánicos tan bien preservados es que soy la primera persona en tener esto desde el usuario original”, dice Jarman. “Sientes esta conexión en el tiempo entre la última persona que la usó y tú”. 

Los científicos exploraron una antes perenne placa de hielo a 4,000 metros en Tsengel en la provincia Bayan-Ulgii en Mongolia. Bekbolat Bugibay, un guía local, les dijo del sitio. Él les enseñó otra flecha que encontró ahí que según él era de los tiempos de Genghis Khan. “Su orientación fue indispensable”, Taylor dijo. 

Por generaciones, los pastores nómadas de renos han usado este munkh mus o “hielo eterno” en los meses del verano para enfriar a sus rebaños y darles un respiro de los insectos picadores que plagan estas alturas. Antes de la historia oral o escrita, antes de la domesticación de animales, los mongoles nómadas observaron el comportamiento de los renos, y los esperaban, listos para cazarlos. 

Pero en los veranos del 2016 al 2018, las placas de hielo en Mengebulag se derritieron por primera vez en la historia. Las temperaturas veraniegas en Mongolia aumentaron 1.5°C en los últimos 20 años, más que el promedio global. Mientras el gran deshielo abrió una ventana hacia un pasado que era inaccesible, los arqueólogos se abrumaron por la cantidad de material revelado: cuerdas de pelo de caballo, incontables astiles, lanzas, tendones de animales para amarrar puntas de flechas y hacer arcos, todos intactos, pero todos bajo la inminente amenaza de destrucción ahora que están libres del hielo. 

Este es un cuento contándose en todo el mundo mientras que el calentamiento global agarra ritmo. Mientras se crea una nueva disciplina académica, “arqueología glacial”. Este es un nombre un poco equivocado, dijo Brit Solli, una arqueóloga de la Universidad de Oslo en Noruega. “Muchos de los hallazgos que emergen del hielo que se derrite por el cambio climático no vienen de glaciares móviles, que tienden a aplastar y destruir objetos, sino de placas grandes de hielo que se mueven con la marea”. Dicho esto, algunas placas de hielo tienen nieve que cayó hace 10,000 años, esto significa que también ofrecen información climática al igual que los núcleos de hielo de los glaciares. 

De regreso en el tiempo: Un zapato de nieve para caballo, sin fechar, pero los artefactos que se encontraron son de la Edad de Hierro, alrededor de 300 AC. Fotografía: Espen Finstad / Secrets of the Ice

En 1997, Kristin Benedek y su esposo, el biólogo Gerry Kuzyk, cazaban ovejas en las montañas del sur de Yukon, Canadá, cuando encontraron una pila de estiércol de caribú que emergió de una placa de hielo derretida. En la pila había un arma antigua con tendones y plumas todavía atados a ella. Después de analizar la lanza, o dardo se encontró que tenía 4,300 años.  

Esto lanzó el Yukon Ice Patch Project que junta a seis Primeras Naciones del territorio de los campos de hielo. Esto marcó el inicio de la arqueología de campos de hielo como campo activo de estudio en Norteamérica. Ahora hay miles de sitios similares en el hemisferio norte, desde el de Yukon y a través de EU, hasta los Alpes italianos, Mongolia, Siberia y Noruega (que tiene más de 50 sitios). 

El campo de la arqueología glacial crece rápidamente mientras los científicos corren para preservar el pasado antes de que la exposición a los elementos lo destruya para siempre. 

“Hay un imperativo urgente para trabajar más en esto y mitigar las pérdidas de patrimonio cultural y científico que ocurren mientras hablamos”, Taylor dice. 

La experiencia más común entre los científicos es que llegan y sienten que es demasiado tarde. “Es arqueología de rescate”, dice Jarman. “Estamos salvando cosas que, si no estuviéramos ahí para documentarlas y recolectarlas, desaparecerían en un año o dos”. 

 El registro arqueológico y la datación por carbono de los artefactos del hielo de las montañas altas de Noruega revelan cómo los humanos se adaptaron al cambio climático en el pasado, dice Solli. “Hay evidencia de aumento de actividad montañosa en el periodo conocido como la Pequeña Edad del Hielo de la Antigüedad Tardía (536-660 DC). Cuando las cosechas murieron después de unas tremendas explosiones volcánicas, la gente abandonó sus granjas para cazar su comida”. 

“Es un giro interesante que el cambio climático nos este dando pistas importantes para la trayectoria a largo plazo de la relación entre humanos y climas”, dice Taylor. 

‘Estamos salvando cosas que desaparecerían en un año o dos’: un trozo de madera para que los cabritos y los corderos no tomaran leche materna, ya que esa leche se procesaba para el consumo humano. Fotografía: Espen Flnstad/ Secrets of the Ice

Shane Doyle, un indio crow que ahora vive en Bozeman, Montana, actúa como consultor en varios sitios de placas de hielo, colabora con el arqueólogo Craig M. Lee de la Universidad de Colorado en Boulder. “Es increíble que excavemos solo unos cuantos metros para abajo y de repente ya estamos a 10,000 años en el pasado”, dice Doyle. “También es aterrador que el hielo se derrita tan rápido. Vamos a tener que sacar esos objetos lo más rápido posible, porque no van a durar otro año”.

Algunos objetos que emergieron del hielo que no pueden fecharse con las técnicas tradicionales de fecha por carbono. El objeto intacto más viejo que se recuperó de una placa de hielo se derritió en el gran ecosistema de Yellowstone. En 2007, Lee encontró un astil de abedul, el cual se cree que alguna vez se lanzó con un dispositivo para arrojar lanzas llamado atlatl, se encontró que tenía 10,300 años. “Quedé boquiabierto al ver esta lanza antigua por ahí en la parte derretida en el borde del hielo”. 

Lee es deliberadamente vago sobre la ubicación exacta. “Desafortunadamente en EU, en contraste con Europa, hay una diferencia en la relación de la gente con los materiales antiguos, y particularmente con la cultura nativa americana. Todavía hay una mentalidad colonial aquí. Muchos no se dan cuenta que aquí vive una robusta cultura nativa americana. Quieren recolectar cosas que son de una época pasada, pero no se dan cuenta de que todavía pueden interactuar con nativos vivos. No tienen que romantizar su existencia en el pasado lejano. 

Otro artefacto sobresaliente que recuperó el equipo de Lee fue una compleja canasta completa, probablemente se usaba para la recolección y molienda de semillas de pino blanco. El cuenco amplio y poco profundo se identificó en 2013 en los restos de una antigua placa de hielo de la cual su paradero también está protegido. Las varillas y los resortes del artefacto están hechas de sauce y son de alrededor de 600 DC, se conservaron y analizaron en la Universidad de Mercyhurst en Pensilvania. Este artefacto proporcionó una imagen más compleja y completa de las sociedades precolombinas, más allá de los conocidos y generalmente masculinos artefactos para la cacería, dice Lee. 

“No es para decir que las mujeres no cazaban”, dice, “pero una de las cosas que se suelen ver en las culturas indígenas es que quienes hacían canastas eran casi exclusivamente mujeres. Fue genial encontrar algo que está definitivamente asociado con las manos de las mujeres. Estas locaciones tienen recursos que las habrían hecho amenas para grupos, no solo de cazadores, sino familias”. 

Doyle dice que, desde una perspectiva nativa americana, no fue sorpresa encontrar evidencias de vida en comunidad y cooperación de género en estas áreas. “Siempre supimos que las mujeres y los hombres son iguales de muchas maneras diferentes, y que adonde fueran los hombres, las mujeres iban”, dice. “Ahí había familias, hombres, mujeres y niños. No se diferenciaba el lugar de los géneros como en otras culturas. Fue hermoso ver que esto se probó”. 

La arqueología glacial también desmantela la visión arquetípica y errónea de estos ambientes como “zonas silvestres”, dice Lee. “Son ecosistemas incompletos sin los humanos que alguna vez vivieron, trabajaron, cazaron, y vivieron aquí”, dice. “La cultura general ha sobreestimado el lugar al que los nativos fueron”, reconoce Doyle. “Mi gente no solo visitaba… Ellos estuvieron ahí todo el tiempo, y dejaron los restos de eso”. 

Las montañas heladas de Noruega han probado ser excelentes terrenos de caza para los arqueólogos glaciales y fue aquí en 2011 que se hicieron algunos de los hallazgos más importantes. Solli dice que hasta que los científicos comenzaron a encontrar estos objetos y a documentar el uso de las montañas por los indígenas en la actualidad, muchos noruegos sabían muy poco sobre esta parte de su propia historia. 

La colega de Solli, Marianne Vedeler, escribió en el diario Antiquity sobre un hallazgo sensacional de 2011: una túnica antigua, milagrosamente intacta, encontrada en Lendbreen, un paso vikingo en las montañas. Ese año, los arqueólogos trabajaban en el glaciar Lendbreen en el condado Oppland, cuando encontraron lo que parecía ser un pedazo de tela arrugada. La túnica fue tejida en lana de oveja con trama de sarga entre los años 230 y 390 y fue usada, reparada y parchada. Tenía un corte simple, se ponía sobre la cabeza como un suéter. Probablemente la usaba un hombre delgado de 1.70m, Vedeler reportó. 

Unos zapatos de piel de la Edad de Bronce en 1,300 AC y un esquí con una cinta de 700 DC también se liberaron de un glaciar recientemente. El año pasado se descubrieron en la misma área zapatos de nieve para caballos y otros objetos para la cacería y domesticación de animales

Lars Pilo es la figura de la arqueología glacial en Europa, con 15 años de experiencia en el campo. Él señala que, notablemente, los científicos en Mongolia y Noruega descubrieron que se utilizaban métodos de cacería idénticos, pero innovadores. 

Se han encontrado postes de madera en todas estas placas de hielo por donde los renos abundaban. Los postes se usaban para acorralar a los rebaños para los cazadores, dice Pilo. Los postes, decorados con banderas, se plantaban en el hielo y se usaban para alarmar a los animales, los cuales por instinto huyen de cualquier señal de movimiento en esos paisajes sin peculiaridades. Los rebaños correrían de las banderas ondeantes hacia los cazadores. 

Pilo dice que disfruta encontrar objetos con una sensación humana en ellos como la ropa. En 2011 encontró una pequeña flecha que se veía un poco diferente a otras que había encontrado. “Resultó ser una flecha de niños, un juguete, lo que demuestra lo central que era la cacería para ellos”. 

También en 2011, Pilo encontró una pieza de madera, de unos 10 cm, en el sitio de Lendbreen. Él estaba convencido de que era una aguja y la expuso así en una exhibición. Una visitante mayor se le acercó y le dijo que estaba mal etiquetado. Era un pequeño trozo de madera, se usaba para evitar que los terneros y cabritos tomaran leche materna. Ella usaba el mismo equipo cuando era niña en la granja de su padre, y usaba madera de enebro para ese trabajo. “Las nuestras resultaron ser de enebro también, pero de 1080 según la datación por carbono”, dice Pilo. “Ves piezas de la historia humana que se están saliendo del hielo en orden inverso. Empezamos con cosas de la Edad de Hierro. Después vino la Edad de Bronce, y ahora la Edad de Piedra. Estámos derritiendo de regreso en el tiempo”. 

Pero, con todo y los descubrimientos, el campo de la arqueología glacial tiene un sabor un poco amargo. Los científicos saben que la única razón por la que tienen este botín interminable de materiales saliendo de los hielos derretidos es el colapso climático sistémico. 

“Hay una sombra sobre todo este trabajo, porque la única razón por la que se puede hacer esto es porque el ambiente está fuera de control”, dice Jarman. “Esto me obliga a ser el mejor arqueólogo que puedo ser. Me obliga a caminar el kilómetro extra y hacer el mejor trabajo que pueda para registrar estas cosas, porque hay una posibilidad real que solo tenga una oportunidad para hacerlo”. 

Pilo ve un futuro desolador. “En nuestras montañas altas, 90% de su hielo se va derretir en este siglo. Sucederá sin importar lo que hagamos. Eso es muy difícil de comprender, racionalmente y emocionalmente”, dice. 

Es difícil, o imposible mantenerse optimista sobre el destino del hielo de la Tierra. En junio, un pueblo en el noreste Siberiano, Verkhoyansk, obtuvo el récord por la temperatura más alta jamás registrada en el Círculo Ártico. Las temperaturas del verano en el pueblo, que está a 4,800 km del este de Moscú, alcanzaron 38°C. En junio empezó a filtrarse metano, uno de los gases de efecto invernadero más dañinos, de abajo del fondo marino de Antártica por primera vez en la historia. Ya pasamos a un temido punto crítico. 

En un año en el que lo impensable se ha convertido en lo cotidiano, cuando cambios profundos se han impuesto a nuestro estilo de vida, economía, viajes, ambiciones y salud, por culpa de un virus diminuto. En un tiempo en el que la ciencia ha tenido que aplastar hasta la más bombástica retórica, sin duda es importante detenerse y reflexionar sobre las consecuencias ambientales de nuestro modelo económico anterior. Pronto veremos a la pandemia de Covid-19 como los buenos tiempos antes de que el cambio climático se nos fuera de las manos. 

¿Estaremos cambiando pronto nuestros teléfonos por atlatl, esos dispositivos para arrojar lanzas? Es muy pronto para saber, pero los arqueólogos tienen el lujo de una visión muy larga. 

“El avance tecnológico no es permanente. Puede fluctuar hacia atrás y hacia adelante”, dice Jarman. “Hemos visto que puede pasar en la historia humana, y sería arrogante pensar que eso no pasaría otra vez”, dice. “Espero que si lo hace, sea porque hemos logrado un aterrizaje suave, porque elegimos tecnología sustentable porque quisimos y porque supimos que era lo correcto”. 

Este texto se publicó en The Guardian y lo tradujo Andrés González. Consulta el artículo original haciendo click en el logo:  

The Guardian
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