‘Ya no estoy aquí’ me cambió la vida: Fernando Frías

Hoy se asume como un integrante más de la familia “Terka”. Pero detrás de esta afirmación hay un trayecto de casi 8 años de historia previa al lanzamiento, en mayo de 2020, de Ya no estoy aquí, la película original de Netflix que triunfó en la entrega de Los Arieles del mismo año y que ha desatado elogios de directores como Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón, además de atrapar miradas con su presencia en importantes encuentros cinematográficos como el Festival de Cine de Morelia y el Festival de Cine de Tribeca.

Y el camino no ha terminado, dice seguro su director y escritor, el cineasta mexicano Fernando Frías, quien no duda en reconocer que este segundo largometraje, le cambió la vida.

Una historia desarrollada en las montañas de Monterrey, en México, de una pequeña banda de “kolombianos”, llamada los “Terkos”, que pasa sus días escuchando cumbias lentas (cumbia rebajada) y en fiestas y bailes, donde después de un malentendido con un cártel local, su líder, Ulises Samperio, se ve obligado a mudarse a una comunidad en Queens, Nueva York, pero que pronto anhela el retorno.

En conversación con La-Lista y en trayecto hacia los premios Oscar 2021, donde Ya no estoy aquí representará a México como mejor película extranjera en la competencia, Frías reflexiona sobre el hecho de que todo el reconocimiento internacional suscitado le permita a la cinta, convertirse también en una herramienta para llevar a la reflexión sobre temas esenciales en la sociedad contemporánea como la diversidad, el racismo, la diferencia y el clasismo.

“No sé qué tan claro lo tenga, porque el camino de la película se sigue escribiendo. No he llegado a nada concluyente, pero si puedo decir que hay mucha inspiración para justamente promover mayor reflexión sobre lo que dices. No es el único interés que tengo a nivel cinematográfico, por supuesto, pero sí es algo que me parece importantísimo. Y creo que la gran lección es que el público mexicano puede abrazar y ver este tipo de contenido que muchas veces ha sido subestimado.

“Y que quizás intentar abordarlos desde puntos de vista, si bien personales, también empáticos, respetuosos, con cariño y sobre todo lejos de ser didácticos, adoctrinar o de empujar mucho los mensajes, sino apostarle mucho a la participación activa de la audiencia y no buscar sorprender ni satisfacer o complacer o provocar shock”.

No podría usar mejores palabras, argumenta Frías: promover la reflexión a través de sumergirnos en mundos que engloban complejidades de nuestra realidad social de una manera tal cual se vive, en voz de los personajes.

“Sin caer en el extremo dramatismo o en lo didáctico. Me gusta pensar que los sentimientos tienen que ir un paso más delante de la información racional y que en eso participa el espectador, que es una buena vía pensar en crear empatía y conexión con los personajes a través de ver lo que es importante para ellos. A partir de ahí promover las reflexiones más que simplemente leer la reflexión en pantalla, sin apostarle a que esa reflexión se construya”.

LL: En Ya no estoy aquí, Monterrey y sus protagonistas aparecen como un retrato universal a partir de una historia local…

FF: Sin duda fue un punto de partida importantísimo, uno de los pilares de sumergirnos en esta experiencia por tantos años, cien por ciento la idea era intentar humanizar la mirada hacia alguien que es diferente a nosotros y cuestionar. Además, como mexicanos que somos tan socarrones, muchas veces de prejuzgar y caer rápido en la burla. Está bien el humor y todo, pero hay que tener mucho cuidado con esa forma en la que miramos al otro, porque genera miedo, prejuicio, estigmatización y se hace una retroalimentación negativa del temor, odio, acción-reacción y cómo podemos atrevernos a juzgar si no conocemos la vida de las demás personas y las situaciones por las que atraviesan

La intención de esta película era justamente buscar esa universalidad del momento de un chico que es arrancado de su tierra, así como a lo mejor una chica de clase media se cambia de ciudad y va con los padres y en la nueva preparatoria y no quiere adaptarse porque no le gusta. Esa película ya la hemos visto. Esto es algo similar y esta idea de que creer que porque la gente es de barrio y de ciertos rasgos tendrían que ser peligrosos, violentos o feos, es algo completamente errado. Me pareció fundamental hacer la película a partir de un grupo de chicos que viven en una situación y mostrar esas situaciones de falta de oportunidades, de movilidad social, pero también mostrar un movimiento contestatario que los hace buscar la reinvención de su persona a partir de algo que los dignifique: de escoger sus propios nombres, sus colores, porque a la mejor la sociedad no les da, no hay mucho espacio para que personas como ellos quizá escojan y me parece increíble y celebratorio poder mirar de manera amplía esta necesidad del individuo adolescente de crear identificación y pertenencia.

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“Me cambió la vida”

LL: ¿Qué te dejó trabajar con estos chicos, dirigirlos?

FF: Los considero actores profesionales, porque hicimos un entrenamiento y se comportaron de la misma manera que otros actores en el plano profesional. A mí me cambió la vida, porque trabajar con ellos me dio una familia “Terka” que no estaba consciente que se iba a volver tan importante en mi vida. No en todos los casos es la misma cercanía, pero en general estamos completamente involucrados, intentado que el camino de la película tenga, por lo menos en paralelo, su equivalente en oportunidades para ellos y para otras personas que están cerca. Y ver esos procesos me ha dejado increíblemente satisfecho. ¿Qué puedo decir…? Ver que Juan Daniel está haciendo otra película es un nivel de satisfacción que yo no conocía, porque lo quiero, porque yo vi su entrega. O hacer podcast con “La Chaparra”, con Yair, y ver a Jonas corriendo sus canciones de rap y poder ayudarle a mejorar un poquito. Que ellos estén respondiendo, me hace más allá de lo que yo soy, feliz. Me hace creer que hay muchas esperanzas.

LL: ¿Qué complejidades hubo para convertir a la música –viene a la mente Celso Piña o El Gran Silencio–, el lenguaje y la vestimenta, en protagonistas a la par de los actores como puntos de identidad?

FF: No fue complejo. Simplemente era definir su forma de mirar. Y cómo verlo a partir de un personaje que está en el destierro y cómo la memoria acentúa esta nostalgia y las emociones que mueven el recuerdo. Lo observamos desde ahí, cómo es un chico joven de 17 años que le gusta verse bien y tener su ropa y su música, eso es fácil de retratar de alguna manera si es con cariño y amor, con respeto, honrando esos elementos sin tratar de exotizar o explotar esos elementos sino al revés: celebrarlos. Y también porque estas escenas muy sutiles, que apuestan a yuxtaposición final de un mensaje en la película, y están hechas casi como documental (en el sentido del pequeño momento que vemos), que no son escenas todo el tiempo de pelea o de sexo, o algo álgido, ayudan a que estos protagonistas lo sean también: la ropa, el peinado, la música, y que la gente entienda que esos chicos necesitan reinventarse, porque existen prejuicios y marginalidad, ellos saben que viven en condiciones difíciles, que hay cuatro generaciones de familias fracturadas, de cosas así.

Ellos mismos saben que a la mejor no son muy bienvenidos en otras partes de la misma ciudad que habitan, pero ellos redignifican y reinventan su persona. Se cambian el nombre y se ponen de apellido el nombre de la pandilla y eso es hermoso, porque es como ver una respuesta natural de individuo en busca de su propia aceptación. ¿Por qué se va dejar sobajar y lastimar o ser rechazado? Es entonces como “yo abrazo tu rechazo y sobre eso construyo mi nueva identidad”. Y han llegado músicos como El Gran silencio y Celso Piña, y ellos celebran y crean identificación. La identificación en mayor escala genera movimiento y esos movimientos generan cambio, respuestas, espacios.

La apuesta narrativa

En palabras del también cineasta mexicano Guillermo del Toro, Ya no estoy aquí es “una película de sabiduría narrativa y un retrato minucioso”, que es difícil encontrar en jóvenes directores. Parte de ese retrato cinematográfico que de tan local se vuelve universal y en el que parte de la investigación estuvo nutrida por fuentes antropológicas y sociológicas, Fernando Frías destaca un punto determinante: “nunca quisimos revictimizar y fue muy claro desde el principio”.

“A nivel de investigación me apoyé muchísimo en trabajos académicos, antropológicos, sociológicos. Por ahí hubo una tesis maravillosa que era un análisis epistolar entre jóvenes pandilleros en los años 80 y su problemática, eran cartas que se mandaban o saludos de radio. Otra fuente analizaba todos los nombres de las pandillas y hacía un estudio macro para saber cuáles eran los nombres que más se repetían, eso de verdad está hablando muy fuerte de cómo son o se identifican ellos, todos locos y rebeldes.

“Destaco al antropólogo colombiano Darío Blanco Arboleda y su libro Mundos de frontera: colombianos en la línea noreste de México y EU –inconseguible hoy y que espero reediten porque es una joya–, que para mí tuvo un carácter impresionantemente útil, porque hablaba muchísimo de estos símbolos y significados, de cómo estos chicos, quizás sin articular de manera verbal un discurso elocuente, si lo hacían súper poderosa y elocuentemente a partir de reflexión de su personalidad como ya te decía, de estos pasos de baile, de la herencia de la ropa holgada que viene de los cholos, de los chicanos, de los afroamericanos. ¿Sabes? Como de engrandecer a tu persona”, concluye Frías.

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