Como estadounidense en París, me encanta la perspectiva avinagrada de Emily sobre la Ciudad de la Luz
'Admiro el atrevimiento de Emily, mientras se toma selfies sin complejos y masacra el idioma francés'. Lily Collins en Emily en París. Foto: Carole Bethuel/Netflix

Con su segunda temporada disponible en Netflix, los espectadores vuelven a maratonear con odio Emily en París. El personaje de Emily ha sido objeto de ataques (¡básica! ¡traidora! ¡típica estadounidense egocéntrica!) al igual que la falsa representación de la ciudad en la que vive.

Como orgullosa espectadora de la serie, por no mencionar que soy una estadounidense que vive en París, admiro el atrevimiento de Emily, que se toma selfies sin complejos y que masacra el idioma francés. No me malinterpreten, mi francés es pas mal du tout, sin embargo, las cosas se complican cuando se me escapa una sola palabra. Hace poco, me senté en la parte de atrás de una farmacia en Montmartre esperando a que me aplicaran la dosis de refuerzo de la vacuna Covid-19. Recurrí a un gesto tipo mímica, lo que provocó risas. Mientras me aplicaban la vacuna, respiré hondo e hice una nota mental: buscar la palabra “desmayo”.

Como una extranjera en Francia, Emily muestra cierta valentía, incluso resiliencia, que a veces me gustaría poseer. Si, por ejemplo, mis hipotéticos nuevos colegas franceses me llamaran pueblerina, como le ocurre a Emily, me atrincheraría en el clóset de las escobas y le llamaría a mi hermana o a mi madre para sollozar por ello. Emily, en cambio, le dice a su colega (a través del traductor de su teléfono): “¡Vete al diablo!” Rápidamente aprende que los franceses responden mejor cuando se combate el fuego con fuego. Mi abuela, nacida en Virginia Occidental, solía decir: atrae más moscas una gota de miel que un barril de vinagre. En Francia, más vale que aprendas a invocar el vinagre.

La dificultad de Emily para dominar el idioma tiene un eco profundo. Yo me preparé mucho -un semestre de francés en la universidad seguido de un semestre en el extranjero, en París, antes de mudarme aquí- y el idioma sigue entrando a mi cerebro como los espaguetis contra la pared: una buena parte se niega a quedarse pegada. Incluso me inscribí a un curso de francés para adultos para extranjeros, al igual que Emily en la segunda temporada, pero, por desgracia, tuve que dejarlo a la mitad. Con ocho meses de embarazo, me sentía demasiado cansada y sudorosa como para subir la colina hasta Pigalle dos noches a la semana.

A veces el desorden de la vida -cambios de trabajo, embarazos, menages a trois– se interpone en el camino de los mejores propósitos. No puedes evitar amar a la jefa segura de sí misma de Emily, Sylvie, quien, en un momento más sensible de la última temporada, alienta a Emily a aceptar ese desorden. “Emily, tienes el resto de tu vida para ser tan aburrida como quieras. Pero mientras estás aquí, enamórate, comete errores, deja un rastro desastroso a tu paso”. Si tan solo todos tuviéramos una mentora liberada como Sylvie para aconsejarnos sobre cómo vivir de verdad.

No estoy diciendo que se trate de una serie intachable y, desde luego, no debería ser la única serie dominante sobre París. Call My Agent! es otra reciente serie que realiza un buen trabajo al retratar el típico tono gris y el ritmo de métro-boulot-dodo de la ciudad. No obstante, la serie tiene algunos puntos a favor. Y al igual que podemos mantener dos ideas opuestas en nuestro cerebro, podemos ver varias representaciones de París -incluyendo las divertidas y las frívolas- y disfrutarlas todas sin culpa.

Sin duda, tiene un filtro de color de rosa. Pienso en una reciente visita de madrugada a la Prefectura de Policía de París para renovar mi visa. Todavía me dolía el brazo izquierdo por la mencionada vacuna de refuerzo y estaba rodeada de rostros somnolientos, ansiosos y esperanzados. El hombre mayor que estaba delante de mí tenía un pasaporte de color verde perenne de Bangladesh, y detrás de mí había un joven de Senegal. Todos tenían cubrebocas y se aferraban a un paquete de papeles cuidadosamente preparados.

Salí de la prefectura -molesta conmigo misma y con la burocracia francesa- y sin derecho a vivir en París durante dos años más por no haber traído uno de los documentos requeridos. Esta es una de las muchas realidades mundanas de la vida en París y déjenme decirles que no es bueno para la televisión, o tal vez sí. Tal vez solo en otro tipo de programa que todavía no se ha hecho.

Crucé el Puente de Notre Dame y me tomé un momento para observar a las gaviotas que volaban sobre el turbio Sena a la efímera luz rosada de la mañana.

Caitlin Raux Gunther es una escritora estadounidense independiente que vive en París.