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Cultura

Las hermanas del swing: Las monjas que cantan durante la pandemia

Con la ayuda de la meditación y rezos cotidianos… y Zoom, la orden de Hermanas Pobres de Santa Clara de Arundel florecen en la pandemia. Ahora, las monjas graban un nuevo disco.

Con ayuda de meditación diaria, oración y Zoom la orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara aprovechan el confinamiento. Pronto tendrán un disco. Foto: Chris O'Donovan/The Observer

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Joanna Moorhead/The Guardian

El distanciamiento social y el encierro es algo natural para las Poor Clares, la orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara en Arundel, Sussex Occidental, ya que lo han hecho desde hace 800 años. “La pandemia apenas nos ha afectado en nuestra vida diaria”, dice la Hermana Gabriel, quien se unió a la orden de monjas enclaustradas en 1994, cuando tenía 23 años. “Lo más triste para nosotros es que no hemos tenido visitas, hace meses que no vemos a nadie de fuera”.

Sin embargo, el mundo está escuchando a las Poor Clares porque en vísperas del confinamiento en marzo, las monjas estaban en las últimas etapas de la grabación de su primer álbum. Las hermanas quisieran que el disco enseñara algo sobre los principios simples y balanceados de la vida en un claustro a aquellas personas que están sufriendo las consecuencias del Covid. “Han sido momentos de gran ansiedad y estrés, y la verdad es que la gente necesita parar y encontrar un lugar de paz”, dice la hermana Gabriel.

Las Poor Clares, quienes usan largos hábitos color café, velos color beige y sandalias, practican una especie de mindfulness ancestral: se enfocan en el presente, y sin más salidas que al doctor o al dentista, permanecen dentro de los límites del convento. Durante la parte más dura del confinamiento, cuenta la Hermana Leo, quien anda alrededor de los 60 años y se unió a la comunidad en 1976, la gente le hablaba para pedir consejos sobre cómo tolerar permanecer en el mismo lugar día tras día. “Yo siempre les decía lo mismo: tienes que poner atención a la regularidad en tu vida y respeta un horario. Así es como nos funciona a nosotras. Creo que puedo ayudar a la gente cuando les digo que ‘nosotros vivimos así todo el tiempo y lo hemos hecho durante años’”.

“Lo más triste para nosotros es que no hemos tenido visitas, hace meses que no vemos a nadie de fuera”

– Hermana Gabriel

En realidad las hermanas están conscientes de que es totalmente diferente decidir vivir apartado de otras personas y verse forzado a hacerlo. “Estamos muy conscientes de que para muchas personas los últimos meses han sido un verdadero infierno”, dice la hermana Aelred, que tiene más de 70 años y se unió a la comunidad en 1961 a la edad de 18 años. “Tengo amigos de 80 años que se mantienen aislados, y sé que la soledad ha sido muy difícil para ellos”.

Conversamos en una gran mesa en la sala de las monjas que, a causa de las restricciones por el Covid, es el único lugar del convento al que puedo entrar.

Las hermanas forman parte de una orden que respeta el silencio.

Durante el día sólo hablan cuando están en las actividades recreativas, y lo guardan estrictamente desde el anochecer hasta el amanecer; sin embargo, saben cómo conversar. Uno de los grandes errores de la gente es pensar que son sumisas, dóciles y reticentes, dice la hermana Gabriel. “La gente tiene la idea de que somos sombrías, pero en realidad hay mucha diversión y risa en nuestras vidas. Creen que no estamos en contacto con la política, creen que no somos mujeres normales, cuando en realidad sí lo somos”.

‘La gente espera que seamos sombrías, siendo que tenemos mucha diversión y risas en nuestras vidas’. Foto: Chris O’Donovan/The Observer

“A la gente le sorprendería saber que nos caemos”, dice la Hermana Aelred. “Y les sorprendería saber que nos tomamos un vaso de vino o de cerveza de cuando en cuando”. La diferencia no es que las monjas seamos de otra especie, explican, sino que tenemos una vida más simple. En un mundo tan complejo y caótico ¿podría ser que la rutina diaria tenga mucho que enseñar al resto del mundo?

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Las hermanas se levantan a las 5.30 o 5:00 de la madrugada en verano.

Su día conserva más o menos la misma estructura que han seguido las Poor Clares y otras órdenes monásticas desde hace cientos de años. Después del desayuno y de una hora de meditación, para encontrar nuestro centro, dice la Hermana Gabriel, las monjas se reúnen en la capilla para rezar y dos veces a la semana para misa. “Después tenemos un tiempo para trabajar, ya sea en la cocina, en el jardín, o para dirigir trabajo espiritual, que nos pagan, aunque ahora lo tenemos que hacer por Zoom”, dice.

“A la gente le sorprendería saber que nos caemos. Y les sorprendería saber que nos tomamos un vaso de vino o de cerveza de cuando en cuando”

Hermana Aelred

El almuerzo es la comida principal del día y se come en silencio mientras alguna hermana lee en voz alta un texto espiritual. En la cena sucede lo mismo, pero el texto es más “ligero como, el de una biografía”, cuenta la Hermana Gabriel. Después del almuerzo hay un descanso y luego más trabajo antes de un período de “recreo” que se lleva a cabo tres veces a la semana. Durante este tiempo las hermanas pueden platicar o ponerse al corriente de las novedades de cada una.

“Lo que te da la estructura es que te ayuda a sacarle provecho al tiempo”, dice la Hermana Gabriel. “A veces perdemos el tiempo: si tienes ocho horas para trabajar a veces te distraes y terminas en el teléfono o en la computadora. Pero si sólo tienes dos horas, te obligas a usar  bien tu tiempo. La estructura genera espacio, para conseguir lo que quieras, o simplemente para ser”.

Todo empezó como un juego

La música es el corazón del taller de las monjas, pero la idea de grabar un álbum, explica la Hermana Aelred, empezó como un juego. El productor James Morgan nos habló para preguntarnos si podíamos ir a las vísperas, uno de los oficios del día, para oír cantar a las hermanas. “Pensábamos que una vez que nos escuchara todo se acabaría y nunca volveríamos a saber de él”. “Estábamos seguras de que no éramos suficientemente buenas”, agrega la Hermana Gabriel. “Pero nos habló y comentó que no le molestaban nuestros errores sólo que nos podían enseñar a no hacerlos. Lo que le gustaba era nuestro tono”.

Para muchos cantantes, la idea de un contrato con una compañía disquera es un sueño vuelto realidad, pero las Poor Clares tenían otra opinión, al igual que con otros de los elementos de convertirse en artistas. “Dijimos que no queríamos audiciones. Tienen que participar todas las que quieran”, dice la Hermana Gabriel. “Las personas que lo escuchen tienen que escuchar la habilidad de todas, no le vamos a decir a ninguna de nuestras hermanas que no puede cantar y que no puede participar”. 

De esta fuerte comunidad de 23 personas sólo dos salieron.

“Tenemos hermanas que cantan entonada y hermosamente, y tenemos otras que no tienen oído”, dice la Hermana Leo. “Y todas estamos en el álbum”.

Por su parte, las hermanas esperan que el álbum les permita comunicar lo que les importa al mundo exterior. “No lo hicimos para ser famosas”, dice la Hermana Gabriel. “Queremos que la gente conozca la esencia de nuestras vidas, nuestras creencias, lo que nos da alegría”. La música del álbum, que incluye la tradicional Ave María, el Salmo 27 (Señor escucha mi voz) e In Paradisum, que cantan las monjas en sus liturgias fúnebres. También se incluyen las palabras musicalizadas de San Francisco y Santa Clara, fundadores de la orden.

“Ellos vivieron hace ocho siglos”, dice la Hermana Gabriel. “Pero sabían de las cosas con las que batallamos hoy en día, incluyendo la importancia de entender nuestra relación con el medio ambiente. Así es que vivimos de la manera más sustentable que podemos.

Cosechamos lo más que podemos, no todo, pero sí muchos de nuestros vegetales.

Somos muy cuidadosas con nuestros desperdicios,  lo que no se acaba un día se come al día siguiente”. “Y compartimos con otros, apoyamos al banco local de comida”, dice la Hermana Aelred. “No sentimos el llamado de Twitter”, dice la Hermana Leo. “Hicimos un voto de pobreza y no tenemos nada. Creemos que eso es lo que necesita el mundo. Creemos que tenemos que usar menos para que la gente que tiene menos tenga más”.

Cada hermana usa una cruz Tau, basada en la última letra del alfabeto hebreo y que usaba San Francisco. “Sabemos que mucha gente no cree en Dios, pero muchos reconocen algún tipo de poder supremo. Creo que estar conectados a algo más grande que uno nos hace ser menos narcisistas”.

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Les pregunto que si les preocupa el futuro.  Al igual que en otras comunidades de occidente, el número de monjas está cayendo y en su propio convento es difícil  porque la monja más joven tiene 47 años y la más grande 90. Pero a la Hermana Gabriel no le preocupa lo que pase después. “Creo que tenemos algo que compartir y algo que decir , pero las cosas pasan en oleadas y esto es ya un ciclo completo, y está bien. Todavía nos quedan nuestras vidas y esto no se trata de números. La verdad que es una forma maravillosa de vivir.

Este texto se publicó en The Guardian y lo tradujo Graciela González. Consulta el artículo original haciendo click en el logo:

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