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Estilo de vida

Cambié mi silla de oficina por una pelota ¿Qué puede salir mal?

En vez de silla, me siento en una pelota. Mi abdomen y mi coordinación son óptimos. Lo único malo es que… no puedo trabajar.

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Tim Dowling/The Guardian

Estoy sentado en mi oficina sobre una pelota inflable azul en vez de sobre una silla. Me lo recomendaron para aliviar ciertos males propios del oficio como dolor de cuello, dolor de espalda y dolor de hombros. La primera vez que me estiré para agarrar un lápiz acabé en el suelo y pensé que esto no iba a funcionar,

Pero sí. Ya no me duele el cuello, ni los hombros y mi abdomen está activado todo el tiempo. Ya casi nunca me caigo de la pelota.  Después de dos semanas, me puedo sentar con los pies al aire mientras tomo café

Lo único malo es que no puedo trabajar. Me lo impide el hecho de que necesito concentrarme para permanecer derecho y no puedo pensar en nada más. Para ser honestos, esta es la mejor parte.

Se abre la puerta y mi esposa se asoma.

“Voy al súper,” dice. “¿Necesitamos algo?” Me volteo hacia ella y dejó que la pelota gire hacia atrás mientras me detengo del escritorio con un dedo para no alejarme.

“Comida para el gato”, le digo.

“¿Estás disfrutando tu pelota?” me pregunta.

“Sí, gracias,” digo. “Aunque hace frío en las mañanas, así es que tengo que …”

“Mándame un mensaje si se te ocurre algo”, dice desde la mitad del jardín. Cuando se va me pongo a rebotar suavemente en la pelota durante 10 minutos. Se me ocurre de repente que necesitamos leche, pero luego se me olvida.

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Después del almuerzo me quedo en la cocina. Mi hijo mayor que trabaja desde casa toda la semana está sentado en un extremo de la mesa con su laptop. 

“No estoy haciendo absolutamente nada”, le digo, “pero mi abdomen está fuerte”.

“Tengo reunión por Zoom en algo así como 10 minutos”, dice.

“Ya me voy”, digo. “Sólo necesito estar sentado un rato sin tener que pensarlo”.

De repente se levanta, se mueve por la habitación, apaga el radio y se vuelve a sentar.

“¡Ah!” le digo.

“Odio la radio”, dice.

El más pequeño entra. “¡Qué hay!”, dice.

“¿Por qué la gente mayor tiene el radio encendido todo el tiempo?” pregunta el mayor.

“Para no sentirse solos”, dice el menor. “Les sirve de compañía”.

“La tienen prendida todo el tiempo y dicen puras estupideces”, dice el mayor. “¿Cómo puedes concentrarte?”

“Multitasking”, digo.

A la noche siguiente me vuelvo a sentar en la mesa de la cocina, me siento un poco decaído y molesto. Aquella mañana, a pesar de mi recién descubierta coordinación y abdomen fortalecido, tiré un bote grande de leche en la caja del supermercado y vi cómo explotaba a mis pies. El episodio fue tan humillante que no se lo mencioné a nadie.

El mayor todavía sigue sentado en la mesa detrás de su laptop. El menor está cocinando y mi esposa parece estar hablando conmigo.

“¿Qué?”, pregunto.

“Sólo quiero saber si me puedes ayudar a vaciar el lavavajillas”, dice.

“¡Ah!” digo.

“Si tu horario lo permite”.

“Me pasó algo horrible hoy en el supermercado”, dije en voz baja.   El mayor se levantó para apagar la radio.

“¡Yo lo estaba escuchando!” dice mi esposa.

“Nadie lo estaba escuchando”, dice el mayor.

“Nunca voy a poder regresar”, digo.

“Es muy molesto”, dice el menor.

“Ayer aprendí que los jóvenes actuales odian la radio”, digo.

“No me importa”, dice mi esposa y enciende de nuevo el radio.

“Lo odian porque no tiene memes”, digo.

“Exacto, abuelo”, dice el menor.

“Los jóvenes de hoy se comunican casi exclusivamente por medio de memes”, digo.

“¿Viste un documental sobre memes anoche? ¿O qué?” dice el mayor.

“No”, miento. Voy a la oficina, creo. Y no pienso regresar hasta que no logre ponerme de pie sobre ella.

Este texto se publicó en The Guardian y lo tradujo René Soto. Consulta el artículo original haciendo click en el logo:

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