La impactante historia del <i>Prisionero para siempre</i> de Guantánamo
‘Está ahí en Guantánamo no por lo que nos hizo, sino por lo que le hicimos a él. Por eso lo mantienen en silencio’… Recreación de un detenido en una celda en The Forever Prisoner. Foto: HBO

Desde “un centro clandestino” en Tailandia, en 2002, los oficiales de la CIA advirtieron al cuartel general que sus técnicas de interrogatorio podrían provocar la muerte de un prisionero. Si eso ocurría, sería incinerado, sin dejar rastro. Pero si sobrevivía, ¿podía la CIA ofrecer garantías de que permanecería aislado?

Sí, podía. Abu Zubaydah, dijo la agencia en un telegrama, “nunca será puesto en una situación en la que tenga un contacto significativo con otros” y “deberá permanecer incomunicado por el resto de su vida”.

Así comienza The Forever Prisoner (Prisionero para siempre), un documental de HBO dirigido por Alex Gibney, que cuenta la historia del primer detenido de alto valor sometido a lo que la CIA llama técnicas de interrogatorio mejoradas (EIT por sus siglas en inglés) y lo que el resto del mundo conoce por una palabra más simple y fea: tortura.

Casi dos décadas después de ese deshumanizado telegrama, la CIA ha demostrado ser fiel a su palabra. Zubaydah, que nunca ha sido acusado de un delito ni se le ha permitido impugnar su detención, se encuentra encarcelado en el campo de prisioneros de Guantánamo. El nombramiento de Joe Biden no ha hecho nada para poner fin a su purgatorio o a su condición de no persona.

“Se enfrenta al horror al que se enfrentan algunas personas en Guantánamo, que quizás es el horror más existencial de todos, que supera incluso a un preso al que se le impone una cadena perpetua”, dice Gibney en una entrevista en un hotel en Washington a 1.6 km de la Casa Blanca. “No sabes en realidad cuál es tu futuro”.

“Tu futuro queda indefinido para siempre. No sabes si alguna vez vas a salir o si alguna vez recibirás una explicación de por qué sigues ahí, y eso es lo que contamos en las películas cuando intentamos retratar regímenes tiránicos”.

“Eso es Orwell. No se trata de una amenaza eterna, sino de esa sensación de no saber eternamente qué te va a pasar ni por qué. Eso es algo que destroza el alma y tiene que ser psicológicamente desestabilizador de alguna manera realmente potente, cuando simplemente no lo sabes”.

Pocos discutirían que, tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, Zubaydah era una persona de interés (“No es inocente de Hollywood, como incluso diría su abogado”, señala Gibney). El palestino de origen saudita luchó en Afganistán. Falsificaba pasaportes, tramitaba viajes para los yihadistas y tenía conocimiento de los complots terroristas. Utilizó más de 30 alias y se le consideraba un maestro del disfraz.

Pero cuando Zubaydah fue capturado en Pakistán en marzo de 2002 (le dispararon mientras intentaba escapar), se le satanizó erróneamente como un agente de alto nivel de Al Qaeda y no como un facilitador independiente. Fue trasladado a un centro clandestino en Tailandia para ser interrogado por hombres obsesionados con saber cómo evitar otro 11 de septiembre.

Gibney comenta: “Abu Zubaydah fue el paciente cero del programa de tortura de la CIA. Esa es la razón para investigar su historia, porque se aprende cómo se rompió el estado de derecho. Cómo nos metimos en un camino en el que estábamos más interesados en escuchar lo que queríamos oír, que es lo que la tortura suele darte, en lugar de cuáles eran los hechos en realidad”.

Zubaydah fue sometido a técnicas de interrogatorio mejoradas a manos de contratistas de la CIA, incluyendo 83 aplicaciones de submarino en un solo mes. En una declaración que hizo a su abogado en 2008, Zubaydah recordó: “Siguieron echando agua y concentrándose en mi nariz y mi boca hasta que realmente sentí que me ahogaba y que mi pecho estaba a punto de explotar por la falta de oxígeno”.

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Abu Zubaydah, fecha y lugar desconocidos. Foto: AP

También pasó más de 11 días en una caja del tamaño de un ataúd, y 29 horas en una caja aún más pequeña de solo 53 centímetros de ancho, 76 centímetros de profundidad y 76 centímetros de altura. El documental incluye imágenes del brutal trato dibujadas por el propio Zubaydah, así como entradas de sus diarios personales anteriores y posteriores a la captura.
Por primera vez en la historia, Estados Unidos estaba aplicando la tortura como política gubernamental, y lo hacía de forma extremadamente desordenada. Gibney añade: “A la CIA le gustaría fingir que era un programa científico cuidadosamente medido por científicos rigurosos. Eso no es cierto para nada. Fue algo simplemente improvisado. ‘Probemos con 24 horas de privación de sueño. Eso no funciona. ¿Qué tal 48 horas? ¿Qué tal 72 horas?'”

“Bueno, tu mente se convierte en puré después de 72 horas de privación de sueño y podrían haberle preguntado a uno de sus propios expertos que habría respondido que, en realidad, tu capacidad cognitiva prácticamente desaparece en ese punto. Entonces, ¿por qué interrogar a alguien después de 72 horas de privación de sueño? No tiene sentido. Evidentemente, cuando aplicaron el submarino, no sabían hasta qué punto llegar”.

“Lo que me horrorizó cuando conocí los detalles de esto fue lo descuidado e imprudente y ad hoc que fue todo. Fue simplemente algo imprudente. ‘Oye, vamos a intentar un poco de desnudez hoy. ¿Qué tal un poco de agua fría? Oh, eso no funciona. Probemos el viejo truco de colgarlo de las muñecas”.

“Pongámoslo en una caja donde defeque sobre sí mismo durante cuatro o cinco días. Eso podría funcionar. Pongamos música muy alta. ¿Qué tal algo de Red Hot Chili Peppers una y otra vez? Era un momento en el que las EIT oficialmente no habían sido aprobadas legalmente, así que solo improvisaban sus ocurrencias”.

Para Gibney, el caso ofrece una cruda demostración de que existen normas contra la tortura porque es inmoral y no produce pruebas basadas en hechos.

“En el transcurso de los años en que he realizado documentales, siempre me encuentro con la frase ‘corrupción por una causa noble’. Una vez que la gente cree que está haciendo algo por una causa noble, se permite comenzar a infringir las normas, como colocarle un porro a un delincuente que no puedes conseguir de otra manera y luego lo siguiente que sabes es que estás matando gente”.

“Espero que la gente empiece a entender que la noción de que el fin justifica los medios nunca es una buena idea, porque una vez que la aceptas, significa que básicamente te permites acabar con los mismos principios que pretendes defender”.

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Campo 5 de la prisión militar estadounidense de Guantánamo, Cuba. Foto: Thomas Watkins/AFP/Getty Images

El director entrevista a James Mitchell, psicólogo retirado de las fuerzas aéreas y principal artífice de las EIT, quien no se arrepiente de haber hecho lo que consideraba su deber patriótico.
Mitchell le dice al cineasta: “Si mi jefe me dice que es legal, sobre todo si el presidente lo aprueba, no voy a entrar en los detalles de lo que piensa un tipo que está en el sótano o un periodista, porque son libres de intercambiar su lugar conmigo cada vez que crean que pueden hacer un mejor trabajo o proteger a los estadounidenses”.

Gibney también demandó a la CIA para que no publicara el libro del exagente del FBI Ali Soufan, The Black Banners: How Torture Derailed the War on Terror after 9/11, y obtuvo acceso a las notas de interrogatorio de Soufan sobre el tiempo que compartió con Zubaydah. Esto le permitió a Soufan hablar con más libertad que antes y aportar nueva luz al caso.

Gibney reflexiona: “El motivo [de la tortura] siempre se debió a que Abu Zubaydah no cooperaba en absoluto. Lo que se reveló en la nueva entrevista de Ali Soufan, junto con sus notas de interrogatorio, fue que a la hora o dos de interrogarlo, les dio un complot que estaba sucediendo”.

“Eso ocurrió en Israel financiado por los sauditas, y ellos ayudaron a detener ese complot. Así que, sabiendo eso, tendrías que concluir que fue completamente cooperativo: les está dando un complot en curso que realmente pueden detener. Pero la conclusión a la que llegó la CIA fue justo la contraria”.

Zubaydah fue trasladado a otros centros clandestinos en Polonia, Guantánamo, Marruecos, Lituania, Afganistán y de nuevo a Guantánamo, donde permanece recluido desde 2006. En algún momento de su detención por parte de la CIA perdió el ojo izquierdo; ahora usa un parche.
Al no poder hablar con él de forma directa, Gibney solo se pudo comunicar a través de sus abogados. “Por un lado, su abogado lo llama diva y dice que es un hombre de una inteligencia feroz, con un oscuro sentido del humor, pero también alguien que ha quedado profundamente traumatizado. Tiene intensos dolores de cabeza y pesadillas en las que se ahoga, como es lógico”.

La semana pasada se reveló que Zubaydah solicitó a un tribunal federal su liberación alegando que las guerras de Estados Unidos en Afganistán y con Al Qaeda han terminado. En un documento legal se describe el trato que ha recibido en los últimos 20 años como un “desfile de horrores”.

Por el momento, sin embargo, permanece en una zona de penumbra legal, fuera de la vista y de la mente, excepto cuando cineastas como Gibney obligan a Estados Unidos a volver a enfrentarse a la mancha de su autoridad moral. El director presenta a Zubaydah como la historia del origen del fracaso de la inteligencia estadounidense y la traición a sus ideales.

“Espero que esto sea una llamada de atención”, comenta. “Cuando se repasan las cosas por las que hicieron pasar a Abu Zubaydah y también la forma en que lo hicieron de una manera tan torpe, descuidada y francamente tonta, espero que la gente diga: ‘No puedo creer que esto realmente sucedió y que permitimos que esto sucediera’”.

“Además, espero que la reacción intelectual sea decir que Guantánamo como prisión, como lugar fuera de la ley, es una especie de broma cruel y que tenemos que cerrarla porque no es lo que aspiramos a ser. Está ahí en Guantánamo no por lo que nos hizo, sino por lo que le hicimos. Por eso lo mantienen en silencio”.

The Forever Prisoner ya está disponible en HBO con una fecha de estreno en el Reino Unido que se anunciará próximamente.