¿Puedes pensar que eres joven?
Ilustración de Observer design/Getty/Freepik.

Durante más de una década, Paddy Jones ha maravillado al público de todo el mundo con su baile de salsa. Saltó a la fama en el programa de talentos español Tú Sí Que Vales en 2009 y, desde entonces, encontró el éxito en el Reino Unido, a través de Britain’s Got Talent; en Alemania, en Das Supertalent; en Argentina, en el programa de baile Bailando; y en Italia, donde se presentó en el festival de música Sanremo en 2018 junto a la banda Lo Stato Sociale.

También resulta que Jones se encuentra a mitad de sus 80 años, lo que la convierte en la bailarina de salsa acrobática más grande del mundo, según el Guinness World Records.

Mientras crecía en el Reino Unido, Jones fue una gran bailarina y trabajó profesionalmente antes de casarse con su esposo, David, a los 22 años y tener cuatro hijos. No fue hasta su jubilación que volvió a bailar, con gran éxito. “No me hago acreedora de mi edad porque no me siento de 80 años ni actúo como tal”, dijo Jones a un entrevistador en 2014.

Según una gran cantidad de investigaciones que abarcan ya cinco décadas, a todos nos convendría adoptar la misma actitud, ya que puede servir como un potente elixir de la vida. Las personas que consideran el proceso de envejecimiento como un potencial para el crecimiento personal tienden a disfrutar de una mayor salud hasta los 70, 80 y 90 años en comparación con las personas que asocian el envejecimiento con la impotencia y el declive, diferencias que se reflejan en el envejecimiento biológico de sus células y en la duración de su vida en general.

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La bailarina de salsa Paddy Jones, en el centro. Foto: Alberto Terenghi/IPA/Shutterstock

De todas las afirmaciones que investigué para mi nuevo libro acerca de la conexión entre la mente y el cuerpo, la idea de que nuestros pensamientos pueden influir en nuestro envejecimiento y longevidad fue, por mucho, la más sorprendente. Sin embargo, la ciencia resulta ser increíblemente sólida. “Actualmente existe una base bibliográfica muy sólida”, comenta la profesora Allyson Brothers, en la Universidad Estatal de Colorado. “Existen diferentes laboratorios en diferentes países que utilizan diferentes mediciones y diferentes enfoques estadísticos y, sin embargo, la respuesta siempre es la misma”.

Si pudiera regresar el tiempo

Los primeros indicios de que nuestros pensamientos y expectativas pueden acelerar o ralentizar el proceso de envejecimiento proceden de un experimento excepcional realizado por la psicóloga Ellen Langer en la Universidad de Harvard.

En 1979, le pidió a un grupo de personas de 70 y 80 años que completaran varias pruebas cognitivas y físicas, antes de llevarlas a un retiro de una semana en un monasterio cercano que había sido redecorado al estilo de finales de los años 50. Todo lo que había en el lugar, desde las revistas en la sala de estar hasta la música que se escuchaba en la radio y las películas que se podían ver, estaba cuidadosamente elegido para que fuera históricamente exacto.

Los investigadores les pidieron a los participantes que vivieran como si fuera 1959. Tenían que escribir una biografía de sí mismos en esa época en tiempo presente y les dijeron que actuaran con la mayor independencia posible. (Se les disuadió de pedir ayuda para llevar sus pertenencias a su habitación, por ejemplo). Los investigadores también organizaron debates dos veces al día en los que los participantes tenían que hablar sobre los acontecimientos políticos y deportivos de 1959 como si estuvieran ocurriendo en ese momento, sin mencionar los acontecimientos posteriores. El objetivo era evocar su persona más joven a través de todas estas asociaciones.

Para establecer una comparación, los investigadores organizaron un segundo retiro una semana después con un nuevo grupo de participantes. Aunque factores como la decoración, la dieta y el contacto social seguían siendo los mismos, se les pidió a estos participantes que recordaran el pasado, sin actuar manifiestamente como si estuvieran reviviendo esa época.

La mayoría de los participantes mostraron algunas mejorías desde las pruebas iniciales hasta las posteriores al retiro, aunque quienes obtuvieron los mayores beneficios fueron las personas del primer grupo, que se sumergieron más a fondo en el mundo de 1959. Por ejemplo, el 63% de los participantes obtuvo una mejora significativa en las pruebas cognitivas, en comparación con el 44% del grupo de control. Su vista se volvió más aguda, sus articulaciones más flexibles y sus manos más diestras, ya que se redujo parte de la inflamación provocada por la artritis.

A pesar de lo tentadores que pueden parecer estos resultados, los hallazgos de Langer estaban basados en una muestra muy pequeña. Las afirmaciones extraordinarias necesitan pruebas extraordinarias y la idea de que nuestra mentalidad podría influir de algún modo en nuestro envejecimiento físico es tan extraordinaria como las teorías científicas existentes

Becca Levy, de Yale School of Public Health, ha liderado el camino para aportar esas pruebas. En uno de sus primeros -y más llamativos- artículos, analizó los datos del Estudio Longitudinal de Envejecimiento y Jubilación de Ohio, en el que se analizaron más de mil participantes desde 1975.

La edad promedio de los participantes al inicio de la encuesta fue de 63 años y al poco tiempo se les pidió que expresaran su opinión sobre el envejecimiento. Por ejemplo, se les pidió que valoraran su grado de aceptación de la afirmación “A medida que uno envejece, es menos útil”.

Sorprendentemente, Levy descubrió que la persona promedio con una actitud más positiva siguió viviendo 22.6 años después del inicio del estudio, mientras que la persona promedio con una percepción más desfavorable del envejecimiento solo sobrevivió 15 años. Esta relación permaneció incluso después de que Levy controló su estado de salud real al inicio del estudio, así como otros factores de riesgo conocidos, como la situación socioeconómica o el sentimiento de soledad, los cuales podrían influir en la longevidad.

Las conclusiones del hallazgo son tan sorprendentes en la actualidad como lo fueron en 2002, cuando se publicó por primera vez el estudio. “Si se descubriera que un virus no identificado con anterioridad disminuye la esperanza de vida en más de siete años, probablemente se dedicaría un esfuerzo considerable a identificar su causa y a implementar un remedio”, escribieron Levy y sus colegas. “En el presente caso, se conoce una de las causas probables: la denigración de los ancianos aprobada por la sociedad”.

Desde entonces, estudios posteriores han reforzado el vínculo entre las expectativas de las personas y su envejecimiento físico, al tiempo que descartan algunas de las explicaciones más obvias -y menos interesantes-. Por ejemplo, se podría esperar que las actitudes de las personas reflejaran su declive en lugar de contribuir a la degeneración. Sin embargo, muchas personas respaldan ciertas creencias discriminatorias por motivos de edad, como la idea de que “los ancianos son incapaces”, mucho tiempo antes de que empiecen a sufrir discapacidades relacionadas con el envejecimiento. Y Levy descubrió que este tipo de opiniones, expresadas por personas que se encuentran a mediados de sus 30 años, pueden predecir su posterior riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares de hasta 38 años después.

Los más recientes descubrimientos sugieren que las creencias sobre el envejecimiento pueden desempeñar un papel clave en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer. Tras realizar el seguimiento de 4,765 participantes a lo largo de cuatro años, los investigadores descubrieron que las perspectivas positivas sobre el envejecimiento reducían a la mitad el riesgo de desarrollar dicha enfermedad, en comparación con aquellos que consideraban que la vejez era un periodo inevitable de declive. Sorprendentemente, esto ocurría incluso en personas portadoras de una variante perjudicial del gen APOE, que es conocido por volver a las personas más susceptibles a la enfermedad. La mentalidad positiva puede contrarrestar una adversidad heredada, y proteger contra la acumulación de las placas tóxicas y la pérdida neuronal que caracterizan a esta enfermedad.

¿Cómo es posible que esto ocurra?

El comportamiento sin duda es importante. Si asociamos el envejecimiento con la fragilidad y la discapacidad, es probable que hagamos menos ejercicio a medida que envejecemos, y esa falta de actividad aumentará sin duda nuestra predisposición a padecer muchas enfermedades, como las cardiopatías y el Alzheimer.

Sin embargo, es importante destacar que nuestras creencias sobre el envejecimiento también pueden tener un efecto directo en nuestra fisiología. Las personas mayores a las que se les han inculcado estereotipos negativos sobre el envejecimiento suelen tener una presión sistólica más alta como respuesta a los desafíos, mientras que las personas que han percibido estereotipos positivos muestran una reacción más moderada. Esto tiene sentido: si uno cree que es frágil e indefenso, las pequeñas dificultades comenzarán a parecer más amenazantes. A largo plazo, esta mayor respuesta al estrés aumenta los niveles de la hormona cortisol y la inflamación corporal, lo que podría aumentar el riesgo de mala salud.

Incluso se pueden observar las consecuencias dentro de los núcleos de las células individuales, donde se almacena nuestra huella genética. Nuestros genes están perfectamente envueltos en los cromosomas de cada célula, que tienen pequeñas tapas protectoras, llamadas telómeros, que mantienen el ADN estable y evitan que se rompa y se dañe. Los telómeros suelen acortarse a medida que envejecemos, lo que reduce su capacidad protectora y puede provocar el funcionamiento incorrecto de la célula. En las personas con creencias negativas sobre el envejecimiento, parece que este proceso es más rápido: sus células se ven biológicamente más viejas. En las personas con actitudes positivas, es mucho más lento: sus células parecen más jóvenes.

Para muchos científicos, la relación entre las creencias sobre el envejecimiento y la salud así como la longevidad a largo plazo queda prácticamente fuera de toda duda. “Ya está muy bien establecido”, dice el Dr. David Weiss, que estudia la psicología del envejecimiento en la Universidad Martin-Luther de Halle-Wittenberg, en Alemania. Y tiene consecuencias decisivas para las personas de todas las generaciones.

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Tarjetas de cumpleaños enviadas al capitán Tom Moore con motivo de su centenario, muchas tarjetas para personas mayores tienen un tono menos respetuoso. Foto: Shaun Botterill/Getty Images

Nuestra cultura está saturada de mensajes que refuerzan las perjudiciales ideas sobre el envejecimiento. Basta con pensar en las tarjetas de felicitación, que suelen reproducir imágenes que muestran a personas mayores confundidas y olvidadizas. “El otro día fui a comprar una tarjeta de feliz cumpleaños para un amigo de 70 años y no pude encontrar ni una sola que no fuera un chiste”, comenta Martha Boudreau, directora de comunicación de AARP, un grupo de interés especial (antes conocido como Asociación Estadounidense de Jubilados) que se centra en los problemas de los mayores de 50 años.

Le gustaría ver una mayor concienciación -e intolerancia- hacia los estereotipos relacionados con el envejecimiento, del mismo modo en que la gente ahora muestra una mayor sensibilidad hacia el sexismo y el racismo. “Las celebridades, los intelectuales y los influencers tienen que intervenir”, dice Boudreau.

Mientras tanto, podemos intentar reconsiderar nuestra percepción sobre nuestro propio envejecimiento. Varios estudios demuestran que nuestra mentalidad es moldeable. Si aprendemos a rechazar las creencias fatalistas y a apreciar algunos de los cambios positivos que se producen con el envejecimiento, es posible que evitemos las respuestas de estrés amplificadas que surgen de la exposición a los estereotipos negativos y que nos sintamos más motivados a ejercitar nuestros cuerpos y mentes y a aceptar nuevos retos.

En otras palabras, todos podríamos aprender a vivir como Paddy Jones.

Cuando entrevisté a Jones, procuró destacar el posible papel de la suerte en su buena salud. Pero coincide en que muchas personas tienen una opinión innecesariamente pesimista de sus capacidades, sobre lo que podrían ser sus años dorados, y los anima a cuestionar los supuestos límites. “Si sientes que tienes algo que quieres hacer y te inspira, ¡inténtalo!”, me dijo. “Y si ves que no puedes hacerlo, entonces busca otra cosa que puedas lograr”.

Cualquiera que sea nuestra edad actual, esa es sin duda una actitud ganadora que nos permitirá gozar de una mejor salud y felicidad en las próximas décadas.

Este es un extracto editado de The Expectation Effect: How your Mindset Can Transform Your Life, de David Robson, publicado por Canongate el 6 de enero (18.99 libras). Para apoyar a The Guardian y The Observer, pida su ejemplar en guardianbookshop.com. Se pueden aplicar gastos de envío.