‘Lo hicieron arrodillarse y le dispararon en la cabeza’: la brutal ocupación de Bucha
Natasha Alexandrova afuera de la casa en Bucha donde su sobrino Volodymyr fue hecho prisionero y posteriormente asesinado por las tropas rusas. Foto: Volodya Yurchenko/The Guardian

Natasha Alexandrova se encontraba en su casa cuando tres soldados rusos golpearon su puerta. Era el 4 de marzo. El ejército de Vladimir Putin había capturado la ciudad de Bucha, a 30 km al noroeste de Kiev, tras feroces combates. Una unidad se estacionó al final de la calle de Alexandrova, Ivan Franko, junto a un bosque de pinos y una vía de tren.

Los soldados recorrieron casa por casa. Alexandrova vivía en el número 10, junto con su sobrino de 26 años, Volodymyr Cherednichenko, y la madre de este, Nadezhda. “Querían saber quién vivía ahí. Exigieron ver nuestros documentos y nuestros celulares”, contó. “No nos golpearon. Pero tenían armas“.

Alexandrova escondió su teléfono y entregó uno de repuesto. Su sobrino entregó su verdadero celular. Contenía fotos que había tomado de un contingente militar ruso, que las fuerzas ucranianas habían aniquilado la semana anterior. La emboscada ocurrió en la calle del ferrocarril de Bucha. Le había enviado las imágenes a un amigo. “Tú vienes con nosotros“, le dijeron los soldados.

Acompañaron a su sobrino, vestido con una playera y pantuflas, al número 6, una casa de campo pintada de amarillo. Alexandrova comentó que se asomó por encima de la reja, medio subida a un árbol, y escuchó a escondidas la conversación. “Él estaba llorando y sollozando. Le habían hecho algo malo en su mano. La estaba acunando. Les dijo repetidamente: ‘No conozco a ningún fascista‘”.

Después, los soldados metieron a Chernichenko en su vehículo blindado de transporte de personal, que estaba estacionado en el huerto de manzanas de la propiedad. Su madre le llevó un abrigo y unos zapatos. “Nos dijeron que lo iban a llevar a la ciudad para interrogarlo más a fondo y que lo traerían de vuelta al cabo de tres días”, dijo Alexandrova. “Nadezhda les rogó. Les suplicó: ‘Devuélvanme a mi hijo’“.

Durante tres semanas no hubo noticias. Alexandrova habló con uno de los rusos, quien le dijo que su sobrino había sido llevado a una “zona no activa” en Bielorrusia. “El soldado tenía 18 años. Le pregunté por qué había venido a Ucrania. Me respondió: ‘Dinero‘. Otro dijo que extrañaba su casa, que no había comido pelmeni (bollos rellenos) desde hacía dos semanas y que le habían dado raciones para tres días”.

La madre de Cherednichenko siguió creyendo que estaba vivo.

El 29 de marzo, las fuerzas rusas se retiraron de la región de Kiev, en un asombroso revés para el plan de Moscú de conquistar Ucrania. Parecía que Putin había calculado una rápida victoria que destituiría al presidente Volodímir Zelenski y a su gobierno prooccidental. En cambio, sus fuerzas se vieron estancadas y sufrieron enormes bajas.

Con la orden de retirada, las tropas salieron de forma caótica de la calle Ivan Franko y se dirigieron al norte, de regreso a la frontera bielorrusa. Dejaron atrás carros destrozados adornados con la letra V, un símbolo militar, algunos de ellos aplastados por los tanques después de haber dado paseos en estado de ebriedad. Y muchos cadáveres. Uno de ellos fue encontrado en un húmedo y frío sótano del jardín de la calle vecina, al fondo de una escalera de ladrillos. Era un hombre joven: Cherednichenko.

Lo hicieron arrodillarse y le dispararon en un lado de la cabeza, a través de la oreja“, explicó Alexandrova. “Tenía puesto el mismo abrigo que le dio su madre”. En el sótano, el domingo, se encontraba el colchón manchado de sangre en el que su sobrino permaneció en sus últimas horas, cautivo y aterrorizado. El suyo fue un asesinato frío y despiadado. Había un peluche rosa y el olor de la muerte.

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Lonas de plástico cubren parte de la fosa común en Bucha, donde se detuvo la exhumación debido a las fuertes lluvias. Foto: Celestino Arce/NurPhoto/Rex/Shutterstock

En toda Bucha, y en los alguna vez agradables suburbios de Hostomel e Irpin, se cometieron crímenes similares durante la brutal y oscura ocupación rusa. Los residentes comentan que los soldados confiscaron celulares, exigieron las llaves de los autos y se llevaron a las personas. Algunos fueron fusilados en los sótanos, con las manos atadas. Otros fueron asesinados dentro de sus casas, o mientras conducían o iban en bicicleta por la carretera.

Alrededor de una docena de personas fueron asesinadas en la calle Ivan Franko. Entre ellas se encontraban los hermanos Viktor, de 64 años, y Yuri, de 62, que quedaron tendidos en una zanja junto a la vía del tren. Sergei Gavrilyuk, un guardia de seguridad, su cuñado Roman y un desconocido también figuraban entre los fallecidos. “No pudimos identificarlo. Tenía la mitad de la cara destrozada“, explicó Alexandrova sobre la tercera víctima.

Enterró a su sobrino en su jardín trasero. La tumba era pequeña. Cerca de ella crecían narcisos de primavera. La semana pasada, los investigadores desenterraron el cuerpo, ante los ladridos de los perros de Alexandrova. La familia pudo celebrar un servicio fúnebre con oraciones en ruso. Otros familiares tuvieron menos suerte. Encontraron un montón de seis cuerpos carbonizados en la entrada de Ivan Franko. Un hombre mayor yacía en la cercana calle Rydzanych desde hacía varias semanas.

Sentada en la cocina de su vecino del número 5A, Alexandrova habló de los horrores que presenció. Después de que los ucranianos lanzaran un ataque, un soldado ruso la acusó de transmitir información al enemigo y la amenazó con una granada. Ella sacaba agua de un pozo con una cubeta en una mano y una bandera blanca en la otra.

El padre de Cherednichenko luchó con el ejército ucraniano en 2014, cuando Rusia anexionó Crimea e inició un conflicto en el Donbás, explicó. Murió el año pasado. “Volodymyr quería ser como su padre, defender a su país. Le dijimos que era peligroso y que pensara en su madre. Era electricista y nunca fue soldado”, comentó.

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Un zapato flota en un charco en una fosa común en Bucha. Foto: Sergei Supinsky/AFP/Getty

Durante el fin de semana, los rescatistas ucranianos buscaron en la calle en ruinas minas y más restos humanos. La casa en la que vivieron los Gavrilyuks ahora era un desorden fantasmagórico. Un proyectil destruyó un vehículo blindado ruso y arrojó una bolsa de dormir y un par de pantalones contra un árbol. Había morteros sin explotar, una botella de whisky vacía y la cabina de un camión DAF blanco, que los rusos utilizaron como banco y retén.

Los soldados habían saqueado todo: ropa interior, calcetines, oro, dinero en efectivo, laptops y gabinetes de bebidas, dijeron los residentes. Los invasores quedaron sorprendidos por el nivel de prosperidad de Ucrania, añadió la familia. Los soldados comenzaron a robar tan pronto como llegaron a Bucha, un popular destino de fin de semana para las clases acomodadas de Kiev.

“El primer vehículo robado que vi con una V era un Tesla”, contó Alexandrova. “Robaban autos y dormían en ellos“.

En la calle Railway, los trabajadores del servicio de emergencia remolcaban uno a uno los vehículos de infantería destrozados. Habían colgado una camisa de rayas azules y blancas, utilizada por las tropas aerotransportadas, en la torreta de un cañón, como si estuviera esperando el regreso de su dueño. Los vehículos rusos –aproximadamente 30– apuntaban desordenadamente hacia diferentes direcciones. Esto significaba una retirada de pánico.

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Vehículos militares destruidos cerca de una reja marcada con la palabra ‘Pueblo’ en Bucha. Foto: Anna Voitenko/Ukrinform/NurPhoto/REX/Shutterstock

Esta escena de destrucción le costó la vida a Cherednichenko. Varios lugareños deambularon el domingo tomando fotos. Uno de ellos, Viktor, dijo que habló con los rusos durante el primer día de su ocupación de Bucha. “Me dijeron que tenían órdenes de tomar Kiev y capturar a Zelenski“, comentó, y añadió que dos de ellos le dijeron que venían de la república siberiana de Buriatia, a 4 mil 350 millas de distancia.

Viktor guardó en una cubeta algunos recuerdos de la batalla: una caja usada para la munición de las ametralladoras y un trozo de dibujo. “Son para el museo de Bucha. Es para que nuestros hijos no lo olviden“, comentó. ¿Sentía alguna simpatía por los soldados rusos, de los cuales algunos perecieron? “No. Vivieron en nuestras casas, pusieron francotiradores en nuestras calles, invadieron nuestro país. Si tuviéramos una catapulta, seguiríamos luchando contra ellos”.