Venus y Serena Williams se hicieron grandes mediante la unidad. Una despedida compartida fue perfecta
Serena y Venus Williams se abrazan después de su derrota ante Linda Nosková y Lucie Hradecká en el Abierto de Estados Unidos en la noche del jueves. Foto: Charles Krupa/AP

Serena Williams suele decir que no existiría sin Venus. Por eso, si este realmente era su último torneo juntas, resulta apropiado que salieran de la categoría de dobles la noche del jueves de la misma manera en que llegaron hace más de dos décadas: como un equipo, las hermanas Williams.

Cuando se retiren de forma oficial, las encontrarás en las páginas de las revistas de deportes, negocios, salud, fitness y moda. Las hermanas Williams trascienden el deporte. Han pulverizado récords, roto barreras y precedentes hasta el punto de que poco les queda a las protegidas como Coco Gauff y Naomi Osaka. ¿La posibilidad de convertirse en la primera mujer afroamericana en ganar un grand slam en su carrera? Ya no. ¿La primera mujer afroamericana en ganar oros olímpicos en individuales y dobles? Ya no. ¿La primera mujer afroamericana en ganar títulos de Grand Slam en individuales, dobles y dobles mixtos? Ya no. ¿Las primeras mujeres afroamericanas en el número 1 del ranking? Ya no.

Lo que queda es un legado deportivo inigualable en cuanto a su impacto y significado cultural. Las hermanas Williams cambiaron la manera en que se juega y quiénes juegan. Pasaron 41 años desde que Althea Gibson ganó su último título de Grand Slam hasta que Serena ganó su primer título. En la actualidad, las cuatro mujeres afroamericanas que participan en el Abierto de Estados Unidos de este año suman 35 títulos individuales de Grand Slam.

Venus tiene cinco medallas olímpicas (una de plata y cuatro de oro), el mayor número de medallas ganadas por cualquier tenista, hombre o mujer, en la era del Abierto. Serena es la segunda, con cuatro medallas de oro. Tienen un balance perfecto de 14-0 en las finales de dobles del Grand Slam. Las mujeres afroamericanas –Serena (23), Venus (siete) y Osaka (cuatro)– ocupan los tres primeros lugares de la lista de mayor número de títulos importantes entre las tenistas activas. Hubo más mujeres afroamericanas en el cuadro principal del Abierto de Estados Unidos de 2022 que afroamericanos en las series mundiales del año pasado.

Venus y Serena remodelaron el panorama del tenis hasta tal grado que resulta fácil olvidar cómo era antes de que ellas llegaran. Antes de Venus y Serena, los partidos de tenis femenino rara vez se disputaban en el horario de máxima audiencia en Estados Unidos. Billie Jean King luchó con ahínco por la igualdad de premios en efectivo en los grandes torneos. Pero eso no ocurrió en los cuatro torneos del Grand Slam, hasta que Venus y Serena comenzaron a atraer enormes índices de audiencia televisiva.

De hecho, es posible que Venus y Serena sean la mejor historia deportiva jamás contada. ¿Quién podría escribir algo tan improbable? Su padre, Richard Williams.

Antes de que nacieran Venus y Serena, Richard elaboró un plan de negocios de 75 páginas para la Asociación de Tenis Richard Williams, un proyecto para formar campeonas. Williams actuó como arquitecto y promotor de las hermanas Williams, y utilizó la historia de “directamente de Compton” para promocionar a sus chicas.

Como todo buen promotor, Richard aprovechó una narrativa que los medios de comunicación compraron y vendieron: chicas afroamericanas pobres que triunfan en un mundo de blancos. La realidad era un poco distinta. Ciertamente, las cosas no fueron fáciles para la familia Williams. Pero su madre, Oracene Price, contaba con unos ingresos fijos como enfermera, y Richard, un empresario en serie, afirma que ganaba 52 mil dólares al año a principios de la década de 1980. Incluso en el sur de California, un hogar que tenía dos ingresos y que ganaba entre 52 mil y 80 mil dólares al año en aquella época no se encontraba, ni mucho menos, en una situación de pobreza.

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Venus y Serena Williams cuando eran adolescentes. Se habló de su talento durante años antes de su debut profesional. Foto: Clive Brunskill/Allsport

No obstante, las hermanas de trenzas y cuentas de “un barrio pobre” constituían una historia más convincente. El rey Richard aprovechó la narrativa y promocionó a sus princesas portadoras de raquetas como “Cenicientas del gueto”. Al igual que una compañía de producción que presenta un posible éxito de taquilla, Richard les ofreció a los periodistas deportivos y a los aficionados un adelanto del próximo espectáculo. Se burló de la grandeza en las entrevistas mientras mantenía a sus hijas fuera de la competencia juvenil, ocultando sus jugadas como un argumento de una película de Marvel. Conforme crecía la expectativa, Richard prometió que las hermanas Williams llegarían pronto a un torneo próximo. Ya tenía su número. Todo lo que necesitaba era que Venus y Serena dieran un espectáculo.

No decepcionaron.

Al principio de su carrera, fueron una sensación de hermandad tan completa como los Bee Gees. Aparecieron en las portadas de las revistas, juntas. En Oprah, juntas. En los anuncios de “Got Milk”, juntas. En las grandes finales, juntas. En la cima de la clasificación de la WTA, juntas.

También soportaron juntas el racismo y el sufrimiento.

Cuando Venus se retiró del torneo de Indian Wells en 2001, los aficionados descargaron su frustración contra Serena, abucheando sus victorias y aplaudiendo sus errores no forzados.

Este desprecio desproporcionado hacia Serena y Venus solo es comparable con la veneración revisionista que se les rinde en la actualidad. El culto a las hermanas Williams de esta semana evoca la forma en que los aficionados del béisbol celebraron a otra estrella afroamericana del deporte, Hank Aaron, en su retiro. Mientras perseguía el récord de jonrones de Babe Ruth, Aaron recibió amenazas de muerte por el simple hecho de rodear las bases en espacios blancos.

Richard y Oracene prepararon a Venus y Serena para la falsa admiración, implorándoles que no midieran su éxito o fracaso en función de lo que les dieran las personas. Sus padres les enseñaron a las hermanas a aprovechar su espíritu competitivo a la vez que rechazaban la inclinación natural a competir entre ellas. En lugar de ello, la unión debía sobrevivir a la celebridad, la fama y la fortuna.

“Su madre es su máximo modelo en cuanto a concentración. Les enseñó a estar enfocadas y nunca permitió que nada se interpusiera en su relación”, me dijo en una ocasión Cora Masters Barry, una amiga íntima de Oracene. “En una de las muchas ocasiones en las que terminaron jugando la una contra la otra en una final, en cuanto terminó el partido, antes de que yo pudiera levantar la vista, Oracene estaba corriendo de regreso a los vestidores para asegurarse de que todas estaban bien, pero también para asegurarse de que el vínculo entre hermanas sobrevivía”.

A principios de la década de 2010, el juego superlativo de Serena –y algunos factores externos– hicieron que las hermanas Williams, como unidad, dejaran de ser la atracción principal de la gira femenina. En 2011, a Venus le diagnosticaron el síndrome de Sjögren, un trastorno en el que el sistema inmunológico del cuerpo ataca a las células sanas. La enfermedad dejó a Venus débil y cansada.

“Sé que su carrera podría haber sido diferente si hubiera tenido mi salud”, dijo Serena una vez a la revista Vogue.

En 2012, Serena contrató como entrenador a Patrick Mouratoglou, quien la ayudaría a alcanzar nuevas alturas. Ese año apareció por primera vez en el palco de jugadores de Serena en el torneo de Wimbledon. Esa también fue la última aparición de Richard en el palco de jugadores de cualquiera de sus hijas en una final de grand slam. En 2013, Serena logró una marca de 78-4, consolidando su estatus como entidad única en la cima del tenis femenino.

Venus disfrutó un resurgimiento en 2015. En primer lugar, alcanzó los cuartos de final en el Abierto de Australia. Era su primera vez en los octavos de final de un torneo importante desde 2010. Después, llegó a los cuartos de final del Abierto de Estados Unidos, donde perdió ante su hermana. Pero ese año todo giró en torno a Serena, quien se quedó fuera por poco del calendario del Grand Slam tras perder en las semifinales de Flushing Meadows.

El comienzo de este torneo giró en torno a Serena. Entonces, el Abierto de Estados Unidos anunció otra primicia que Venus y Serena podían añadir a sus aparentemente interminables premios: el partido de dobles de la primera ronda se disputaría en horario de máxima audiencia, en Ashe. Fue un honor digno para Venus y Serena, las hermanas Williams, el mayor acto entre hermanas de la historia del deporte.

Merlisa Lawrence Corbett es autora de Serena Williams: Tennis Champion, Sports Legend and Cultural Heroine.

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