Un momento que me cambió: pensé que la receta de la abuela había muerto con ella y que la Navidad nunca volvería a ser la misma
Recuerdos felices... Sarah y su abuela en Navidad. Foto: Cortesía de Sarah Ann Harris

Cuando uno piensa en Navidad, ¿qué comida le viene a la mente? ¿Tal vez pavo, tartas de frutas o vino caliente? En mi caso, pienso en la tarta de frutas navideña que mi abuela horneaba cada año para comer en Nochebuena. Cuando nos sentábamos a comer el postre el 24 de diciembre, después de todo el ajetreo de los preparativos navideños, los viajes por todo el país y las tensiones que suelen acompañar a una Navidad en familia, el momento de servir la tarta era una señal de relajación.

Pero cuando mi abuela murió inesperadamente en 2016, no pudimos encontrar la receta en ninguna parte. Buscamos en su cocina, hojeamos libros de cocina y notas, pero no había ni rastro de ella. Su receta, al parecer, había muerto con ella.

Aquella Navidad fue brutal. Nuestras celebraciones fueron apagadas. Los miembros de la familia rompían a llorar cada vez que sonaba Mi burrito sabanero, uno de sus villancicos favoritos. Mirara donde mirara, había huecos donde debería haber estado la abuela.

Debería haber estado sentada en su banco habitual mientras abríamos nuestros regalos. Debería haber estado en la escalera de la cocina mientras se preparaba la cena, mientras rechazábamos sus ofertas de ayuda. Debería habernos animado a salir por la puerta para dar uno de sus “paseítos” para bajar las tartas de fruta. Debería haber estado sirviendo su tarta en Nochebuena.

Durante la mayor parte de mi vida, mi abuela fue la persona mayor en mejor forma que había conocido. Su gran pasión en la vida, aparte de su familia, era caminar. Se le veía muy cómoda recorriendo un sendero, almorzando en un campo encharcado o planeando una ruta por el Sendero de la Costa Sudoeste. Incluso a sus 80 años, era capaz de subir una cuesta más rápido que yo. Ella parecía invencible.

Por eso, y como suelen hacer los jóvenes, pensaba que tenía más tiempo con ella. No siempre le contestaba los mensajes de texto, no le llamaba tan a menudo como debería y no la visitaba lo suficiente. No le hice suficientes preguntas. No le saqué suficientes fotos. No conservé el sonido de su voz. No le pedí sus recetas.
Pensé que tenía más tiempo. Siempre pensamos que tenemos más tiempo.

Cinco años después de aquella primera y difícil Navidad sin la abuela, un pequeño grupo de mi iglesia celebró una comida en la que se pidió a todos los asistentes que llevaran un platillo tradicional de la familia. Solo había una cosa que yo pudiera llevar. Decidí –con receta o sin ella– intentar recrear la tarta. No soy repostera; las tartas galesas, las galletas y alguno que otro brownie son en realidad mi límite. Pero pensé que tal vez podría encontrar algo parecido a lo que recordaba de la tarta y quizás modificarlo un poco. Era el momento de recurrir a internet.

Me rompí la cabeza: había arándanos, lo sabía. Podía imaginármelos, brillantes como joyas entre las demás frutas. Algo suave. ¿Pera, quizás? ¿Manzana? Había algo crujiente: ¡nueces! Tenía algo con qué trabajar.
Encontré algunas opciones que podían funcionar, pero pensé en consultar a mi madre por si recordaba mal el platillo. Cuando me dijo que podría haber sido una tarta tatin, todo cambió. Bastaron solo unos segundos en internet para que la encontrara, la receta.

No era ninguna invención de mi abuela ni ninguna receta familiar transmitida de generación en generación. Era una receta de Waitrose de 2005, que ella seguramente había encontrado como tarjeta en el supermercado (que yo sepa, nunca utilizó internet para buscar recetas, razón por la cual no se me había ocurrido buscarla antes en internet). Ahí estaba en la pantalla. La tarta de la abuela.

No existe ninguna magia especial en un pudin, un anillo o una prenda de ropa preciada a la que nos aferremos mucho tiempo después de que alguien haya fallecido. Sin embargo, los objetos pueden ayudarnos a recordar a las personas que ya no están con nosotros. Puede que mi abuela no estuviera en la mesa con nosotros ese año, pero sí una pequeña porción de su legado, colocada en un plato delante de cada uno de nosotros con una buena ración de crema. Mientras comíamos juntos nuestra tarta tatin aquella Navidad, uno de los enormes huecos donde debería haber estado mi abuela ya no estaba ahí. Sí, Mi burrito sabanero seguía doliendo un poco en nuestros corazones, pero ahora éramos capaces de compartir nuestros recuerdos con más cariño que dolor.

El dolor no desaparece nunca, pero con el tiempo disminuye. El espacio que lo rodea crece para permitir que vuelva a entrar la luz. Nos damos cuenta de que las personas que queremos no se han ido del todo. Aquella Navidad, gracias a una tarta de arándanos y nueces, fue como si recuperáramos un cachito de la abuela.