Paseo a la entrada de mi casa


Para contar mi historia he decido presentarles este cuento, que titulé “Paseo a la entrada de mi casa”.

Quizá les parezca exagerado que haya ido tan lejos, pero este es quizá el viaje más largo que he emprendido en mi vida desde que tengo uso de razón. Asimismo he hecho más viajes incluso sin salir del espacio que habito que han resultado bastante tardados y quizá un tanto incómodos para mis prisas y urgencias. Les doy un ejemplo, un día viaje de la orilla del sofá donde pernocta el arrabal de mi vida, hasta el medio metro que me separa de mis chanclas. Pude haberme subido a un avión de esos que ofrecen tarifas accesibles, pero pensé que podría resultarme una pérdida de tiempo, así que invoqué las alas de Ícaro e hice mi viaje con la economía de que alguien acercó las sandalias a veinte centímetros de donde me aposento para desternillar mis tráqueas y laringes en resoplos y ronquidos dignos del pangón más renuente del cual ustedes tengan memoria. Pero no me voy a distraer más en discontinuidades narrativas para contarles este único y especial viaje hecho a la entrada de mi casa.

Hoy me percaté que mi perro de nombre “Güero” ya no puede brincar el pequeño muro puesto a modo de impedir la entrada del mar cuando se le da por las disputas con no me imagino quien, el caso es que sus rabietas de agua y espuma han llegado a encaramarse sobre el sofá del cual ya tienen conocimiento.

Resulta que Güero, merced a los años y a los kilos acumulados, ya no sortea la valla de, a lo sumo, diez centímetros de alto y me pone en un especial predicamento cuando inicio el paseo que me congracia con el mundo. Vaya, se me da por vitorearlo y alentarlo con palabras sensatas que en su oído quizá suenen con la vehemencia que un perro necesita para vencer sus reservas y sus miedos. Ahí tienen que, después de un tiempo razonable, “Güero” se introduce en la casa y busca el traste de peltre donde se le vacían los pellejos de pavo estimados por su pasión y por la dramaturgia para desvencijar aquel alboroto de huesitos y carnaza.

Pasado el regocijo por ver a “Güero” satisfaciendo sus apetitos loables, sigo con mi paseo a la entrada de mi casa verificando que las sillas y bancos acumulados ya por varios años me permitan salir del corredor a trasponer el pequeño patio salvable para llegar hasta ahí. En el corredor tengo acumuladas doscientas sillas y un número igual de bancos que, sin saber por qué causa, se desperdigan por toda el área formando incrédulos emplazamientos escultóricos. Aquí tengo que dispersar y desordenar a la Venus de Milo, allá al Pensador de Rodin, mas acá al David de Miguel Ángel, y mas allá incluso a una Piedad de Bernini, bien lograda por la acumulación de butacas y sillas con una iniciativa más intrincada y atrevida.

Ya se habrán de imaginar cuánto tiempo me lleva remover con fe la arquitectura de mi corredor a grado tal que, cuando piso el borde del patio que debo cruzar para llegar a la entrada de mi casa, he tenido que dormir varias noches en el pasillo que conecta y mantiene, en coordinación, la salvedad del corredor y el desafío del plan referido como patio o plazuela que, a lo sumo, mide seis metros con veinticinco centímetros.

Pues aquí no se resume todo mi inimaginable periplo comentado como un paseo a la entrada de mi casa, tengo que hacer viandas de enjundia para trasponer el umbral de la mata de mango que asombra con breve gesto mi arribo de pronostico a la entrada de mi hogar, donde sucede el hecho mas caro e increíble de este paseo: saludo a los amigos y a la gente que no pasa; no son recuerdos, no, ni memorias ni cosa por el estilo. Saludo al vendedor de paletas que no pasa, a la infatigable pregonera de las naranjas con chile que, de cualquier manera, ahí está aunque no pase y sus naranjas no se alojen en mi intestino con apremios del zumo mas apreciado por los habitantes del mundo afanoso y productivo.

Esta comparecencia con las de algún modo consideradas ausencias presentes, me lleva el fin de semana que caprichosamente se ha mudado del sábado y domingo a miércoles y jueves, con todo el aire de festejo de cualquier fin de semana que se jacte de serlo. Una vez cumplida la misión de mi paseo, viaje o periplo, como se le quiera llamar, regreso a compartir el sofá con ese diminuto perro llamado “Güero” que se muestra muy interesado en saber las peripecias del viaje que he querido compartirles en honor a quienes los han hecho mas largos y, por supuesto, más interesantes como aquel que un amigo hizo de su mano derecha a su mano izquierda, sin transbordos ni esperas. “Güero” ya se ha dormido y yo también me dispongo a hacer lo mismo.