‘¿Cómo está mi niño?’: El regreso a clases también hace sonreír a comerciantes
Foto: Alexa Herrera / La-Lista

Sobre el tercer andador de Hacienda de Santo Tomás, en la colonia Culhuacán, en Coyoacán, se encuentra la escuela primaria Carlos Pellicer. Frente a ella, en uno de los tantos edificios que resguardan el colegio, vive Daniel San Pedro, un comerciante que vende dulces por las mañanas y tardes a los estudiantes de ese y otro plantel cercano desde hace 17 años. Pero en marzo de 2020, con la llegada del Covid-19 a México, las escuelas cerraron y los niños ya no volvieron a clases.

Un año y medio después, el 30 de agosto de 2021, con la reapertura de los colegios, Daniel volvió a escuchar la voz de un niño diciendo: “¿me da una paleta?” y el bullicio de madres y padres apresurados.

Daniel tiene 45 años y vive con su madre de casi 80 años y su hermano menor, Isaac, de 38 años, que tiene síndrome de Down. Le gusta jugar basquetbol, tomar fotos y ver a su hermano menor imitar a Michael Jackson. Es conversador pero su tema favorito, y motor de su vida, es Isaac. “Es el mejor hermano que tengo y necesito ayudarlo. A él y a mi mamá, que es de la tercera edad. No lo siento pesado porque cuando falleció mi papá su preocupación era su familia, sobre todo mi hermano Isaac”.

Daniel ganaba entre 500 y 700 pesos al día por vender dulces fuera de las escuelas, pero tras el confinamiento, sus ganancias se redujeron hasta 100 o 150 pesos. “Todo estaba más o menos, ahí la llevábamos. Sin embargo, con la pandemia se me hace más difícil, pero el amor que tengo por mi familia hace que me levante y que tenga ganas de trabajar”, cuenta a La-Lista.

Pero Daniel no está solo en sus jornadas laborales. Ana, su amiga que trabaja con él desde hace tres años, lo acompaña. Ella tiene 44 años, es originaria de Guatemala, pero sus padres nacieron en México. “A todos nos afectó por partes iguales, pero realmente yo le doy gasto a mi mamá que es una persona mayor y tengo una hija de 22 años. Hace tres años me quedé sin trabajo y caí en depresión, pero un hermano de Daniel me recomendó porque se había quedado sin compañero de trabajo y comencé a vender dulces”, relata Ana.

Ambos se apoyan y animan a seguir, aunque la situación no sea favorable. “Cuando me operaron, pusimos nuestras manos entrelazadas indicando que nos apoyábamos como personas, respetándonos y creyendo en Dios”, asegura Daniel.

Durante el año y medio que las escuelas estuvieron cerradas por la crisis sanitaria, Daniel y Ana se mantuvieron con lo poco que ganaban en el tianguis de La Virgen, en Coapa. Aunque lidiaron con las medidas de restricción por el virus SARS-CoV-2 y el cierre de tiendas para abastecerse, sus familias y ellos sobrevivieron gracias a la venta de chácharas. “Los dulces los compro en la Merced o en el Centro. Lo que recolectamos de las chacharitas, hay mucha gente amable que nos ha regalado o lo hemos comprado pero a bajo costo porque también vendimos juguetes pero tengo que andar buscando”, recuerda Daniel.

El problema de vender en el tianguis era que debían pagar 50 pesos para instalarse. “Vendíamos muy poco y apenas sacábamos para la plaza, podían ser 100 pesos, 150”, comenta Daniel. Además, debían aguantar horas bajo el sol o la lluvia, pero tanto Daniel como Ana no pueden parar de trabajar. De ellos dependen sus familiares. “De lo que caiga tienes que trabajar, si yo me dejara descansar, ¿qué come mi mamá?, ¿qué come mi hija?, entonces voy a chacharear y a vender dulces, y es muy poco lo que gano ahorita, pero me mentalizo rápido, me levanto temprano y me activo, así me programo”, menciona Ana.

Pero una de las cosas que más extrañaban de vender en las escuelas era la cercanía que tienen con maestros, padres y madres de familia y con los estudiantes. Por las tardes, Ana atiende el puesto en el Colegio Brookfield Americano a unas cuadras de la primaria Carlos Pellicer. Allí, quienes pasan a recoger a sus hijos la saludan enérgicamente. “¿Cómo estás?, me da gusto verte”, le dice una mujer. Ana le responde con una pregunta: “¿Cómo está mi niño?”. De inmediato la conversación se torna personal. Ana conoce a los hijos de la mujer, los recuerda y los extraña. A todos les habla con respeto y se ha ganado la confianza de algunos.

Daniel también es querido por las personas de la zona. En 2018, cuando se lesionó el hombro jugando básquetbol, las maestras del colegio organizaron una colecta para apoyarlo con los gastos de la operación.

Daniel y Ana no quieren pensar en lo que podría suceder en unas semanas, en caso de que se suspendan nuevamente las clases presenciales, como tampoco quieren recordar lo que perdieron en la pandemia.

“No hay que acordarse, hay que mejor avanzar porque no vamos a vivir del recuerdo. Tenemos que salir adelante todos, viendo hacia un futuro prometedor que es echarle ganas, sobre todo sonriendo, que aunque tenemos la máscara, pero estamos sonriendo porque nos podemos activar e ir ayudando, es una cadenita que se puede hacer grande y nos fortalece a todos”, dice Daniel.