Columnistas importadas
La crónica periodística de Guillermo Osorno ‘Tengo que morir todas las noches’, obra que publicó en 2014, se volvió un documento imprescindible para la comunidad LGBTIQ+.
Siempre me ha gustado pensar que el contenido no se pervierte. El mensaje se puede adaptar a diversos formatos, pero nunca pervertirse. No podemos soltar medias verdades por miedo a la irrelevancia.
Restan algunos nombramientos, pero el mensaje está dado: perfiles técnicos, especialistas en su ramo y concordantes con su nuevo puesto. Profesionales en el ámbito público y con experiencia política para afrontar los retos que van a heredar.
Todos tenemos una tendencia a abrazar el escapismo, y en lo que se refiere al cine que nos llega de Hollywood, mientras más fantasioso, mejor.
En el pueblo donde nació el cártel fundado por José Antonio Yépez Ortiz, El Marro, los vecinos pegan volantes con los rostros de sus desaparecidos para pedir la intervención divina y criminal.
El populista e ignorante del derecho ha dado cátedra para aniquilar a la impartición de justicia que odia desde su época de opositor.
Es importante reavivar debates como el de la información que puede clasificar un Estado y la labor que puede desempeñar la prensa libre al revelarla.
El júbilo tiene un sabor agridulce: ante los ojos de la justicia, Julian Assange sale en libertad convertido en un criminal que ya ha cumplido su sentencia.
Las pausas son parte del ritmo, los silencios de la música, el intervalo del aplauso y la calma de la tormenta.
La paradoja de los valores de un cierto tipo de ciudadano es que su persecución a rajatabla acaba aplastando los derechos de quienes no caben ahí.
Es aparente que el crecimiento económico de las autocracias sin contrapesos es inferior al de las democracias con restricciones.
El oficialismo alista la destrucción del Poder Judicial con miras a edificar un legado que de poco servirá cuando afronte un vacío de legitimidad.