Migración de niñas y adolescentes hondureñas: vidas en el limbo
18 de enero de 2021. La policía guatemalteca disolvió la caravana de miles de migrantesprovenientes de Honduras, bloqueban la carretera de Vado Hondo, Chiquimula en Guatemala. Foto: Esteban Biba/EFE.

Miranda busca reunirse con Abigail, su madre, que vive en Estados Unidos (EU) desde finales de 2019, cuando llegó a México desde el país de origen de ambas: Honduras. Pasó varios meses en la frontera viviendo en un albergue, donde esperó hasta que se le concedió el estatus legal de refugiada en el país. Sólo tiene ocho años.

La situación que enfrentan es compleja. Abigail es víctima de trata de personas y está en proceso de varias diligencias que permitan acelerar el proceso, cuya duración puede ser de varios años. La posibilidad de concretar un acuerdo entre autoridades mexicanas y estadounidenses para que puedan reencontrarse, se suspendió con la llegada de la pandemia por Covid-19.

“Esa era una posibilidad. Pero ahora, casi desde que empezó la pandemia, está detenida y las autoridades estadounidenses no han estado recibiendo a ningún niño o niña por ese acuerdo”, detalla Rosalva Rivera, coordinadora del área de Infancia Migrante del Instituto para las Mujeres en la Migración A.C. (IMUMI).

Tras haber pasado un tiempo en la capital del país, ahora Miranda reside con una familia de acogida en Puebla. Se comunica con su madre por videollamadas, y en una de las más recientes, hace pocos meses, sin tener certeza de que ocurriría, ella le dijo a su hija que ya pronto estarían juntas. Desde entonces la niña comenzó a presentar insomnio y otras consecuencias psicoemocionales a causa de la incertidumbre acentuada.

Aunque la familia de acogida le ha dado el mejor trato y afectivo posible, comienza a sentir desesperación. No encuentran cómo seguirla apoyando pues su estado anímico está afectando también a su “hermana de convivencia” e hija natural de ellos. Para Miranda, asumir una frágil esperanza de reencuentro con su madre, no resultó benéfico.

¿Qué otra opción tendría Miranda? ¿Volver a Honduras? Ahí no hay ningún familiar que la reciba de vuelta.

“Estas son cosas que no se ven tan fácilmente, porque las relaciones humanas están por debajo de las políticas y las decisiones gubernamentales. (No se considera que) son consecuencias muy graves para los niños”, enfatiza Rivera, integrante del equipo de investigadores que participaron en la elaboración del estudio Adolescentes y jóvenes hondureñas en México: Una mirada exploratoria sobre sus necesidades y acceso a sus derechos.

Publicado en 2020 con el interés de proveer una mejor atención y servicios a las mujeres hondureñas en México, especialmente a adolescentes y jóvenes, a partir del conocimiento de sus problemas y necesidades más apremiantes, dicho estudio busca fortalecer el derecho a expresar su opinión. “Que su voz sea escuchada y tomada en cuenta”.

La pandemia frenó en 2020 el movimiento y registro migratorio en ascenso de niñas, niños y adolescentes en su paso por México con miras a cruzar hacia EU. Entre 2014 y 2019, el incremento de niñas que llegaban a México en tránsito (inicialmente) hacia EU era de 70%, enfatiza Rivera.

De acuerdo con datos del Boletín de Estadísticas de la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación, alcanzó (hasta septiembre de 2019) un total de 53,507 casos registrados, que, como Miranda, llegaron a México en circunstancias de alta incertidumbre, ahora agudizada. Las suyas son vidas suspendidas en el limbo en muchos sentidos.

Gráficos: Cynthia Monterrosa

“Eran procesos que sabíamos que podían llegar a un fin, pero ahora con todo parado, entre que la frontera norte no se sabe que va a pasar por la nuevas disposiciones que está poniendo el nuevo presidente de EU, Joe Biden, más esperanzadoras sin duda, pero donde hasta el momento no hay procedimientos claros, no se sabe por ejemplo si los niños que fueron separados de sus familiares y los mandaron a México o a sus países de origen, van a poder regresar o van a brindar las facilidades que requieren. Hay mucha incertidumbre, muchísima desesperación de los niños y las niñas”. 

Rosalba Rivera, coordinadora del área de Infancia de IMUMI A.C.

Si bien su situación ya se había complejizado por la existencia del Protocolo “Quédate en México”, las circunstancias de nueva normalidad de la pandemia actual agudizaron su situación y muchas familias de migrantes llegados a México comenzaron a quedar hacinados en los albergues de la frontera norte del país, principalmente originarias de Honduras, de donde se advertía tiempo atrás vendría una explosión migratoria dado su contexto estructural y de violencia generalizada.

“En el tema de acceso a los derechos, la educación es uno de los puntos más críticos, estamos obligados a pensar en lo que está sucediendo. El estudio que hicimos en IMUMI nos permite detectar que en la frontera sur hay mucha población migrante que se está quedando a vivir.

“Frente a eso, la población tabasqueña y chiapaneca se muestra ‘harta’ de mirar en las calles a personas de países como Honduras o Haití, y que a su vez están generando necesidad de servicios, eso se ha vuelto también un problema de xenofobia y racismo muy fuerte, el acceso a la inscripción escolar para ellos ya está permitido pero no se hace no sólo por desconocimiento sino también por discriminación cuando la que la respuesta es: ya no hay cupo”, explica Rivera.

Lo primordial sería en cualquiera de las condiciones darles la oportunidad de estudiar, que prevaleciera el interés superior del niño o niña, porque su interés es aprender, la socialización que brinda estar en la escuela y compartir con los compañeros. “Es súper importante. Pero no está sucediendo, sobre todo con las mujeres”.

El impacto del abandono afectivo

El estudio de campo que realizó IMUMI con niñas, adolescentes y jóvenes en albergues de CDMX y Tijuana en 2020, también dejó al descubierto como evidente impresión, el hecho de que son una población en abandono psicoemocional, afectivo, donde algunas mujeres son madres a edad muy temprana y eso impide un adecuado desarrollo. Y que a su vez, replican la experiencia que ya tuvieron de descuido y el “arréglatelas como puedas y por tus propios medios”, en su propia infancia.

Son en una gran mayoría, niñas y niños que crecen solos y que quedan más expuestos a la falta de estudio, al acceso al consumo de alcohol o drogas. Sin asideros.

En el caso de las niñas y adolescentes, es notorio su interés por cambiar el rumbo de su vida si cuentan con la información suficiente, enfatiza Rosalba Rivera. “En términos muy prácticos, deberíamos acentuar que todas las políticas públicas de atención a migrantes que se estaba pensando implementar, estén bajo el cobijo del cuidado a la salud mental como uno de los ejes básicos. Es muy importante que esto sea considerado”.

Maternidad compleja

Una de las características fundamentales del estudio realizado por IMUMI son apoyo de otras organizaciones y se logró concretar con perspectiva de género. Se generaliza comúnmente lo que enfrentan, hombres, mujeres, familias y toda la población migrante. “Y sí hay factores que vuelven a la niñez, a las mujeres y a las adolescentes mucho más vulnerables, un foco de atención especializada permite dar luces para brindarles atención de manera integral”, explica Rivera.

En este caso, por ejemplo, con entrevistas con ellas en Tijuana y Ciudad de México, se pudo abordar el tema de la salud sexual y reproductiva, desde hace tiempo uno de los factores principales a atender en esta población. No sólo el grave problema de violencia sexual que pueden experimentar, sino incluso el acceso a la información y atención a la salud en este ámbito, lo cual podría evitarles embarazos no deseados, particularmente en el caso de las adolescentes, y las responsabilidades maternas cuando aún no llegan a la edad joven o adulta. Si no sucede, algunas logran conseguir trabajo y hacerse independientes.

En algunos casos, jóvenes que están viviendo en albergues en México manifiestan interés por quedarse ahí de forma indefinida. Los contextos de violencia de su país de origen y la expectativa de más incertidumbre en su futuro al emprender camino hacia EU, se vuelven destinos rechazados. Eso habla de que al entrar en cierto estado de estabilidad socioafectiva, desean permanecer en él, lo cual es natural en cualquier ser humano.

“Yo me siento mejor aquí que en mi casa. No quiero regresar a mi país o irme a otra parte, porque aquí me dan de comer, me escuchan. Me tratan bien”.

Niña migrante de Honduras, con hogar temporal en un albergue de Tijuana.
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Migrantes hondureños descansan en una carretera luego de la represión de autoridades guatemaltecas y en busca de continuar su camino a México y luego a EU. Foto: Esteban Biba/EFE.

Los retos

En palabras de Rosalba Rivero, del IMUMI, hay muchos retos por enfrentar en la atención a niñas, niños y adolescentes migrantes en su paso por México.

Entre ellos, hacer de la joven Ruta de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes en Situación de Migración, creada por el Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (SIPINNA), aprobada en 2019 y cuya implementación se advierte lenta dadas las circunstancias actuales en términos de organización, capacitación e infraestructura.

A ellos se suma la guía para implementar Modelos de cuidados alternativos para niñas, niños y adolescentes migrantes, solicitantes de asilo y refugiados en México, impulsado por el DIF nacional con apoyo de Unicef, que propone búsqueda de opciones para este grupo en situación de movilidad, carente de cuidados parentales. Y también la modalidad de familias de acogida, que, como en el caso de Miranda, puedan ser una opción en su situación de vida en el limbo.

“Pero son opciones poco desarrolladas en México. Si a eso le sumanos el problema del presupuesto público, que de por sí ya era limitado para este tema… Mediaticamente, por desgracia, también sigue siendo un tema invisible. Nos toca hacer muchśimos esfuerzos aún”, concluye Rivera.

* Los nombres de Miranda y Abigaíl fueron cambiados por protección de identidad.