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Género

La sororidad no es sólo caerse bien

Ser feministas y sororas no significa que todas somos amigas, ni que tenemos que aplaudirnos todo. No me tienes que caer bien para que yo deseé que tengas derechos igualitarios y una vida libre de violencia. No tengo que conocerte bien para decirte “yo sí te creo”. No me tienes que caer bien para que yo entienda tu condición de mujer…

Foto: Melissa Askew/Unsplash.com

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La sororidad es algo nuevo para muchos, no sólo la idea sino incluso la palabra. Se trata de un neologismo que la Real Academia Española incorporó a finales del 2018. 

Hasta hace muy poco la solidaridad entre mujeres especialmente en la lucha por su empoderamiento como lo ha definido la RAE, no tenía cabida en el diccionario ni en la mente de muchas mujeres. 

Fueron casos de violación emblemáticos como el de La Manada en España, de violencia brutal como la que vivió Nabila Rifo en Chile y movimientos sociales como #MeToo y #NiUnaMenos los que en los últimos años han relevado la solidaridad de género. 

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La antropóloga mexicana Marcela Lagarde, fue una de las primeras académicas en hacer uso del concepto sororidad en español. Para Lagarde la sororidad es una propuesta política que invita a las mujeres a comenzar a trabajar unidas por un propósito común. 

El apoyo entre mujeres es uno de los mayores símbolos de sororidad. (Pixabay)

Crecimos en un contexto en el que se nos enseñó a velar cada una por sí misma, donde lo individual estaba por sobre lo colectivo. También se nos educa con frases muy arraigadas que nos separaban de las otras mujeres/niñas,“es difícil la amistad entre mujeres” o “las niñas son conflictivas…”. Se nos educó para creer que existe una pretendida rivalidad entre nosotras. Esto afecta la creación de lazos entre nosotres. Al revisar historias tradicionales que consumismos desde niñes, reconocemos mujeres que no pueden convivir: las madrastras que odian a sus hijastras por “bellas”, las hermanas que rivalizan y por supuesto las brujas que usan sus poderes para hechizar hombres y condenar a otras mujeres y niñas. Es muy difícil encontrar relatos de mujeres de la mano de otras. Incluso es muy interesante que en las historias donde las mujeres logran concordia, se trata de esferas de ilegalidad o brujería. 

Se nos enseña a todos de manera esquizofrénica (como parte del sistema patriarcal) que somos envidiosas y que la amistad depende de que no se nos anteponga un hombre y  al mismo tiempo se tachará de “marimacha” a quien tenga pocas amigas mujeres y  se relacione más con hombres. 

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Hasta que sutilmente, sin literatura, ni cine, ni academia, sino alguien, una mujer con la que entramos en contacto, sabe mostrarnos el camino que nos une a las demás, no como amigas íntimas, si no en el reflejo de “ser mujeres”. Aprendemos a reconocer que la vida de cada una es la historia de resistencia de un espacio. 

La sororidad no es una realidad sino más bien una apuesta. Muchas veces, quienes quieren argumentar en contra del movimiento feminista, sostienen que es imposible que a una le puedan caer bien todas las personas de su género. No se trata de caerse bien. 

¿Qué pasa si una mujer actúa mal?, ¿se debe ser solidaria con ella también?

Ser sorora no es un pase libre que implique que una pueda hacer lo que quiera y todas debamos estar de acuerdo o ahorrar agradarnos entre nosotras. 

Al igual que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la sororidad es un principio. Una máxima a la que podemos aspirar. Es un proceso.

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Que no se cumpla con este decreto a la perfección no quiere decir que pierda vigencia,  por el contrario, está en el horizonte como un faro orientador. La sororidad apunta al reconocimiento de la otra como una igual. No somos idénticas, pero sí hay una noción de la discriminación y la desigualdad, una empatía y eso nos une en la lucha para cambiar las relaciones de poder. 

El llamado de sororidad, es sentir por todos.

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