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Netflix | Las jóvenes ven con horror la historia de Diana en ‘The Crown’

La serie de Netflix está enseñando a una nueva generación lo desquiciadas que están realmente las instituciones del Reino Unido.

Foto: Elke Wetzig (Elya)/Wikicommons

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Rhiannon Lucy Cosslett/The Guardian

Parecía un cuento de hadas, la boda de Carlos y Diana. Es un viejo mito: una niña se casa con un príncipe y se convierte en princesa, pero como con todos los buenos cuentos de hadas, hay un giro oscuro. En su centro hay una joven tímida y amable que, por alguna razón, debe ser virgen; todo el mundo está obsesionado con este punto. Una vez casada, el palacio se convierte en una prisión y ella sufre horriblemente. En el camino hay traiciones, intentos de suicidio. Finalmente, ella escapa, solo para que su libertad se vea restringida por su muerte prematura. La gente llora como nunca lo había hecho.

Esta historia es poderosa y, como resultado, se revisa continuamente. Ciertos periódicos permanecen obsesionados con la princesa y constantemente surgen nuevos giros y pistas, el último es que pudo haber sido obligada a participar en la infame entrevista de la BBC con Martin Bashir mediante el uso de documentos falsificados. También la vemos ficcionalizada, esta vez por Emma Corrin en el drama de Netflix The Crown; y es ficción, aunque el hermano de Diana siente que tiene que recordarle a la gente ese hecho, porque gran parte de esta historia, que la gente trató como una telenovela mucho antes de que se convirtiera en una, implica prejuicios y conjeturas. Sin embargo, Corrin ha capturado algo de la joven Diana: su sensibilidad y su soledad, que se sienten reales para la gente, y ha fomentado aún más empatía por su infeliz vida como miembro de la realeza.

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La historia ahora está siendo descubierta por una nueva generación, que eran niños cuando Diana murió y no entendían completamente por qué sus madres lloraban o aún no habían nacido. El podcast, You’re Wrong About, que tiene como objetivo volver a visitar historias pasadas que no se informaron completa o correctamente en ese momento, acaba de dedicarle una serie. Incluso para alguien familiarizado con lo sucedido, los detalles serán impactantes, mientras que los intentos de estos periodistas estadounidenses de entender las costumbres de la aristocracia británica resultan divertidos para escuchar. Están tratando de entender qué es un Sloane Ranger (una especie de dandy campirano), están horrorizados de que un hombre deba cenar separado de sus hijos (“¡Simplemente cene con sus hijos!”, grita uno de ellos). Dirán cosas como: “Ella estaba saliendo con el duque de Westminster, sea lo que sea”, todo lo cual sirve para echar luz a nuestra enloquecida historia como súbditos de la realeza, un estado que, hasta las más fieras abolicionistas, a veces olvidamos y que se basa en, perdón por mi lenguaje, total y puro estiércol.

“No estaba desequilibrada”, dijo una vez la famosa princesa Diana a la excorresponsal real Jennie Bond. “El problema era que estaba demasiado cuerda para mi entorno”. Y ese es el quid de la monarquía, en realidad: todo está desquiciado, y ahora los jóvenes están descubriendo por primera vez cuán desquiciado es, a través de la historia de lo que les parece esencialmente el sacrificio de una virgen. Por supuesto, hubo feministas en ese momento que pensaron esto. Había insignias que decían: “¡No lo hagas, Di!” 

Cuando murió, había millones de mujeres (por no hablar de los hombres homosexuales, hacia quienes Diana había mostrado una enorme compasión en su trabajo con pacientes con VIH) que sintieron no solo una empatía instintiva por esta mujer solitaria y maltratada, sino una especie de dolor. Esto fue ridiculizado como histeria, pero en realidad fue compasión, y probablemente un grado de culpa (¿quién lamió los titulares y las fotos de los paparazzi?)

En estos días muchas más jóvenes se identifican como feministas y, al igual que con el tratamiento de Monica Lewinsky, muchas miran la historia de Diana con horror. Esta es una generación criada en una cultura de celebridades, obsesionada con el dolor femenino y, ahora que están viendo la reprobación de la duquesa de Sussex en la prensa, se preguntan cuánto ha cambiado realmente. La esposa del príncipe Harry tiene instintos humanitarios similares a los de su madre, y eso, además de su raza, la ha convertido en un blanco fácil en una guerra cultural de larga data dirigida a los activistas por la justicia social y la igualdad racial.

Estos mismos guerreros quieren dejar intacta la historia más amplia del establecimiento británico. Las historias deben permanecer inexploradas, juzgadas por los estándares de la época, no por los nuestros. Los monumentos deben permanecer en pie. Nuestras instituciones nacionales no deben indagar demasiado en sus propios oscuros subterráneos. El National Trust está actualmente bajo fuego por, y no puedo creer que esté escribiendo esto, esforzarse por lograr una mayor transparencia histórica con respecto a los vínculos entre la aristocracia que construyó sus propiedades y la trata transatlántica de esclavos.

Crecí cerca de un sitio con una historia particularmente vil: el Castillo de Penrhyn en el norte de Gales. Crecí sabiendo que se había construido sobre la base de la violación, el asesinato y la esclavitud de personas en Jamaica, y que las prácticas de explotación de los descendientes de la familia llevaron a una huelga de tres años que habría visto a los trabajadores de las canteras y sus familias morir de hambre si no fuera la solidaridad nacional de otras personas de la clase trabajadora. Esa huelga comenzó hace 120 años este mes, y la continua privación en esa área del país es una prueba viviente de que los aristócratas colonialistas rara vez se ganaron el cariño de sus poblaciones locales. Algunos todavía se niegan a poner un pie en él.

Me pregunto qué significará esta tendencia al revisionismo histórico a largo plazo para la monarquía y la aristocracia. Estoy desconcertado de lo que alguien piensa que logrará suprimir la verdadera historia detrás de nuestro sistema de clases. La gente habla, Internet existe. No puedes reprimir el pasado; por mucho que lo intente, tiene la costumbre de volver a burbujear. La crueldad siempre pasa a primer plano, eventualmente. Una princesa maltratada, una tierra de castillos construidos sobre sangre. Sea lo que sea, la fachada de cuento de hadas siempre se resquebrajará.

*Rhiannon Lucy Cosslett es columnista de The Guardian

Este texto se publicó en The Guardian y lo tradujo Graciela González. Consulta el artículo original haciendo click en el logo:

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