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Política de México en la frontera sur no desanima a los migrantes que quieren llegar a EU

Mientras la administración de Biden enlista a sus vecinos del sur para frenar el flujo de personas, las familias que buscan un futuro libre de hambre y violencia siguen caminando.

Migrantes centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos desembarcan en Frontera Corozal, México, luego de cruzar el río Usumacinta desde Guatemala. Fotografía: Eduardo Verdugo / AP

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Grupos de hombres, mujeres y niños descendieron de pequeñas lanchas sobre tierra mexicana sin mostrarle sus documentos a nadie.

Los conductores los subieron rápidamente a taxis que pasaron junto a una oficina de migración en camino a una carretera cercana, donde los viajeros pasaron a camionetas para la siguiente etapa de su viaje hacia la frontera de Estados Unidos.

México anunció que impondrá nuevas restricciones de viaje en la frontera sur debido al coronavirus, sus primeras restricciones de este tipo desde el inicio de la pandemia. También desplegaron a la policía, miembros de la guardia nacional y agentes de migración en los estados del sur para ralentizar el flujo de migrantes de Centroamérica.

Esta semana la Casa Blanca anunció que México, Honduras y Guatemala desplegarán tropas “para dificultar el cruce de las fronteras”, como parte de la estrategia de Biden para enlistar a sus vecinos del sur para frenar la migración.

Lee: Detenciones de migrantes en la frontera de EU alcanzan máximos en 15 años

Pero en una mañana reciente, parecía que nada pasó en un remoto tramo de la frontera de México y Guatemala, que sigue al poderoso río Usumacinta. Manadas de personas demacradas caminan junto a una angosta carretera a través de la Selva Lacandona, con mochilas y botellas de agua, y ocasionalmente niños colgando de sus hombros.

Hay varias casetas de policía en el tramo de 150 kilómetros de la Carretera 307 desde Frontera Corozal hasta Palenque, donde se encuentran las impresionantes ruinas mayas. Pero los migrantes dijeron que simplemente pagaron para pasar, o que los policías los asaltaron.

“Nos quitaron el dinero y ahora estamos quebrados por completo”, dijo Christian, de 27 años, quien viajaba con un grupo de albañiles hondureños. “Y ahora tenemos que lidiar con el ejército. Tenemos que encontrar la manera de llegar al norte. Siempre estamos luchando y buscando maneras de llegar allá”.

Poco después de asumir el poder en 2018, el presidente Andrés Manuel López Obrador declaró que las fuerzas de migración y aduana de México estaban “podridas hasta los huesos” y prometió limpiarlas.

Pero los activistas por los derechos humanos dicen que los soldados, policías y agentes de migración siguen siendo culpables de crímenes contra migrantes, desde robos hasta extorsión y secuestros.

“Es un cártel”, dijo el padre Gabriel Romero, director de La 72, un refugio para migrantes cerca de la frontera con Guatemala. “Trabajan junto a contrabandistas … con taxis y conductores de camiones. Es una red que se aprovecha de los migrantes”.

México de nuevo se convirtió en una solución provisional en los esfuerzos de EU para frenar la migración. Y los migrantes se convirtieron en objeto de las negociaciones en la relación bilateral.

Analistas en México dicen que el despliegue de las fuerzas de seguridad en la frontera sur es otro ejemplo de una especie de subcontratación con la que el gobierno de EU transfiere a sus vecinos del sur el combate de la migración.

Nos convertimos en un aparato de control muy fuerte y pesado, en mayor parte debido a la presión del gobierno estadounidense”, dijo Tonatiuh Guillén López, un académico mexicano y antiguo comisionado de migración.

El número de migrantes que llegan a la frontera de EU cayó durante esfuerzos previos, incluyendo uno que llegó del aumento de llegadas de niños migrantes a la frontera de EU en 2014, y el despliegue de la Guardia Nacional después de que Donald Trump amenazó con imponer duras sanciones si no se detenía la migración.

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Pero tales medidas jamás han frenado por completo el flujo de personas, y en su lugar fuerzan a los migrantes a tomar rutas más riesgosas a través de áreas remotas donde se exponen al incremento de los riesgos de asalto, violación, secuestro y muerte.

Guillén, quien renunció como comisionado de migración en junio de 2019, cuando México cedió ante las amenazas de Trump, expresó sus dudas de que las medidas funcionen con la misma efectividad en esta ocasión. “El flujo de migrantes seguirá moviéndose, sobre todo porque vienen en grupos pequeños … y una parte significativa es controlada por traficantes de personas”, dijo.

Los traficantes de personas, dijo, “tienen infraestructura, dinero y relaciones (con las autoridades)”. Adicionalmente, “los gobierno de México, Estados Unidos y Centroamérica nunca se han esforzado mucho para controlar las organizaciones de traficantes”.

Después de una llamada con la vicepresidenta de EU Kamala Harris, López Obrador dijo: “Estamos dispuestos a unir fuerzas en la lucha contra el tráfico de personas y para proteger los derechos humanos, especialmente de los niños”.

Los dos líderes también dijeron que acordaron trabajar por el desarrollo de Centroamérica y “acordaron sobre la urgencia de aplicar programas de asistencia humanitaria de emergencia”.

Pero no importa qué medidas hayan acordado los gobiernos de EU y México, es poco probable que superen los múltiples factores que obligan a los centroamericanos a dejar sus hogares.

Los migrantes en los caminos al sur de México describieron sus escapes de situaciones de pobreza absoluta, hambre y violencia. Describieron sus cosechas destruidas por la sequía, y barrios enteros devastados por huracanes. También hablaron con amargura de los políticos que pasan por alto la corrupción rampante.

“El huracán Eta se llevó todo y nos dejó en la calle con nuestros niños”, dijo Leticia, de 34 años, parada junto a la carretera con su esposo, Héctor, y sus tres hijos de 11,12 y 14 años. “Por eso decidimos salir a buscar un mejor futuro”.

Johan Martínez, de 34 años, dijo que huyó de las extorsiones en Honduras, a pesar de que no tenía muchos ingresos de su trabajo como soldador. Se levantó la camiseta para mostrar sus cicatrices de balazos en el estómago, y señaló sus dientes. “Son falsos”, dijo, y explicó que pandilleros enfurecidos lo golpearon con un tubo porque no tenía con qué pagarles.

Como muchos de los migrantes que se dirigen al norte, se veía emocionado por la llegada de Biden, y dijo que su administración es “la oportunidad de una vida”.

Pero salir de Frontera Corozal no es tarea fácil. Martínez y otros seis viajeros le pagaron 50 pesos a los taxistas por el privilegio de caminar a través de un pueblo de 5,000 personas, esto fue después de haber pagado para atravesar las casetas de migración en toda Guatemala, dijo. “Todo es dinero, dinero dinero”.

La extensión del tráfico de personas es fácil de ubicar en Frontera Corozal, un descuidado sitio turístico poblado por familias de indígenas Chol.

Un comerciante local, que prefirió mantenerse anónimo por cuestiones de seguridad, estimó que el tráfico de personas proporciona alrededor del 90% de la economía local.

Señaló las calles, que estaban llenas de migrantes saliendo de taxis y subiendo a camionetas.

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Las camionetas pagan 3,000 pesos para atravesar varias casetas, según el comerciante. Y hay convoyes, “las casetas sólo tienen personal para poder cobrarles”, dijo.

El comerciante ve migrantes caminando por la jungla alrededor del perímetro de su propiedad para evitar las casetas. Él les da comida y agua en un restaurante que opera y les permite dormir en un vehículo abandonado.

Pero también le sirve a los traficantes. Abandonó la entrevista para venderle cerveza a un par de traficantes que llegaron en auto de último modelo, parte de la flota de vehículos que los traficantes utilizan para transportar discretamente a los migrantes, dijo.

Los migrantes que no tienen con qué pagar a los traficantes terminan caminando (y pagándole a las autoridades), después de que les quitan sus pertenencias mientras les apuntaban con armas.

“Lo primero que les quitan son los celulares”, dijo Leticia, la migrante hondureña que camina en la carretera con su familia. Ellos llevaban dos días caminando en el calor abrumador y comenzaban a quedarse sin dinero.

Llegamos hasta aquí sin comer. Bebemos de los charcos”.

El sol comenzaba a ponerse, y aún les faltaban 25 kilómetros para llegar al siguiente refugio de migrantes. Giraron al norte y se echaron a andar.

The Guardian
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