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Perú vive en incertidumbre a un mes sin presidente

A días de que se resuelvan impugnaciones de fraude electoral, Pedro Castillo anunció que buscará crear una nueva Constitución.

Foto: Pedro Castillo / Twitter.

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Perú ya lleva un mes sin presidente. El virtual ganador de la segunda vuelta de las presidenciales del 6 de junio es el maestro rural y sindicalista Pedro Castillo, candidato del partido Perú Libre. Le sacó poco más de 44,000 votos a su contrincante, Keiko Fujimori, con un 50.12% de los votos y una participación del 74.5%.

El Jurado Nacional de Elecciones peruano ha tardado en dar los resultados definitivos porque Fujimori sembró la duda del fraude incluso antes de que terminara el escrutinio. En total, pidió la nulidad de 802 mesas electorales, equivalente a unos 200,000 votos, por irregularidades que llama “fraude de mesa”.

Paralelamente, el gobierno saliente de Francisco Sagasti le rechazó la petición de que organismos internacionales auditaran las elecciones. Organizaciones como la Unión Europea, la Organización de Estados Americanos o potencias como Estados Unidos consideraron que la elección del 6 de junio fue libre y justa.

Ante este panorama, expertos, analistas y políticos tienen asumido que el próximo presidente del Perú será Castillo. Y de hecho, así se ha comportado desde la elección. “Este esfuerzo del pueblo ha logrado llevar a hacer un gobierno con una representación genuina del pueblo”, dijo el 4 de julio, en uno de los encuentros que ha tenido con diferentes colectivos, en ese caso, con el Congreso Nacional de Padres y Asociaciones de Padres de Familia de Perú.

Castillo es un maestro rural de 51 años. Su victoria es fruto del descontento generalizado con la clase política, incluido él mismo. Desde 1995 trabaja en la misma escuela en la que él estudió, en su provincia natal de Chota, distrito de Tacabamba, en el norte del país. El maestro ha puesto el foco sobre las comunidades rurales del país que están “abandonadas por el Estado”: sin electricidad, agua corriente y con altos niveles de analfabetismo, como sus padres.

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De Chota sacó su inseparable sombrero de paja sobre el que ha construido la imagen de su candidatura, acompañado de discursos que incluyen en casi cada frase la palabra “pueblo”, “padre de familia” y que termina con su firma, “palabra de maestro”. 

Su símbolo es un lápiz. Perú Libre, partido socialista, le pidió que fuera su candidato en 2020, sin estar afiliado. Hasta la primera vuelta de las presidenciales, era un relativo desconocido en el país. Tenía a los grandes medios, personalidades destacadas como Mario Vargas Llosa, y militares en retiro en su contra. Y aun así, se ha ganado el voto de los menos beneficiados por la economía abierta y extractiva con promesas de devolver el “Perú para los peruanos”, de no tener “más pobres en un país rico” y de denunciar que hay “gobernantes que roban”.

En los discursos que ha dado después del 6 de junio repite la misma idea: unidad. “Más que ‘Padres y maestros unidos en la lucha’, unidos en el gobierno”, respondió a las masas que le gritaban la consigna, en el discurso del 4 de julio.

Foto: Twitter / @PedroCastilloTe.

Caos presente

Los 130 asientos del Congreso unicameral se los repartirán entre varias formaciones políticas. De las elecciones parlamentarias de abril de este año, 11 partidos obtuvieron representación, con Perú Libre como primera minoría. A pesar de ello, el país no escapó de la lógica del enfrentamiento político que domina en varias democracias. “Venimos de una elección que ha sido la más polarizada de este periodo democrático”, asegura el politólogo Mauricio Zavaleta. 

El detonante, coinciden analistas, fue el escándalo de corrupción de la constructora brasileña Odebrecht, en 2016. “Comprometió a todos los expresidentes vivos”, explica el director de la consultora Vox Populi, Luis Benavente. “Todos están cuestionados, judicializados, encarcelados o suicidados. No hay títere con cabeza”, añade. Perú va camino de tener a su quinto presidente y segundo Congreso en cinco años, cuando lo normal habría sido uno y uno.

Además de la división, en Perú impregna cierta sensación de caos. El país ya cumplió un mes sin presidente; parte de los ciudadanos creen que hubo fraude; la Fiscalía Anticorrupción de Junín acusó a Castillo de financiación ilícita de su campaña, cosa que ha negado, y analistas consideran que el primer sorprendido de su victoria fue él mismo.

A ello atribuyen la falta de un plan de gobierno claro. Su discurso del 4 de julio lo resumió: “Superado el problema de la salud, ya veremos qué hacemos”, dijo en alusión a las reformas en el sector educativo condicionadas por la pandemia. Perú es el país con mayor tasa de mortalidad por 100,000 habitantes en el mundo, con 594, y un total acumulado de 193,389.

Futuro incierto

Castillo ya anunció que lo primero que propondrá al Congreso en cuanto asuma el cargo, el próximo 28 de julio, es la creación de una asamblea nacional constituyente. ”No me puedo convertir en un mago para resolver los problemas inmediatos porque nos tiene atados esta Constitución”, lanzó el 2 de julio.

La reforma de la Constitución es una de las líneas rojas que Perú Libre no podrá rebasar si quiere que el partido de izquierdas Juntos por el Perú lo apoye con sus cinco congresistas. “El Estado ha disminuido su capacidad regulatoria de la actividad económica y tributaria”, explica el parlamentario de esa formación Roberto Sánchez. 

Su bancada quiere que la Constitución dé un giro hacia una economía popular y social de mercado que nacionalice el gas y promueva la soberanía energética del país por encima de las exportaciones. “Al iniciar la pandemia, después de 30 años de este régimen (neoliberal), el Perú apenas tenía camas UCI (de Unidades de Cuidados Intensivos). Eso es imperdonable, teniendo los recursos que se tienen”, añade.

Este tipo de propuestas son las que han azuzado la sombra del comunismo. Ello ha llevado a que Pedro Castillo haya tenido que repetir varias veces que se va a respetar la propiedad privada, pero van a poner reglas claras para las inversiones y a revisar contratos con multinacionales abusivas. A lo largo de su campaña, el maestro ha levantado la bandera de “declararle la guerra al hambre”, es decir, acabar con las desigualdades. En Perú, la tasa de empleo informal ronda el 75% y cuenta con un coeficiente Gini de desigualdad del 0.415 (donde 0 es la mayor igualdad y 1 lo más desigual), según datos del Banco Mundial a 2019.

Si quiere hacer cosas muy arriesgadas, lo más probable es que termine fuera de la Presidencia por medio de la vacancia (una moción de censura del Congreso que lo separaría del cargo)”, augura Zavaleta, ante un probable nuevo periodo de ingobernabilidad y de continuidad del modelo neoliberal. “Es un presidente débil y sin experiencia. Además, una asamblea constituyente es rechazada de manera categórica por el establishment. Tiene la Presidencia, pero nada más”, añade. 

Los votos de Juntos por el Perú no serán suficientes para lograr la mayoría de 67 votos del Congreso. Ello obligará a la probable coalición a buscar más apoyos para dar estabilidad a Castillo. Todo un reto, explica Benavente: “Los peruanos no somos demócratas porque no somos capaces de entender que hay que hacer acuerdos. Eso es tomado como una asociación ilícita para delinquir”, explica el consultor político.

Este 2021, Perú celebra 200 años de independencia. Castillo se ha agarrado a la celebración para, simbólicamente, erigirse como el presidente del bicentenario. Así lo proclamó ante las masas el 26 de junio: “Que sea un bicentenario con esperanza, futuro, visión de país para que todos comamos del pan que tiene esta patria”.

Foto: Pedro Castillo / Twitter.

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