Por qué ‘No miren arriba’ es un desastre
Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence en No miren arriba. Foto: Niko Tavernise/Netflix/PA

Cuando se trata de persuadir a alguien para que cambie de opinión sobre un tema importante, lo que se dice no siempre es tan importante como la forma en que se dice. Si una persona siente que la atacan, le faltan al respeto o la tratan con condescendencia, apagará su cerebro y bloqueará los argumentos más racionales y correctos solo por principio. Los homo sapiens son criaturas extrañas y emocionales, más susceptibles a un argumento convincente que a un argumento correcto mal presentado. Por ese motivo, votamos por el tipo que nos gustaría tener como compañero de copas en lugar de por los candidatos más distantes y con un mayor conocimiento sobre los temas. Por eso nos sentimos desconsolados cuando la peor persona que conocemos expone un gran argumento.

La nueva sátira de Adam McKay, No miren arriba (Don’t look up), un intento desesperado por lograr que los ciudadanos de la Tierra se preocupen por el inminente fin de los tiempos provocado por la crisis climática, parece ser al menos algo consciente de este defecto de la naturaleza humana. Se trata de la dificultad de convencer a los desinteresados a preocuparse, en este caso de un cometa gigantesco que se dirige rápidamente hacia la Tierra en un curso de colisión de destrucción inminente, una metáfora enérgica aunque bastante inadecuada. (Todo el mundo se muestra indiferente ante el calentamiento global en parte porque es un fenómeno gradual, porque no es una fuerza de destrucción instantánea con una fecha de vencimiento en un futuro inmediato que todos viviremos para ver). Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence interpretan a los astrónomos Randall Mindy y Kate Dibiasky, desconcertados al constatar que nadie se preocupa por el “asesino de planetas” que acaban de descubrir, ni los sonrientes muñecos de los noticieros diurnos interpretados por Tyler Perry y Cate Blanchett, ni la Casa Blanca dirigida al estilo Trump por la presidenta Meryl Streep, ni el pueblo estadounidense.

McKay demuestra entender perfectamente que una parte de esta apatía se debe al árido enfoque del Dr. Mindy a pesar de la gravedad de su mensaje, ya que los datos y las cifras más importantes aburren al jefe de gabinete, Jonah Hill, hasta que se queda dormido. Sin embargo, el propio director sufre una variación del mismo problema, desanimando incluso al público dispuesto a estar de acuerdo con sus posturas a través de una entrega ineficaz. A diferencia del tartamudeo de Mindy en estado de pánico, McKay balbucea a altos decibelios; su técnica es mucho más parecida a la de Dibiasky gritando al aire que todos vamos a morir. Excepto que su guion declara lo obvio como si todos los demás fueran demasiado tontos como para darse cuenta y lo hace desde una posición de altiva superioridad que ahuyentaría a los partidarios que aún tienen que convencer.

Los dedos señalan a todas las direcciones, solo para que la culpa vuelva a recaer en la mentalidad que encarna esta película. Las críticas fáciles a la cultura de las celebridades y a nuestra obsesión con ellas -principalmente en la forma de una estrella del pop tonta llamada Riley Bina, interpretada por la buena Ariana Grande- parecen vacías en una producción repleta de grandes estrellas que atraen la atención. Los grandes medios de comunicación resultan ser poco útiles, más interesados en los suculentos ciberanzuelos que en un reportaje honesto, aunque el argumento también se apoya en la máquina de comunicación de masas como el único elemento capaz de cambiar la opinión pública. Lo más condenadamente engreído de todo esto es la idea que tiene McKay de la gente común, desde los padres de Dibiasky, que son de centro-derecha (“Estamos a favor de los empleos que creará el cometa”, le informan antes de permitirle entrar a la casa), hasta el veterano elegido para pilotear la misión en el espacio (Ron Perlman como un borracho racista que se dirige a “ambos tipos” de indios, “los que tienen elefantes y los que tienen arco y flechas”).

Por qué 'No miren arriba' es un desastre - meryl-streep
Meryl Streep en ‘No miren arriba’ Foto: Niko Tavernise/AP

Todo esto evoca la nociva conclusión del grupo de discusión de la anterior película de McKay, Vice, y el desprecio implícito hacia el trumpista que exclama “libtard”, así como hacia el millennial que prefiere ver la nueva película de Rápidos y Furiosos. McKay se muestra tan poco tímido al expresar su desprecio generalizado que uno comienza a preguntarse para quién podría estar dirigida esta película. El único grupo simpático a su repelente actitud autocelebratoria sería el grupo del liberalismo en esa misma línea ideológica, alejando a los demás aparentemente de su lado con un aire de superioridad. Esta comedia ineficaz tiene el tono y el alcance de un meme político de Facebook enviado por un pariente mayor bienintencionado, cuyo objetivo no es tanto criticar sino reafirmar que todos odiamos al mismo tipo de personas.

El personaje que sale menos perjudicado de esta película es Yule, interpretado por Timothée Chalamet, un joven skater que se mueve por la ciudad natal a la que Dibiasky termina regresando. Es un chico de voz suave y de gran sensibilidad, un exevangélico que todavía está descubriendo lo que significa su fe para él, filosóficamente a la deriva, pero lo suficientemente seguro de sí mismo como para defenderse cuando Dibiasky le dice algo insensible durante la aventura que surge entre ellos. Él logra el único momento emocional que funciona en este contexto, cuando realiza la cortesía de rezar una última oración antes de que se produzca el apocalipsis, un momento tan conmovedor debido a la voluntad de McKay de considerar la humanidad de Yule. Esta escena destaca como una anomalía por su poder para conmover, no solo sentimentalmente sino en términos de adaptación. Como primera instancia que convence al espectador para que sienta interés por cualquiera de estos personajes o por las creencias que representan, es el único momento en el que parece que vale la pena preservar la Tierra.