Avatar 2 debería hacernos reconsiderar por completo nuestra relación con el planeta
'En el centro de la película hay unas enormes y maravillosas criaturas parecidas a las ballenas, que son cazadas sin piedad por los terrícolas'. Foto: AP

La película original de Avatar fue más que una película. Fue un acontecimiento

Según se dice, el gobierno chino la retiró de algunos cines por miedo a que pudiera incitar revueltas territoriales; la derecha cristiana la criticó por su “antiamericanismo”; los manifestantes contra el extractivismo y el colonialismo la utilizaron con avidez; provocó depresión entre aquellos que salían de los cines para enfrentarse a la empobrecida Tierra de nuestros paisajes urbanos; y yo personalmente escuché que llevó a algunos espectadores a vender sus 4×4, dejar el ejército y mucho, mucho más. No fue una película cualquiera

Después de 13 años, la primera de las secuelas de Avatar, El camino del agua, llegó por fin a la gran pantalla. Aclamé la película original como una poderosa y oportuna obra de cultura popular que narraba claramente y cuestionaba la explotación de la naturaleza con fines lucrativos, y convencía a los espectadores de la importancia de la resistencia. La secuela es, una vez más, una película para nuestra época. Y una de la que podemos, y deberíamos, aprender

En el centro de la película hay unas enormes y maravillosas criaturas parecidas a las ballenas, que son cazadas sin piedad –por el aceitoso elixir de la vida que contienen– por los terrícolas que han regresado a Pandora. La escena de caza en la que una hembra adulta es perseguida hasta la muerte de esta forma, y posteriormente extraída para la obtención del aceite, es una de las escenas más desgarradoras que he visto en el cine.

Tráiler de Avatar: El camino del agua

Mientras los humanos y los Na’vi están en guerra en la película, nos enteramos de que estas “ballenas” de Pandora hicieron un voto de no violencia. Y que son seres más sabios y mucho más emocionales que cualquiera de nosotros, los bípedos. Qué aspecto tan mágico para que una superproducción se centre en ello y nos lo muestre.

Las dos películas de Avatar giran en torno a procesos de “educación”, en particular para que nuestros avatares en las películas aprendan realmente de los habitantes indígenas. ¿Podríamos encontrarnos en un momento –más sumidos en la crisis ecológica de lo que estábamos cuando se estrenó la primera película de Avatar– en el que podamos aprender cuestiones similares? ¿Incluso, quizás, de las ballenas y los delfines, cuyas culturas (sí, ellos realmente tienen culturas también) son en algunos aspectos más impresionantes que las nuestras? Estoy pensando en la forma en que se mantienen unidos sin importar lo que pase, formando comunidades de superorganismos que superan nuestras fantasías de individualidad.

¿Podría El camino del agua brindar una nueva oportunidad para que este tipo de mensaje llegue a la población? El estreno de Avatar coincidió con la cumbre de la COP de Copenhague, ampliamente reconocida como un fracaso. Trece años después, acabamos de tener el fiasco de la COP27, en la que se acordó, en principio, compensar a los países en vías de desarrollo por las pérdidas y los daños derivados de la creciente emergencia climática, mientras que, en la práctica, también se avanza hacia mayores pérdidas y daños a través de emisiones climáticamente letales cada vez más elevadas.

La Conferencia de las Partes sobre Diversidad Biológica que se acaba de celebrar en Montreal, la COP 15, al menos centró los esfuerzos en situar a la naturaleza en el centro de atención, aunque el acuerdo alcanzado en ella será una mera fachada a menos que exista la voluntad de implementarlo. La COP sobre Diversidad Biológica supuestamente protege la tierra y los océanos; de estos dos, son los segundos los que resultan, en todo caso, mucho más cruciales, pues dominan por igual nuestro planeta “azul”. La contaminación y la acidificación de nuestros océanos, en particular, representan una potencial amenaza existencial.

Al final de El camino del agua, el protagonista se hace a la idea de que el océano se ha convertido en su hogar: “Este es nuestro hogar, esta es nuestra fortaleza. Aquí es donde nos mantenemos”. Si los extraterrestres visitaran la Tierra, probablemente la llamarían Océano, por el hábitat que cubre la mayor parte de su superficie. ¿Podría la segunda película de Avatar ayudarnos a tomar nuestra postura? De una forma sabia, no violenta, una forma que vaya más allá de matar.

Hay una escena magnífica al principio de El camino del agua, cuando un joven Na’vi que siente la cercanía de la vida que baña el planeta dice que Eywa –el dios de todos los seres vivos, similar a nuestra idea de Gaia– es “como una palabra a punto de ser pronunciada”. Esto me pareció sumamente evocador: de otro mundo que todavía es posible y que, en un día tranquilo, uno casi puede escuchar respirar.

Cuando uno sale del cine, debe llevarse consigo esta sensación del valor y la belleza más profundos de la vida. Cuando salgas –probablemente a calles artificiales y carentes de naturaleza– permítete sentir cierta tristeza y cierto pesar por lo que se ha perdido, y después una energía creciente y una determinación compasiva y a la vez feroz. Para evocar ese otro mundo.

La “depresión-Avatar” se disipará cuando nos dediquemos a restaurar el planeta Océano para que sea tan bello como lo son las partes no destruidas de Pandora.

Como ya han enfatizado algunas críticas, hay muchos puntos débiles en la película, pero no dejemos que eso opaque algo dentro de ella que es tan fuerte. La verdadera cuestión es adoptar una postura; intentar alcanzar la sabiduría de las ballenas, y la inteligencia del indigenismo y de nuestras propias tradiciones de sabiduría. El camino del agua incluye repetidas enseñanzas sobre técnicas de respiración y meditación, enseñanzas con las que, mientras las veía, me encontré respirando al mismo tiempo. ¿Hay alguna otra película para un público masivo que haya intentado algo parecido?

Mientras nuestro propio planeta sigue muriendo, escucha con atención la palabra que está a punto de ser pronunciada. Quizás puedas ayudar a pronunciarla.

Rupert Read enseña filosofía en la Universidad de East Anglia y es el autor de Why Climate Breakdown Matters.