‘Sin libros, no lo lograríamos’: Valeria Luiselli sobre el poder de la ficción
Valeria Luiselli: 'En el último año encontramos consuelo en los compañeros que viven en nuestras estanterías'. Foto: Ramin Talaie / The Guardian

El otro día leí un artículo sobre un programa de computadora que escribe ficción. Le alimentas unas cuantas líneas, le dices el género, ciencia ficción, terror, y produce el resto. Y no es malo para eso. Escribe con oraciones gramaticales completas. Se le ocurren metáforas y analogías. Imita el estilo particular de algún escritor, y más. El autor del artículo, quien parece un poco emocionado sobre la existencia de este juguete diabólico de las profundidades del Silicon Valley, dice, en algún punto, que esta “herramienta” sería la “salvación” para los escritores que no les gusta escribir, los cuales, según él, son casi todos los escritores. Quiero decirle a este escritor: estás equivocado. Y a este robot que escribe ficción le quiero decir… Bueno, no quiero decirle nada porque, ya sabes, los robots son robots. 

La ficción es una de las actividades humanas más placenteras. Sí, es una de las más difíciles. Pero cuando la impulsa un deseo profundo, es una de las más placenteras. La ficción es como una intuición orgánica, o conocimiento materializado, algo que sentimos cuando nuestras mentes logran perforar la malla del presente, e imaginar algo diferente. A veces, cuando tratamos de mirar hacia ese otro lugar lo que vemos es demasiado doloroso, impactante o simplemente abismal. Pero tenemos que verlo de todas formas, y hacer algo de él, hacer algo con él. La palabra ficción viene del latín fingere, que significa “modelar, formar”, y originalmente “moldear algo con arcilla”. Fingere implica la acción de hacer, o más bien, de dar forma. No es inventar algo que no es verdad, sino dar forma a algo que ya estaba allí. La ficción requiere una combinación de introspección, retrospección y previsión. En otras palabras, requiere experiencia. 

Desierto Sonoro es una novela sobre la soledad de la infancia y la imaginación ilimitada de los niños, la frágil intensidad de los lazos familiares, sobre las tensiones entre la historia y la ficción, y las intersecciones complejas entre las circunstancias políticas y las vidas personales. Pero más que nada, es una novela sobre el proceso de hacer historias, de entretejer voces e ideas con la intención de entender mejor el mundo que nos rodea. Es una novela sobre ficción. Comienza con dos papás contando historias, con sus hijos físicamente y metafóricamente en los asientos traseros del auto familiar, pero luego cambia a la narrativa de los niños, ellos se convierten en las voces que nos cuentan la historia del mundo enfermo pero a veces impresionante del que siempre hacemos ficción, que siempre modelamos y remodelamos. 

Lee también: Imaginemos: porque podemos

En este último año de aislamiento y dudas, y tanto miedo, mi hija, mi sobrina y yo hemos leído en voz alta, para acompañarnos, para sentirnos más juntas, tal vez, más allá de cocinar y comer y limpiar la casa. Leemos para las demás de la misma forma en la que uno busca compañía junto a una chimenea, para estar solo, acompañado. Solemos jugar un juego. Nos sentamos en frente de los libreros, y una de nosotras elige un libro con nuestros ojos cerrados, y después lo leemos en voz alta, a veces solo unas cuantas líneas, a veces capítulos enteros. 

Hemos leído a Audre Lorde, Marguerite Duras, James Joyce, e incluso una serie sobre vampiros cuyo título jamás confesaré. En cualquier caso, puedo decir, sin dudar ni un poco, que sin libros, sin compartir en la compañía de la experiencia humana de otros escritores, no habríamos sobrevivido estos meses. Si nuestros espíritus se renovaron, si encontramos fuerza para seguir adelante, si mantuvimos el entusiasmo por la vida, es gracias a los mundos que los libros nos dieron. Todas las veces, encontramos consuelo con los compañeros que viven en nuestros libreros. 

Para un proyecto en el que estoy trabajando, entrevisté recientemente a algunas mujeres de mi familia sobre lo que más temen. ¿A qué le tienes miedo? Pregunté. Mi madre dijo: “Perder claridad”. Mi hija dijo: “Tengo miedo de quedarme sola”. Mi sobrina más pequeña dijo: “Expectativas”. Mi sobrina más tarde dijo: “Tengo miedo de que mi relación fracase, de perder el amor”. 

¿Y a qué le tienes miedo tú, mamá?” me preguntó mi hija. 

¿A qué le tengo miedo? Le temo a muchas cosas, como cualquier adulto. A las pérdidas, a no poder proveer para aquellos que dependen de mí, a la violencia política, al cambio climático y a Silicon Valley. Pero en particular le temo a que nuestros espíritus se estanquen, de no tener una narrativa en la cual creer, de no tener un espacio en común para escucharnos y comprendernos profundamente. Le temo, es otras palabras, a un mundo sin ficción. A un mundo en el que no compartamos un espacio colectivo de imaginación. 

Y estoy tan comprometida con eso, que dedico mi vida al arte improbable de la ficción

-Valeria Luiselli ganó el premio literario de Dublín de 100,000 euros por Desierto Sonoro