Pancho Villa, mi abuela y la historia revolucionaria de la frontera
El revolucionario Pancho Villa fue una figura de gran importancia para ambos lados de la frontera, pero estuvo ausente en el plan de estudios de las escuelas de Texas. Foto: Alamy

Mi abuela materna fue jefa de enfermeras en un hospital de Chihuahua durante la Revolución Mexicana, un acontecimiento épico que afectó a ambos lados de la frontera y que provocó que mi familia se mudara permanentemente a Estados Unidos para escapar de la violencia.

Mi abuela trabajó en el hospital, cuenta la historia familiar, cuando el infame general Pancho Villa se apoderó de las instalaciones y dejó a sus tropas heridas al cuidado del hospital. Mamá, como la llamábamos, se encargó de vigilar a las enfermeras en medio de todos los soldados, algunos de los cuales cometieron insinuaciones sexuales no deseadas. Ella denunció a los oficiales de Villa. Fue entonces cuando Villa apareció y le pidió a mamá que señalara a los soldados culpables. Cuando ella lo hizo, él sacó su pistola y ejecutó rápidamente a los hombres, dejando atónitos a los testigos y transmitiéndole a su ejército el mensaje de que ese comportamiento no sería tolerado.

Nunca conoceré la verdad de este incidente, pero escuchar esta historia cuando era niño prendió mi imaginación y devoré todo lo que pude leer sobre Pancho Villa. Sí, hubo un debate sobre si era un héroe o un villano. Sí, ejecutó a gente sin piedad. Sí, ordenó a sus tropas que violaran a las mujeres en un pueblo que secuestró. Y sí, su ejército fue el segundo ejército extranjero en invadir Estados Unidos desde los británicos en la guerra de 1812. A pesar de la Batalla de Columbus, Nuevo México, había sido un aliado de Estados Unidos y un favorito de Hollywood porque permitió a los equipos cinematográficos filmar sus batallas e, incluso, rodar repeticiones.

En el momento cumbre de su influencia, Villa fue un brillante estratega en tiempos de guerra, uno de los primeros en utilizar los trenes como hospitales quirúrgicos móviles para el ejército. Aunque usó mi ciudad natal de El Paso, Texas, como un importante punto de comercio para el contrabando de armas y otro tipo de contrabando para su ejército revolucionario División del Norte, nunca aprendí nada sobre él en la escuela. Lo que aprendí fue a través de las historias de mamá.

Ella nació en Arizona, pero su vida transcurrió en ambos lados de la frontera, como la de tantas personas durante generaciones. Sus historias sobre la revolución solo viven en la historia familiar, no en los libros de historia de las escuelas. Al igual que otros miles de refugiados de México, mamá llegó a Estados Unidos huyendo de una agonizante revolución que duró una década y en la que el estado de Chihuahua y Ciudad Juárez, frente a El Paso, fueron puntos estratégicos de la guerra y escenarios de varias batallas campales. Sin embargo, la única referencia sobre Villa fue cuando aprendimos sobre el general John “Black Jack” Pershing, quien comandó Fort Bliss, ubicado en El Paso, y que invadió México sin éxito en un intento por capturar a Villa después de que el general mexicano entrara a Nuevo México.

Después de que mamá estableciera su hogar permanente en El Paso, aplicó sus conocimientos de partera en los vecindarios hispanos a lo largo de la calle Alameda, en el lado sur de la ciudad, cerca de la frontera. Muchos de los bebés que ayudó a dar a luz provenían de familias que también eran refugiadas durante los años de guerra en México. De niño, me enfrascaba en debates con mis compañeros hispanos de la escuela sobre si Villa era un héroe o un villano. Años después, me di cuenta de que los que idolatraban a Villa provenían de la clase campesina de México y los que lo calificaban de bandido tenían parientes de la clase alta antes de la Revolución.

Pienso en las historias de Villa, y en las personas cuyas vidas siempre han estado unidas a la frontera, al tiempo que Texas y otros estados aprueban leyes que prohíben y tergiversan la teoría racial crítica y deciden qué versión de la historia se debería enseñar a los niños en nuestras escuelas públicas. En septiembre, una nueva ley aprobada por la legislatura de Texas entra en vigor y ordena cómo se debe enseñar la raza en las escuelas públicas y prohíbe básicamente la discusión sobre acontecimientos actuales a menos que todas las perspectivas estén representadas, lo que daría el mismo peso a las ideas que deberían haber desaparecido hace tiempo. Una segunda aprobación de la legislación permitiría la enseñanza sobre la relación histórica entre Texas y México, pero reemplazaría aspectos específicos de la versión anterior, como la enseñanza del discurso “Tengo un sueño” de Martin Luther King Jr. o la historia del movimiento chicano, con las contribuciones más generales de los afroamericanos e hispanos a la historia del estado.

El general Antonio López de Santa Anna: triunfador del Álamo y… ¿pionero del chicle? Fotografía: The Granger Collection/Alamy

El mes pasado, el gobernador Greg Abbott promulgó el Proyecto 1836, una iniciativa de educación patriótica que conmemora el año en que Texas se independizó de México. Esta versión de la historia de Texas se difundirá a través de folletos en las oficinas de licencias de conducir y en un sitio web de una agencia. En un video que documenta la firma de la ley, Abbott está rodeado por tres legisladores blancos y uno afroamericano. No hay hispanos, aunque se prevé que serán la población mayoritaria en Texas en el 2025.

Aquellos legisladores que abogan por una versión blanqueada y anglicista de la historia están redactando su propio fragmento de la historia. Estos segregacionistas históricos han tomado el ejemplo de la Comisión 1776 del expresidente Donald Trump, la cual fue rápidamente disuelta por el presidente Joe Biden. Al proponer la comisión el año pasado, Trump dijo: “Queremos que nuestros hijos e hijas sepan que son ciudadanos de la nación más extraordinaria de la historia del mundo”.

Estoy orgulloso de ser ciudadano de Estados Unidos. Pero al reflexionar sobre la historia formal que me han enseñado en las escuelas públicas de Texas, me pregunto hasta qué punto Estados Unidos está orgulloso de tenerme a mí o a mi gente.

En el séptimo grado de Historia, me enseñaron a satanizar a los mexicanos, representados por el general Antonio López de Santa Anna, quien ganó la batalla del Álamo, pero perdió la guerra y Texas ante Sam Houston semanas después en la batalla de San Jacinto. (En la categoría de oportunidades perdidas, los profesores pudieron haber hecho la historia más interesante al señalar que, durante su exilio más adelante en su vida, Santa Anna le presentó el chicle a los estadounidenses, la sustancia utilizada para hacer chicles). Una versión de esa historia sigue siendo obligatoria en las escuelas públicas de Texas.

Aprendí que los Texas Rangers conquistaron la anarquía en Texas, pero no me contaron su historia de matanza indiscriminada de hispanos a lo largo de la frontera, a menudo como una advertencia para otros hispanos. Una versión de esa historia también perdura hasta hoy.

Nunca escuché hablar sobre el Dr. Héctor García, César Chávez, Dolores Huerta, Rodolfo “Corky” Gonzales, Reies López Tijerina u otros líderes chicanos de los derechos civiles, a pesar de que El Paso estaba en la primera línea del movimiento chicano. Y solo aprendí sobre Pancho Villa a través de los ojos de un general estadounidense.

Mamá y mis padres les transmitieron a sus hijos una versión más inclusiva de la historia de Texas. Deberíamos esperar al menos lo mismo de nuestro gobierno estatal y nacional.

Carlos Sánchez es director de asuntos públicos del condado de Hidalgo, Texas. Fue periodista durante 37 años y ha trabajado en el Washington Post y en la revista Texas Monthly, así como en otras ocho editoriales. Puede contactarlo en [email protected].