Charlie Watts: una leyenda del rock and roll cuyo verdadero amor fue el jazz
La realización de un sueño de la infancia… Charlie Watts tocando con su banda de jazz en Ronnie Scott's, Londres, 1985. Foto: Alan Davidson/Rex/Shutterstock

Todo el mundo sabía que el corazón de Charlie Watts siempre perteneció al jazz. Incluso cuando se dejó crecer el cabello y se vistió de hippie mientras los Rolling Stones pasaban por su periodo de Satanic Majesties, en el fondo seguía siendo el bebopper genial que podía ver a través de los sinsentidos que rodeaban a su grupo y los egos desenfrenados en su corazón.

Sabiamente, nunca dejó que su verdadera lealtad musical se reflejara en su forma de tocar con los Stones. Cuando lo reclutaron de Alexis Korner’s Blues Incorporated en enero de 1963, poco después de haber estado aprendiendo con bandas de jazz tradicionales, escuchó los discos de Jimmy Reed, Howlin’ Wolf y Muddy Waters para absorber la forma en que los maestros de la batería de blues de Chicago, como Earl Phillips, Fred Below y Elgin Evans, mantenían las cosas simples, y pronto apreció que la simplicidad con frecuencia es lo más difícil de lograr.

La adaptación personal de su enfoque discreto, concentrándose en un firme backbeat y evitando cualquier forma de decoración, resultó ser perfecta para los Stones conforme aumentaba el volumen y crecían los recintos, pero difícilmente podría haber estado más lejos de los estilos de los grandes bateristas del jazz moderno con los que creció admirando. Músicos como Max Roach, Art Blakey, Philly Joe Jones y Elvin Jones liberaron a la batería de su papel subordinado, permitiendo que se convirtiera en un participante total de la música, añadiendo un comentario a las improvisaciones de los trompetistas como Miles Davis y John Coltrane, en ocasiones incluso como un socio igualitario.

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Al crecer en una casa prefabricada de posguerra en Wembley, Watts ahorró dinero para comprar los discos de Jelly Roll Morton y Johnny Dodds, Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Cuando le regalaron su primer set completo, después de que desarmó un banjo para usar el cuerpo y la vitela como un tambor improvisado, pintó el nombre “Chico” en el cabezal delantero de lo que en aquella época se conocía como el bombo. Fue un homenaje a Chico Hamilton, un baterista de Los Ángeles que tocó en un famoso cuarteto junto a Gerry Mulligan y Chet Baker a principios de los años 50, antes de fundar su propio quinteto aventurero, que gozó de gran popularidad a finales de esa década y que apareció en la pantalla en la película Sweet Smell of Success de 1957.

Watts, quien nunca se avergonzó de su tendencia a adorar a sus héroes, mostró todo su potencial en su primer acto de creatividad independiente. Ode to a Highflying Bird, publicado en 1964, cuando los Stones alcanzaron el número 1 de las listas de Reino Unido con It’s All Over Now y Little Red Rooster, fue un pequeño volumen de palabras y dibujos animados en el que utilizó sus habilidades como artista gráfico para ilustrar la historia de Parker (a quien luego homenajeó con su quinteto), representada con encanto como una especie de fábula infantil.

Su alma gemela en la primera encarnación de los Stones fue Ian Stewart, un pianista que amaba el boogie-woogie y otras formas de jazz, pero al que pronto retiraron de la banda por su aspecto y lo convencieron para que ocupara el puesto de road manager. A finales de los años 70, Watts trabajó con Stewart en Rocket 88, una banda de boogie y jump-blues cuya cambiante alineación incluyó invitados como Chris Farlowe, Zoot Money y Jack Bruce.

Dado que siempre consideró que los clubes de jazz eran más agradables que los estadios en los que tocaban los Stones, en 1985 llenó el escenario del Ronnie Scott’s con una big band de 32 músicos procedentes de la élite del jazz londinense. Una alineación extraordinariamente ecléctica que incluía desde veteranos de la era del bop hasta Courtney Pine, un desconocido de 21 años al comienzo de su carrera, quien se sentó junto a sus compañeros saxofonistas tenores Danny Moss, Bobby Wellins, Don Weller y Alan Skidmore. Jack Bruce tocaba el chelo, su primer instrumento, y Stan Tracey estaba en el piano. Watts se sentaba felizmente en su batería entre otros dos bateristas, el mayor Bill Eyden y el más joven John Stevens, mientras tocaban arreglos de clásicos como Lester Leaps In, Stompin’ at the Savoy y Prelude to a Kiss. Mick Jagger y Keith Richards estuvieron presentes para celebrar lo que Watts definió como la realización de un sueño de la infancia.

Pudo financiar el proyecto, el cual realizó una gira por Estados Unidos al año siguiente, con sus ganancias como miembro de Stone. En años posteriores, aprovechó el considerable tiempo de inactividad de la banda para regresar al Ronnie Scott’s y a otros locales con grupos de tamaño más modesto y grabar en 1996 un hermoso álbum de clásicos, Long Ago and Far Away, interpretado por su quinteto, una pequeña orquesta y el cantante Bernard Fowler. Estas versiones cálidas y tranquilas de canciones como Stairway to the Stars e In a Sentimental Mood, en las que la presencia de Watts solo se percibe por el suave sonido de fondo de las escobillas, estaban lo más lejos posible de Sympathy for the Devil y Street Fighting Man, pero eran claramente sinceras.

Nunca fue condescendiente con la música que tocó con sus compañeros de los Stones, pero sus duraderas y leales amistades con otros músicos de jazz, como el saxofonista Peter King y el bajista Dave Green, a quienes conoció desde la infancia, fueron de gran importancia para él. Otro amigo cercano fue el baterista estadounidense Jim Keltner, con quien grabó un álbum de percusiones en el año 2000, nuevamente entre las giras de los Stones. Cada uno de los nueve temas del disco llevaba por título el nombre de los bateristas que idolatró: Roach, Blakey, Kenny Clarke, Roy Haynes y así sucesivamente. Una vez más, rindió un homenaje sincero y profundo a los músicos que enriquecieron su vida, al igual que él, en un registro diferente, enriqueció la de los demás.