‘El miedo a esta vacuna es real’: cómo la estrategia de Covid-19 de Papúa Nueva Guinea resultó tan mal
Un enfermero prepara las camas para los nuevos pacientes en un hospital provisional de Covid-19 en Port Moresby. Foto: Andrew Kutan/AFP/Getty Images

A mediados de octubre, el Dr. Clement Malau, especialista en salud pública que estudió en Harvard y exsecretario del departamento de salud de Papúa Nueva Guinea, se alarmó cuando descubrió que se volvió viral. Solo que no lo hizo.

Alguien había publicado un clip de audio de 20 minutos como “discurso del Dr. Clement Malau sobre la vacuna”, en el que el orador alternaba entre el inglés y el tok pisin, la lengua pidgin de Papúa Nueva Guinea, para pronunciar un elocuente despotrique contra el Covid-19.

Cuando le avisaron a Malau, el clip ya se había súper difundido por Facebook y grupos de WhatsApp, impulsado por figuras de alto nivel de Papúa Nueva Guinea. Todavía está ahí, alimentando el fanatismo anti-Covid-19 y antivacunas.

En Papúa Nueva Guinea, el acceso a las redes sociales sigue siendo relativamente bajo: la Dra. Amanda Watson, experta en comunicación del Pacífico, comenta que solo hay alrededor de 600 mil teléfonos inteligentes en circulación en una población de casi 9 millones de personas, y la mayoría de los hogares no están conectados a internet. Sin embargo, el torbellino en línea se transmite rápidamente entre las comunidades a través del “coconut wireless”, es decir, de boca en boca. Esto alimenta la desconfianza que sustenta el desastroso índice de vacunación del país, con menos del 4% de su población adulta completamente vacunada a pesar de la disponibilidad de vacunas en todas las provincias. Mientras tanto, una tercera ola de la pandemia abruma los hospitales y desborda las morgues.

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Cartel de concienciación sobre el Covid-19 en Port Moresby. La mayoría de los hogares de Papúa Nueva Guinea no están conectados a internet. Foto: Robert Weber/The Guardian
Malau rastreó a su impostor y envió los detalles a las autoridades. “Y no han hecho nada”.
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El mensaje del país en su respuesta a la pandemia ha sido duramente criticado. Foto: Robert Weber/The Guardian

Así que está utilizando Facebook para intentar contrarrestar las mentiras “yo solo”. Ha conseguido casi 5 mil seguidores, muchos de ellos desesperados por obtener información fiable que, a su vez, compartirán con sus wantoks (comunidades). Con respeto, empatía y muchos “¡Dios bendiga a Papúa Nueva Guinea!”, se enfrenta a las personas enojadas y temerosas.

Malau conoce muy bien el panorama y lo que está en juego. Fue director del Consejo Nacional del SIDA de Papúa Nueva Guinea en los años 90, cuando muchos de sus compatriotas no creían en el VIH. Su equipo tuvo que diseñar un mensaje claro y sencillo que resonara en una nación diversa con 800 idiomas y bajo nivel de alfabetización.

Aunque fomenta la vacunación contra el Covid-19, y posó para las cámaras en Port Moresby cuando recibió su primera dosis de la vacuna en mayo, Malau argumenta que las vacunas por sí solas no serán suficientes en Papúa Nueva Guinea. “Si no entendemos nuestro propio entorno, nos veremos arrastrados por la vía de la vacuna únicamente”.

‘No es una cuestión racional’

Coincidiendo con otros especialistas en medicina y ciencias sociales que conocen la situación de Papúa Nueva Guinea, Malau considera que los mensajes y la estrategia de la respuesta nacional a la pandemia han sido un fracaso estrepitoso. La confusión y la desconfianza se extendieron desde los primeros días de los cambios de Australia respecto a la vacuna de AstraZeneca, y que se indicó a los habitantes de Papúa Nueva Guinea que debían recibir incluso cuando se les dijo a los australianos más jóvenes que no era segura. El continuo fracaso en la adaptación de las campañas contra la pandemia a las condiciones locales supuso el riesgo de “un desastre si no lo gestionamos adecuadamente”.

Algunos dicen que ya es un desastre. El profesor Glen Mola, obstetra, ha pasado 50 años en Papúa Nueva Guinea intentando revertir unas tasas de mortalidad materna impresionantemente altas, solo para ver cómo se quintuplican en el hospital general de Port Moresby a medida que el virus ataca a las mujeres embarazadas. La primera víctima solo tenía 18 años, la última 27. “Nunca he tenido que ver morir a la gente porque está demasiado agotada como para respirar”.

La cifra oficial de muertes por la pandemia en Papúa Nueva Guinea es de 546, sin embargo, la falta de datos y de pruebas implica que se desconoce el número real de víctimas. En el hospital de Port Moresby se registraban entre 40 y 50 muertes diarias por Covid-19 a principios de noviembre, cifra que ha disminuido últimamente a aproximadamente 10, no obstante, Mola se pregunta si la gente no acude al hospital “porque la idea es que si vas, te mueres”.

Incluso mientras las familias lamentan el aumento de víctimas en sus publicaciones de Facebook, “con toda la fobia a las vacunas y la gente que provoca este miedo a la vacunación… está empeorando”, comenta Mola. En su casa, por las noches, escucha a los proselitistas antivacunas difundir su mensaje a través de los altavoces de los asentamientos de los alrededores.

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El profesor Glen Mola, a la izquierda, con estudiantes de medicina.

“El miedo a esta vacuna es real”, dice la Dra. Fiona Hukula, antropóloga de la Secretaría del Foro de las Islas del Pacífico con sede en Port Moresby. En Madang, al otro lado del país, el presidente de la Divine Word University, el antropólogo y sacerdote católico Dr. Philip Gibbs, ha mantenido innumerables conversaciones con el personal y los estudiantes para intentar convencerlos de que se vacunen. “Es una cuestión emocional, no racional”, explica. “Me da la impresión de que los estudiantes de aquí le tienen más miedo a la vacuna que a contraer el virus“.

A falta de información clara y estratégica, se disparan los rumores peligrosos. Cuando los casos aumentaron y la localidad montañosa de Goroka sufrió un pico de muertes en octubre, algunos habitantes de alto nivel se formaron para recibir sus primeras dosis de la vacuna. Pero antes de que la inmunidad pudiera hacer efecto, varios se contagiaron de Covid-19 y murieron, explica Mola. “Y entonces culpan a la vacuna de las muertes”.

Las redes sociales sobrealimentaron los temores, pero Hukula argumenta que se agravaron debido a la ausencia de buena información adaptada a la realidad local. “Desde el principio de la pandemia… no tuvimos una estrategia de comunicación clara”.

La importancia de lo conocido

De vuelta a abril de 2020, cuando se registró en Papúa Nueva Guinea el segundo caso confirmado de coronavirus, Hukula, Gibbs y su colega australiana, la Dra. Miranda Forsyth, escribieron una apelación a las autoridades de salud nacionales e internacionales para asegurarse de que reconocieran los contextos locales, sociales y culturales, así como las cuestiones prácticas, como el acceso al agua y al jabón y la viabilidad del distanciamiento social, cuando elaboraran los mensajes sobre la pandemia para la población de Papúa Nueva Guinea.

Advirtieron: “El gobierno y la sociedad en general deben actuar rápidamente para evitar la propagación del miedo, que es un catalizador para la violencia y la agitación social”.

En Papúa Nueva Guinea, “la educación/los mensajes sobre las causas de la enfermedad y la muerte basados únicamente en la ciencia no son suficientes para disipar las dudas sobre la causa fundamental del daño y la razón por la que se produce y afecta a algunas personas y no a otras”. También insistieron en que se tradujera toda la información no solo al Tok Pisin y al Motu, ampliamente hablados, sino también, en la medida de lo posible, a la lengua autóctona de cada región.

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FOTO: Dra. Fiona Hukula: ‘El miedo a esta vacuna es real’. Foto: Robert Weber/The Guardian
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Vista aérea de Port Moresby, Papúa Nueva Guinea. Foto: Robert Weber/The Guardian

Sin embargo, 18 meses después, aparte de un folleto plurilingüe escrito por Mola, y que está presionando a las autoridades para que lo distribuyan, hay pocos indicios de que eso haya ocurrido.

“Escasamente difunden mensajes en Tok Pisin”, señala Paul Barker, director del centro de estudios de Papúa Nueva Guinea, el Instituto de Asuntos Nacionales. “Tienen un ejército de consultores australianos de alto nivel alrededor del centro de Covid-19 [en Port Moresby], pero no saben cómo comunicarse”.

Otros pilares fundamentales de la respuesta también son insuficientes. Los centros de vacunación centralizados en los que la gente espera muchas horas “no son prácticos para la gente, para los ancianos, para las mamás con bebés, para las personas con discapacidad”, señala Hukula.

La gente temerosa desea la garantía de los trabajadores de salud conocidos en sus clínicas locales. “Debieron salir a los mercados, para explicar a la gente con claridad que esta es una vacuna que los va a ayudar”.

The Guardian solicitó el comentario del departamento de salud, pero no recibió respuesta.
Teorías conspirativas y religión.

Las lecciones de las respuestas locales a las epidemias de VIH, tuberculosis y, en 2018, la colosal operación para extinguir un brote de polio potencialmente devastador, que se atribuye al colapso del sistema de salud y a la disminución de los índices de vacunación infantil, se basan en campañas de concienciación que incluyen a figuras de confianza y están dirigidas a los líderes de la comunidad, en el envío de personal de salud y especialistas a las profundidades de las comunidades urbanas y rurales para emplear los programas.

Hukula y sus colegas también extrajeron información y advertencias de sus años de investigación de los ataques contra personas acusadas de brujería y hechicería, que han aumentado en algunas partes de Papúa Nueva Guinea. Existe la creencia persistente de que la magia maligna, y no la enfermedad o la desgracia, es la culpable de una muerte prematura. Esto se ha entrelazado con las creencias cristianas evangélicas y pentecostales. Era inevitable que el coronavirus quedara atrapado en esa red.

“En una sociedad en la que tenemos esas creencias tan firmes, de que las desgracias pueden ocurrir por culpa de lo sobrenatural, esto simplemente se nutre perfectamente de toda esta narrativa [religiosa]”, señala Hukula, refiriéndose a las conspiraciones difundidas de que la vacuna causa infertilidad y muerte.

Datos de la Universidad Johns Hopkins a las 07:02 UTC del 2 de diciembre de 2021

El miedo y la fe dominan las discusiones en Facebook sobre el Covid-19 en Papúa Nueva Guinea, según un informe reciente de ABC International Development, que analizó más de 100 mil publicaciones y comentarios registrados en páginas públicas de noticias populares en los seis meses anteriores al 30 de septiembre.

Recientemente, la conversación gira en torno a las falsas afirmaciones sobre los efectos secundarios debilitantes y a largo plazo de la vacuna. “Ese miedo está impulsando de forma importante la indecisión sobre la vacuna”, comenta el director de la investigación, Vipul Khosla.

Respecto a la fe, un fuerte hilo de publicaciones refleja lo que Barker escucha de sus colegas en su oficina que dicen que no necesitan la vacuna porque “Jesucristo es mi salvador”. No obstante, él y otros expertos advierten que resulta fácil exagerar la influencia de las publicaciones extremistas en las redes sociales.

Un análisis de los comentarios sobre el Covid-19 en una popular página pública de la Provincia Occidental en Facebook, realizado por dos antropólogos de la Universidad de Melbourne con décadas de experiencia en Papúa Nueva Guinea, la Dra. Monica Minnegal y el Dr. Peter Dwyer, descubrió que la gente interactuaba con el material de forma crítica y selectiva. “La mayoría de los participantes no tomaban los temas religiosos ni las teorías conspirativas como fuentes primarias de consuelo o aclaración“.

Señalaron que el foro desempeñó un papel positivo en la emergencia de salud, argumentando que un mejor y más económico acceso a internet para los habitantes de regiones remotas mejoraría la difusión de información crucial y la participación en los programas de salud.

Recientemente, los investigadores se han mostrado preocupados por el tono de las respuestas a las políticas de “sin vacuna, no hay trabajo” y la percepción de los mandatos de vacunación. Dwyer comenta: “Sienten que están agrediendo su autonomía, y están mucho más preocupados por eso [que] por la vacunación”.

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El primer ministro James Marape, en el centro, recibe una dosis de la vacuna anticovid en marzo en un centro de vacunación en el estadio nacional de fútbol en Port Moresby. Foto: Kalolaine Fainu/The Guardian

Se trata de una cuestión cultural, no de “creencias tontas”, dice Minnegal. “Es demasiado fácil decir que las redes sociales están difundiendo desinformación. Se trata de un movimiento social”.

Watson coincide con el argumento de que las redes sociales tienen un potencial útil sin explotar, y señala que incluso los ciudadanos con acceso a internet tienen dificultades para encontrar información creíble. Mientras tanto, confían en ellos para transmitir las noticias a sus familiares y amigos. “La gran mayoría de las personas viven en pueblos rurales donde no reciben periódicos diarios. En muchos lugares ni siquiera tienen señal de radio”.

Uno de los temas del análisis de ABC es “un gran debate sobre el papel que deberían desempeñar las iglesias en la promoción de la aceptación de la vacuna”, comenta el Dr. Prashanth Pillay, coautor del informe. La gente se pregunta si debería participar en el debate sobre el Covid-19. “Existe la idea de que la iglesia es el lugar de las enseñanzas bíblicas, y que no debería desviarse de eso”.

Esta situación ocurre a medida que las iglesias dominantes refuerzan su defensa a favor de las vacunas, con el cardenal católico Sir John Ribat declarando que puso su confianza en Dios y se vacunó. Para algunos esto fue reconfortante, dice Gibbs, pero otros “dicen que las vacunas son una especie de debilidad, porque significa que no confías en que Dios te va a proteger”.

Martyn Namarong, activista político y escritor, ha pasado semanas junto a la cama de su madre en el hospital general de Port Moresby, donde está recibiendo tratamiento para el Covid-19.

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Un trabajador de Port Moresby muestra su estado de vacunación en una insignia. Las vacunas anticovid están disponibles en todas las provincias de Papúa Nueva Guinea, pero su aceptación ha sido escasa. Foto: Robert Weber/The Guardian

Las opiniones cristianas apocalípticas que rodean al Covid-19 no son una novedad, comenta Namarong. Los defensores de las vacunas deben moderar el ruido en lugar de gritar más fuerte. “Cuando se trata de las opiniones religiosas de la gente, no puedes cambiarlas. Es como decirles a los cristianos de Papúa Nueva Guinea que el budismo podría ser una buena idea: eso no va a suceder”.

Los activistas de Covid-19 “tienen que intentar involucrarse más… vernos como seres humanos y amigos, en lugar de opositores sobre un tema concreto”. Y deben reconocer las luchas diarias de la vida en Papúa Nueva Guinea. “La mayoría de la gente vive una existencia muy cíclica. La percepción del tiempo consiste en que te levantas por la mañana, te vas a dormir y al día siguiente te levantas y todo vuelve a ser nuevo. Se trata de la supervivencia”.

Al igual que Malau, Namarong exhorta a considerar en mayor medida las variables que la gente puede controlar: una buena dieta, la calidad del aire. “Para que no te vean solo como ‘vacuna, vacuna’. Te perciben como alguien que aborda un problema de salud pública, en lugar de impulsar la agenda de la vacunación… Cooptemos parte del mensaje de la gente que tiene dudas”.

Namarong comenta que su madre se está recuperando. Pero al describir lo que observa en el hospital, y en la capital, dice: “Da miedo. Esa es la palabra que utilizaría. Podemos ver que el sistema está intentando adaptarse para afrontar la situación, pero está al límite… un repunte y todo se derrumba”.