‘Hasta los renos eran infelices’: la vida dentro de los peores paraísos invernales de Gran Bretaña
No, no, no… el malogrado New Forest Lapland, que terminó con sus propietarios condenados a prisión. Foto: Chris Ison/PA

Nieve de poliestireno, grutas artificiales de madera MDF, atracciones que revuelven el estómago y Santas con rasposas barbas falsas: cuando se acerca la Navidad, es la temporada de los paraísos invernales. En el mejor de los casos, estos mercados navideños y recintos feriales de inmersión Navideña encantan a los visitantes de todas las edades, al mismo tiempo que proporcionan una fuente confiable de ingresos a sus propietarios. El paraíso invernal más grande de Gran Bretaña, situado en Hyde Park, Londres, ha atraído a más de 14 millones de personas desde su inauguración en 2005, con entradas a partir de 5 libras y atracciones que varían entre 5 y 15 libras.

Sin embargo, los visitantes de las atracciones más pequeñas se quejan con frecuencia de producciones mal diseñadas y de organizadores inexpertos. Entre los horrores vacacionales mejor documentados se encuentran la atracción de Laurence Llewelyn-Bowen en Birmingham, que en 2014 se vio obligada a cerrar al cabo de un día tras cientos de quejas por los juguetes baratos y las largas filas de espera, y un New Forest Lapland cuyos propietarios fueron condenados a 13 meses de cárcel por engañar al público en 2008. “Ustedes les dijeron a los consumidores que iluminarían a aquellos que más amaban la Navidad”, les dijo el juez en su resumen. “Ustedes dijeron que atravesarían el túnel mágico de la luz para salir a un paraíso invernal. Lo que realmente proporcionaron fue algo que parecía un tianguis de verano medianamente gestionado”.

Los clientes pueden soportar toda la fuerza de la decepción que vacía la cartera, pero aquellos que trabajan entre bastidores suelen verse afectados por las malas condiciones, la baja moral y los salarios inadecuados o no pagados. Hablamos con personas que han trabajado en los paraísos invernales durante años sobre sus experiencias y los motivos por los que muchos de ellos no volverían a pisar uno. Ya sea por un trauma o por un persistente sentimiento de culpa, casi todos nos pidieron que no utilizáramos sus nombres reales.

‘Solo veíamos miseria’: los elfos

Jack: Me gradué en 2002 y, sin saber qué hacer después, decidí quedarme y buscar trabajo temporal. Me reí mucho cuando me di cuenta de que una agencia estaba aceptando solicitudes para ser uno de los elfos de Santa y me postulé de forma medio seria.

Tras una breve entrevista telefónica, conseguí el trabajo; realmente podría haber sido cualquiera de la calle. El paraíso invernal se encontraba en un enorme centro de conferencias, el cual parecía muy impersonal. Mi trabajo principal consistía en darle la bienvenida a la gente en grupos de 20 a 30 personas, junto con otro elfo. Teníamos que actuar como si estuviéramos en un avión de pasajeros que llevaba a los visitantes a Lapland, con imágenes de nubes proyectadas detrás de nosotros. Le dábamos una explicación a las familias para intentar entusiasmar a los niños y luego fingíamos que la sala estaba en el aire. Todo era bastante vergonzoso y terminaba al cabo de unos minutos con el “aterrizaje” y filas de caras inexpresivas mirándonos.

Lucy: Durante un par de años, cuando era estudiante y necesitaba dinero, trabajé como elfo en un paraíso invernal en un centro comercial. Era horrible: nos empleaban básicamente para asegurar que la gente no se saltara la fila o intentara colarse gratis. Se supone que la Navidad es una época de felicidad, pero solo veíamos miseria: padres agotados, niños locos y mal humor por todas partes. Teníamos que aguantar de todo, desde gritos hasta burlas, incluso una vez le tiraron una bebida a un compañero.

Sin embargo, los Santas lo pasaban muy bien: les pagaban más que a nosotros para que aguantaran unos minutos lidiando con niños emocionados, antes de que los condujéramos de nuevo a la salida para que desenvolvieran sus decepcionantes regalos. Todo el asunto era desolador.

FOTO: El paraíso invernal New Forest Lapland. Foto: PA Images/Alamy

Jack: A veces también era chaperón de los niños que iban a ver a Santa. Pero había tantos niños que teníamos 10 Santas diferentes en fila; si alguno de ellos seguía pensando que Santa era real, esto se encargaba de que se desmoronara la fantasía. Toda la experiencia era como estar en una fábrica de salchichas, con una campana que sonaba cada tres minutos para hacer pasar a un nuevo grupo. Era tan desalentador y falso que me horrorizaba pensar en lo que gastaban las familias con cuatro o cinco hijos. Al cabo de unas semanas me di cuenta de que no podía seguir formando parte de eso y renuncié. Nunca duré hasta Navidad.

‘Los niños ya estaban llorando’: los Santas

Matt: Si eres un hombre de cierta talla y no te resistes a disfrazarte, el trabajo de Santa es un buen dinero cada año. Llevo más de una década trabajando como Santa y disfruto mucho lo que hago; por lo general, los niños se emocionan mucho y los padres se ganan un poco de benevolencia. Pero a veces tienes un trabajo de pesadilla y te hace cuestionar tus decisiones de vida.

Hace unos años, me contrató un gran paraíso invernal en las afueras de Londres. Eran un par de semanas de trabajo sólido y, aunque era un proyecto nuevo, parecía demasiado bueno como para dejarlo pasar. En cuanto llegué, las cosas empezaron a salir mal. Había unas cuantas atracciones y una carpa con una silla en un rincón para que me sentara y viera a los niños, rodeados de unos cuantos renos que parecían infelices. Las familias comenzaron a llegar en masa y no había suficiente personal para controlar el caos: los elfos tenían problemas para mantener a los grupos en fila, mientras los padres se alejaban en busca de encargados a los cuales gritarles.

Era un ambiente tan tenso que muchos de los niños ya se acercaban a mí llorando y no había forma de mejorar la situación para ellos: la ilusión estaba arruinada. Después de ese primer día, la persona que dirigía el proyecto desapareció. Nunca regresé. Creo que el recinto no duró ni una semana y nunca me pagaron.

Tony: Mi empresa fue contratada para instalar una carpa para un paraíso invernal en Great Yorkshire Showground, en Harrogate, en 2014. Era un proyecto miserable: solo la mitad de un recinto ferial con algunos renos. Era muy feo. Inmediatamente, la gente comenzó a quejarse de que los habían estafado y, después de dos días, lo cerraron para una “renovación”.

No creímos que volvería a abrir, así que regresamos para quitar la carpa y, de repente, las puertas contra incendios de la gruta artificial se abrieron de golpe y Santa Claus salió con sus mejores galas, arrancándose la barba blanca y gritando: “¡Al diablo, no voy a aceptar más de ustedes! ¡Me largo!

Fue muy divertido y surrealista. No creo que el organizador fuera un ladrón, simplemente estaba totalmente fuera de su capacidad. Muchos de estos eventos no son más que recintos feriales con un poco de luces en las máquinas, pero se necesita un gran esfuerzo para organizar algo bonito. Poner un poco de escarcha navideña en tus carros chocones no es realmente suficiente.

‘Nunca llegué a ponerme mis patines’: la artista

Katie: Solía ser una patinadora artística muy buena y el grupo con el que entrenaba solía ser contratado para realizar presentaciones navideñas. Normalmente hacíamos una serie de presentaciones temáticas en los paraísos invernales completamente disfrazados, lo que nos proporcionaba una buena cantidad de dinero para la temporada navideña. Sin embargo, solían ser presentaciones bastante deprimentes, en las que actuábamos en carpas semivacías sobre hielo falso y en las que con frecuencia podíamos ver a los miembros del público irse.

Un año, teníamos programada una serie de presentaciones en un paraíso invernal en el norte; ya teníamos reservado el transporte y el alojamiento y nos dirigimos al lugar. Cuando llegamos, no había nadie en el lugar, solo había una carpa en un campo. Llamamos a los organizadores, pero nunca nos contestaron y no estábamos seguros de si nos habíamos equivocado de fecha o de lugar. No fue hasta que buscamos en Facebook que vimos todos los comentarios de ira de los clientes diciendo que lo habían cancelado sin previo aviso. Ni siquiera se molestaron en avisarnos, así que nos regresamos directo a casa sin siquiera ponernos los patines.

‘Me pasé el día escondiéndome’: la trabajadora de la mansión señorial

Sarah: Hace cinco años no tenía trabajo y decidí realizar un trabajo temporal antes de encontrar algo más permanente. Así fue como terminé trabajando en una casa histórica gestionada en gran parte por voluntarios que tenían un apego muy extraño al lugar. Lo trataban como si fuera suya la administración y, en consecuencia, odiaban al gerente, cuyo trabajo era realmente cuidarla.

Un año, un organizador de eventos convenció al gerente para que instalara un paraíso invernal. El problema era que se trata de una propiedad centenaria y, por tanto, no puede albergar recintos feriales ni atracciones. Sin embargo, la persona que organizó el evento omitió mencionarlo a los clientes, quienes inevitablemente se mostraron enojados y decepcionados. Lo único que había eran dulces y algunas personas disfrazadas, supuestamente de personajes de Frozen, pero los disfraces eran tan baratos que no se podía saber quiénes eran. Además, los voluntarios no dejaban de incitar a los clientes a quejarse para que el gerente tuviera problemas.

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Foto: Jetra Tull/Alamy

Siempre habían existido rumores de que el lugar estaba embrujado y me pasé ese día escondiéndome de los visitantes enojados con un viejo voluntario que iba disfrazado de Santa Claus. Él solía decir que los espíritus de la casa hablaban a través de él y cuando fui a cerrar en la noche cuando ya todos se habían ido, podría jurar que los topes de las puertas se movían en la oscuridad. No duré mucho después de eso: los voluntarios también celebraban sesiones de espiritismo a escondidas y eso me ponía los pelos de punta.

‘Es peor que algunas discotecas’: el portero

Dan: Llevo años trabajando en el área de seguridad de todo tipo de eventos y pocas cosas se pueden comparar con la experiencia de estar en un paraíso invernal con permiso de alcohol. La combinación de fiestas navideñas, pintas de cerveza y atracciones suele significar que habrá peleas, así como gente que vomitará y tendrá que ser llevada a casa. Una vez vi a un grupo de padres pelearse porque pensaban que uno de los niños se metió adelante de los demás en una fila. Es ridículo, peor que algunas discotecas. Solo me gustaría que la gente tuviera un poco más de autocontrol.

‘Jamás otra vez’: el organizador

Rob: He organizado muchos eventos con éxito a lo largo de mi carrera, pero ninguno fue más difícil, o salió peor, que el paraíso invernal que acepté organizar con un examigo mío hace unos años.

Tenía un acuerdo para instalar una feria con una gruta artificial y todos los adornos durante un par de semanas y me llamó para que le ayudara como socio de negocios. No tengo muchos contactos en esa zona, así que hice algunas llamadas y, desde el principio, fue un desastre completo. Muchos de los contratistas con los que habíamos acordado trabajar cancelaban a última hora porque tenían mejores ofertas, o se presentaban y hacían un trabajo mediocre.

Mientras tanto, las entradas se vendían muy bien.

Era evidente que no íbamos a estar listos para la inauguración en la fecha anunciada, pero la avaricia se apoderó de mi compañero y dejó que la gente llegara, lo que inevitablemente trajo consigo una avalancha de quejas. No tuvimos más alternativa que cerrar unos días más tarde porque los periódicos locales empezaron a publicar la noticia y todo el mundo pedía que se le devolviera el dinero. No hace falta decir que eso arruinó nuestra amistad y que no ganamos nada de dinero. Nunca jamás volveré a hacer un evento así.

Se cambiaron algunos nombres.