¿Se acabaron los refritos de Hollywood?
De regreso a los viejos tiempos… West Side Story (2021) de Steven Spielberg. Foto: 20th Century Fox/Allstar

Hasta ahora, West Side Story, de Steven Spielberg, no ha conseguido que el público dé vueltas y chasquee los dedos hasta llegar a los cines. Existen muchas razones que explican esta situación, la principal está relacionada con una pandemia mundial. Pero una de las explicaciones que se sigue ofreciendo es que los espectadores simplemente están hartos de los remakes, y no es del todo errónea.

Hollywood sigue sin dudar en recuperar sus franquicias clásicas, por supuesto. Pero, como demuestran los inminentes regresos de Matrix, Scream, Top Gun, Indiana Jones, Abracadabra y Legalmente rubia, la práctica de moda para explotar una propiedad intelectual respetable es contratar a tantos miembros del reparto original como sea posible y continuar la historia desde el punto en que se quedó. Las secuelas están de moda; los remakes, no.

Los remakes, para que no lo olvidemos, alguna vez fueron fundamentales en el panorama cinematográfico, difícilmente más destacables o desprestigiados que una nueva producción teatral de una vieja obra. Cuando se estrenó El halcón maltés en 1940, se trataba de la tercera adaptación del mismo libro en una década. Una Eva y dos Adanes, extraída de una farsa alemana de 1951, que a su vez fue extraída de una francesa de 1935. ¿El clásico de Hitchcock de 1956 The man who knew too much? Una estafa completa del clásico de Hitchcock de 1934, En manos del destino.

Sin embargo, es fácil entender por qué los remakes adquirieron tan mala reputación, sobre todo si nos trasladamos a principios de la década de 2000, alias la época antes de que todas las películas convencionales fueran éxitos de taquilla de superhéroes. Fue una época en la que parecía que los estudios aprobaban un remake cada semana. Un viernes de locos, La estafa maestra, La gran estafa, El quinteto de la muerte, King Kong… son títulos que evocan décadas anteriores. El vengador del futuro y Furia de Titanes también salieron como remakes a principios del siglo XXI. Todo aquel que se queje de la falta de ideas en Hollywood no tiene que buscar mucho para encontrar ejemplos.

La tendencia fue especialmente notoria en el mundo del terror. En los años 00, los estudios explotaron sus grandes títulos de cine de terror volviendo a contar las historias desde el principio. Y así, una tras otra, tuvimos reboots de La matanza de Texas, El amanecer de los muertos, La niebla, Halloween, Viernes 13 y Pesadilla en la calle del infierno, por no hablar de los remakes en inglés de éxitos del terror japonés como El Aro, La Maldición y Agua Turbia.

Desde entonces, algo cambió. A pesar de tener un título que retoma lo básico, Halloween estrenada en 2018 fue más bien una secuela y no un remake: los cineastas se empeñaron en asegurarles a los espectadores que verían a los mismos Michael Myers y Laurie Strode que se atacaron 40 años atrás. Algo parecido ocurre con Candyman, de Nia DaCosta, que se estrenó este año, y con La matanza de Texas, de David Blue García, que se estrenará el próximo año. Por su parte, el director de Halloween 2018, David Gordon Green, al parecer está trabajando en una nueva versión de El Exorcista. Anunciada inicialmente como un remake, ahora la anuncian como una “secuela directa”.

En este caso, la tecnología puede resultar significativa: es difícil vender un remake cuando se puede ver la versión original, muchas veces superior, de la misma trama con solo apretar un botón. No obstante, lo más importante es que la industria ha entendido que lo que cuenta no es la propiedad intelectual, sino la propiedad emocional. A los fanáticos de hoy en día, ferozmente posesivos, les molesta cualquier sugerencia de que sus películas favoritas puedan quedar obsoletas, así que si uno se quiere ganar sus corazones y mentes, tiene que tener el debido respeto por las películas en cuestión. Pensemos en la buena recepción que tuvo Ghostbusters: el legado en comparación con los Cazafantasmas de Paul Feig en 2016. Es verdad que la bilis de las redes sociales arrojada sobre la versión completamente femenina de Feig estuvo salpicada de misoginia, sin embargo, Feig no ayudó a la situación al escribir los personajes de las películas de los años 80 como si fueran suyos. Ghostbusters: el legado es menos fiel al espíritu de la anárquica original de Ivan Reitman de lo que lo fue Cazafantasmas de 2016, pero como presenta a Venkman y al grupo, los fanáticos no se pusieron en contra.

¿Se acabaron los refritos de Hollywood? - ghostbusters
¿A quién vas a llamar?… Ghostbusters: el legado. Foto: Columbia Pictures/Kimberly French/Allstar

También se puede detectar la influencia de Marvel y Star Wars en todo este asunto. Estas dos franquicias, propiedad de Disney, han demostrado que intentar resetear un universo ficticio es una tontería. Los fanáticos pagan por las conexiones entre las películas tanto como por las mismas películas. Incluso Mi pobre y dulce angelito incluye un personaje de Mi pobre angelito de 1990, por lo que se trata oficialmente de una secuela y no de un remake.

No es que los remakes hayan desaparecido por completo. Sin embargo, en este momento, un remake tiene menos probabilidades de ser una obra comercial de poco valor de un estudio que una declaración artística de un autor prestigioso: Suspiria: el maligno, de Luca Guadagnino, Duna, de Denis Villeneuve, West Side Story, de Spielberg, y El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley), de Guillermo del Toro, son ejemplos en los que la visión personal del nuevo director es el principal factor de venta.

Por lo demás, el remake ha pasado de la gran pantalla a la pequeña. Se están produciendo series de televisión de Jack Reacher, de Lee Child, y de One Day, de David Nicholls, y nadie se queja de que puedan arruinar sus recuerdos de las respectivas versiones cinematográficas. A lo mejor una miniserie de Netflix de West Side Story habría sido la mejor opción.