Me quedé huérfana en Navidad y me salvaron unos amables desconocidos
Celeste Hicks con el académico Alan Wilson en Londres: 'Él nos salvó a mí y a mi hermana'. Foto: Mark Chilvers/The Guardian

En la Nochebuena de 1996, salí a beber, llegué a casa a la 1 de la madrugada y encontré a mi padre, Bill, dormido. Era algo inusual, normalmente estaba despierto a esa hora, preocupado por el dinero. Mi hermana, Felicia, me dijo que no se sentía bien. Estaba enfermo de neumonía. Más tarde, le escuché toser, así que fui a verlo. Estaba tosiendo sangre. Llamé a una ambulancia, que lo llevó al hospital a las 4 de la mañana del día de Navidad.

Felicia, mamá y yo pensamos: bueno, papá está en el hospital con neumonía, pero celebremos Navidad, se pondrá bien. Mamá comenzó a pelar las papas y a poner el pavo en el horno. Entonces nos enteramos de que, debido a la escasez de camas en cuidados intensivos, papá fue trasladado de Darlington, Inglaterra, –donde vivíamos– al hospital Bishop Auckland, a 16 kilómetros de distancia. Apagamos el horno. Nuestro vecino nos llevó al hospital. Nos quedamos ahí todo el día, sentadas en la sala de espera y junto a su cama.

Papá murió el día de Navidad. Pero entonces, solo unos días después, descubrimos que mamá se contagió de neumonía a causa de la enfermedad de papá. Murió el 30 de diciembre; ella tenía 50 años y papá 52.

La hermana gemela de mi mamá vino con nuestros primos a vernos. Vino nuestro médico familiar, así como un profesor de la escuela de mi hermana. También vinieron los vecinos. Fue surrealista. Es abrumador enfrentarse a la conmoción de los demás cuando uno mismo está en duelo.

Comenzaron las discusiones legales sobre el testamento. Cuando se concedió, descubrimos que papá debía todo ese dinero, pero no sabíamos por qué. Cinco años atrás, papá perdió su trabajo como vendedor de seguros a domicilio y nunca volvió a tener un trabajo asalariado. Sus acreedores querían el dinero de la venta de nuestra casa.

Yo era estudiante de primer año de comunicación en la Universidad de Leeds, a aproximadamente 96 kilómetros de distancia. No estaba segura de quién podría cuidar a Felicia, que en ese entonces tenía 16 años. Los vecinos y el médico familiar nos traían comida, nos cuidaban y limpiaban, pero tenían sus propias familias. Después, la prensa publicó nuestra historia y nos llamaron “las huérfanas de Navidad“.

Cuando regresé a la universidad, todo era confuso. Durante todo ese tiempo, estuve en un estado en el que pensaba que las cosas no se podían volver más extrañas. Un día, el director de mi carrera me pidió que me reuniera con el vicerrector, Alan Wilson, en su oficina. Había visto los artículos sobre Felicia y yo, y quería ayudar. Inmediatamente me hizo sentir que todo iba a estar bien.

Supuse que tendría que dejar mis estudios y vender la casa, pero Alan dijo que eso no iba a suceder. Creó un fideicomiso (junto con otras tres personas) y consiguió donaciones para comprar nuestra casa a nombre del fideicomiso. Felicia me dijo que regresara a la universidad, pero yo me preocupaba por ella. Al final, consiguieron que tomara algunas clases por video, y solo me ausentaba un par de días a la semana; el novio de Felicia y sus padres pasaban tiempo con ella. En Darlington todo el mundo se conoce, así que los adultos nos cuidaban discretamente.

En retrospectiva, me doy cuenta de que la experiencia me afectó profundamente. Después de la universidad, me dediqué a viajar a lo loco, y no quería quedarme en un solo lugar, ni en una sola relación. La casa se vendió cuando tenía 24 años, y lo que quedó se dividió entre Felicia y yo. Yo quería aventuras, razón por la cual terminé escribiendo sobre la región del Sahel en África y convirtiéndome en analista del Ministerio de Relaciones Exteriores para África occidental.

Ahora que tengo hijos, puedo comprender lo impactante que fue todo, especialmente para Felicia. Me ha hecho bastante resiliente, capaz de reírme de casi todo, y muy consciente de que solo tenemos una vida, y que debemos aprovecharla al máximo. Felicia y yo somos muy unidas y nos reunimos cada Navidad; casi siempre bebemos y comemos queso. Durante los primeros años, solíamos hablar mucho de nuestros padres y era difícil, pero ya ha pasado mucho tiempo.

Sigo en comunicación con Alan. Algunas veces tuve que perseguirlo, ya que es un hombre muy exitoso, pero no puedes dejar ir de tu vida a alguien que ha hecho eso por ti. Él nos salvó. Recordando, le diría a mi yo de 19 años que todo estaría bien. También le diría a Alan que no se preocupara por nosotras; afortunadamente pudo dejar de hacerlo hace años.

Contado a Anna Derrig.