Recuperada después de décadas: una pintura supuestamente ‘comprada’ por los nazis
Detalle del Retrato de una dama como Pomona, de Nicolas de Largillière, que finalmente fue devuelto a la familia Strauss.

Una detective aficionada que investigaba su propio misterio familiar descubrió nuevas pruebas de que los nazis organizaron subastas falsas y falsos documentos para disimular los robos de obras de arte y posesiones valiosas que cometieron.

La investigación de la escritora francesa Pauline Baer de Perignon reveló el destino de una colección de arte desaparecida que incluía obras de Monet, Renoir y Degas, y también expuso la renuencia de los principales museos europeos de aceptar la evidencia del engaño.
Baer se vio impulsada a investigar el pasado cuando se encontró con un primo inglés que le dijo que creía que le habían “robado” a la familia.

“Todo esto cambió mi vida”, dijo Baer este fin de semana. “Tuve que revisar una historia familiar olvidada desde hace mucho tiempo, así como los secretos ocultos de la Gestapo. Y también tuve que enfrentarme a la verdad sobre las pinturas que tienen las galerías como el Louvre y el museo estatal de Dresde. Era muy ingenua cuando comencé”.

Los tres años de investigación de Baer no solo han conducido a una mejor comprensión del modo en que se robaron sistemáticamente importantes obras de arte después de que Alemania invadiera Francia, sino que culminarán a finales de este mes con la venta de alto nivel de una pintura recuperada en Sotheby’s de Nueva York.

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Jules Strauss, bisabuelo de Pauline Baer de Perignon, que tenía la pintura en su casa en París. Foto: Alamy

Retrato de una dama como Pomona, del venerado artista francés del siglo XVIII Nicolas de Largillière, perteneció en su momento a su bisabuelo, el coleccionista parisino Jules Strauss, y no fue devuelto a sus descendientes hasta el año pasado. Ahora se prevé que sea vendido por entre 1 millón y 1.5 millones de dólares. “Podría haberle pedido a mi padre que me contara sobre Jules Strauss, pero nunca lo hice”, explicó Baer. “Mi padre murió cuando yo tenía 20 años, antes de que me atreviera a preguntarle sobre la guerra, sobre sus padres y abuelos, sobre sus emociones y sus recuerdos”.

La curiosidad de Baer despertó cuando se encontró con su primo Andrew Strauss en un concierto en París hace ocho años. Los dos no se habían visto desde que ella era adolescente, pero él le comentó que trabajaba en Sotheby’s y que creía que la aparente venta de la colección Strauss a principios de los años 40 fue “turbia”. Le mencionó a su prima, desconcertada, la participación de empresas fantasmas, oficiales nazis e inventarios de museos. “Las palabras de Andrew hicieron que mi mente cayera en el abismo”, dijo Baer.

Armada con una nota garabateada en la que aparecían los nombres de artistas famosos, Baer comenzó a reconstruir el pasado perdido. Ahora estaba tan interesada en saber qué ocurrió con sus familiares lejanos, así como en el destino de las obras de arte desaparecidas. Un libro sobre su labor, The Vanished Collection, ya causó furor en Francia, donde fue publicado el año pasado y donde los críticos lo compararon con una convincente novela de suspenso. Un crítico de Elle dijo que era tan “devorable como un thriller”, mientras que otras personas compararon la historia de la familia con las que vivieron otras famosas familias judías cuyo arte fue saqueado durante la guerra, como los Camondo, los Rothschild y los Ephrussis.

Al comienzo de las investigaciones de Baer, lo único que tenía era una fotografía de Strauss, su ilustre bisabuelo, y otra de los muchos retratos que colgaban de las paredes de su antigua casa en la avenida Foch en París. Sabía que el departamento había desaparecido, pero que había un pariente mayor que estaba vivo y que conocía de primera mano lo que había ocurrido.

Indagó en los archivos de los grandes museos y planteó preguntas difíciles al Ministerio de Cultura francés. Se sorprendió al descubrir el modo en que los robos fueron encubiertos, aunque su traductora de inglés, Natasha Lehrer, cree que la parte más impactante del libro consiste en cómo las instituciones artísticas modernas dieron largas y, en el peor de los casos, evitaron las dudas sobre la propiedad de importantes pinturas.

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Tropas estadounidenses recuperando obras de arte robadas en el castillo de Neuschwanstein, Alemania, en 1945. Foto: Bettmann/Bettmann Archive

“El problema con el que se encontró Pauline fue la aparente falta de voluntad de los responsables de varios grandes museos estatales para admitir que tenían obras de arte robadas hasta hace muy poco tiempo”, explicó Lehrer. “Y ello a pesar de que las familias y los coleccionistas con frecuencia contaban con toda la información de procedencia disponible para ser identificados como los legítimos propietarios. Ha existido una notoria renuencia a devolver las obras de arte”. El próximo mes se publicará la versión en inglés del libro de Baer a cargo de Head of Zeus.

Baer localizó el retrato de Largillière hasta las colecciones estatales de arte de Dresde y encontró pruebas de archivos que demostraban que Strauss se vio obligado a venderla. Al parecer, adquirieron la obra maestra en 1941 para el Reichsbank de Berlín y posteriormente la transfirieron al Ministerio de Hacienda, antes de pasar a Dresde en 1959. Baer encontró las palabras “Colección Jules Strauss” junto al listado de Largillière en la Fundación Alemana dem Arte Perdido, pero en ese momento le dijeron que el director del museo de Dresde no estaba dispuesto a devolverla. Le preguntaron si en un principio Strauss estuvo dispuesto a venderla, a pesar de la evidencia de las leyes que impedían que los judíos lucraran con este tipo de acuerdos.

“Cuanto más continuaba mi investigación, mejor comprendía la improbabilidad de que Jules hubiera podido evitar que su colección fuera confiscada por los nazis”, comentó Baer. “Incluso antes de la invasión de Francia, los alemanes ya habían compilado una lista de grandes colecciones francesas”.

La colección estatal de arte de Dresde expresó desde entonces: “La investigación de este complejo caso ha sido tan amplia y exhaustiva como es necesario para garantizar que se devuelva una obra de arte a su legítimo propietario”. La venta del retrato en Nueva York este mes permitirá que los 20 herederos de Strauss participen en su valor.

La obra, pintada entre 1710 y 1714, cuando Largillière estaba en la cúspide de sus facultades, se cree que es el retrato de Marie Madeleine de La Vieuville, marquesa de Parabère, amante de Felipe II, duque de Orleans. Se le representa como Pomona, la diosa romana de la fruta y la abundancia.

Strauss, banquero nacido en Fráncfort, formó una extraordinaria colección de arte, que abarcaba desde las antigüedades hasta los impresionistas, durante su estancia en París. Ahora se sabe que gran parte de ella fue robada o vendida forzosamente por los nazis.