‘En nuestra adolescencia, soñábamos con lograr la paz entre israelíes y palestinos. Luego le dispararon a mi amigo’
Tropas israelíes corren mientras se producen enfrentamientos frente al recinto de la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén, septiembre de 2000. Foto: Awad Awad/AFP/Getty Images

El 11 de mayo de 2021, estaba sentado con un pequeño grupo en un café en el sur de Tel Aviv, estudiando árabe. Nuestro profesor, un ciudadano palestino de Israel, nos estaba contando que los arrendadores no dejaban de rechazarlos a él y a su esposa judía embarazada porque no querían alquilar su propiedad a una pareja “mixta”. Ya casi terminábamos nuestra clase de tres horas cuando sonaron las sirenas de los ataques aéreos. Unos días antes habían lanzado misiles desde Gaza hacia Israel, pero era la primera vez que caían en Tel Aviv. Más allá del miedo a un ataque aéreo, tuve una sensación de tristeza y pesadez. Acababa de regresar a vivir a Israel después de 15 años estudiando y trabajando en el extranjero. Recordaba una época, a mediados de los años 90, en la que creía que Israel iba a ser diferente, más justo y menos violento. Esa creencia ahora me parecía un recuerdo lejano.

Mi fe en el futuro de Israel estaba inspirada en una experiencia que compartí cuando fui adolescente con un grupo de personas extraordinarias. Mientras esperábamos a que cesaran los lanzamientos de los misiles, recordé con vívido detalle a una de esas personas, de la que apenas he podido hablar en mi país durante más de 20 años. Su nombre era Aseel Aslih.

Cuando conocí a Aseel, en 1997, él tenía 14 años, era un ciudadano palestino de Israel procedente de Arraba, en Galilea, y yo tenía 13 años, un judío de la ciudad mediterránea de Ashdod (anteriormente el pueblo palestino de Isdud). Fuimos elegidos como delegados israelíes para un campamento de verano en Estados Unidos para adolescentes de zonas en conflicto. Unos meses antes del campamento, ambos asistimos a un seminario introductorio para la delegación israelí. No nos hicimos amigos inmediatamente. Yo era delgado, usaba overoles de mezclilla y me juntaba principalmente con las chicas. Aseel era ligeramente más alto que yo, físicamente más grande y ya tenía vello facial. Me sentía incómodo con los chicos, no sabía si iban a hacer comentarios sobre mi forma de hablar, que en aquel entonces me parecía demasiado femenina. Pero Aseel me cayó bien. Su presencia era atrayente. Tenía la costumbre de inclinar su cabeza ligeramente hacia un lado y de levantar sus mejillas cuando sonreía. Al platicar, bajaba la voz y entrecerraba los ojos, exigiendo atención.
Nuestra delegación en el campamento de verano, que se llamaba Seeds of Peace, fue seleccionada por el Ministerio de Educación israelí, el cual buscaba personas con habilidades de liderazgo y buen nivel de inglés.

Aunque el conocimiento de una lengua extranjera suele ser producto de un privilegio, ni Aseel ni yo procedíamos de familias ricas. Mi padre era taxista y mi madre trabajaba para la Autoridad Portuaria; el padre de Aseel tenía un pequeño negocio y su madre era orientadora educativa. Nuestra facilidad para los idiomas y el don de la curiosidad nos convirtieron en buenos candidatos.

Seeds of Peace fue fundada por dos estadounidenses, John Wallach y Bobbie Gottschalk, en 1993, el año en que el gobierno israelí y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) firmaron los acuerdos de paz de Oslo. El objetivo de Seeds of Peace era crear relaciones entre los miembros jóvenes de las comunidades en conflicto y sentar las bases para un futuro entendimiento. Situado en una zona rural de Maine, el campamento de verano ofrecía actividades tradicionales como deportes, proyectos artísticos y concursos de talento; también facilitaba sesiones de diálogo en grupo, en las que los campistas de las distintas delegaciones hablaban sobre sus esperanzas, temores y traumas con chicos de países enemigos.

El año en que Aseel y yo asistimos al campamento por primera vez, en 1997, había 120 campistas que procedían de Israel, Palestina, Jordania, Egipto, Túnez, Marruecos y Qatar, así como de Estados Unidos. El campamento estaba financiado por un conjunto de asociaciones empresariales, donaciones individuales y subvenciones federales. Eran los años 90: la Guerra Fría había terminado oficialmente y Estados Unidos era el líder mundial, presentándose a Medio Oriente como un mensajero de esperanza. Éramos jóvenes y nos lo creíamos. Que te suban a un avión para ir a un campamento de verano, ¿qué podría ser más emocionante?

Cuando llegamos, los supervisores nos abrazaron al bajar del autobús. El campamento se sentía seguro, cálido y acogedor. Las literas, que estaban muy juntas, nos ponían al alcance de nuestras manos, y las salas de reunión situadas entre los pinos nos invitaban a conversar. Incluso el lago se llamaba Pleasant. Sin embargo, el conflicto surgió el segundo día, cuando cada una de las delegaciones se paró frente a su bandera y cantó su himno nacional. Aseel y un ciudadano palestino de Israel se negaron a cantar el himno israelí. Como le contó Aseel a un amigo, no se podía sentir identificado con un himno que empezaba con la frase: “Mientras en el interior del corazón, el alma judía ansíe… nuestra esperanza aún no está perdida”. Me sorprendió la audacia de Aseel. Puesto que era queer, siempre intentaba no llamar la atención sobre los aspectos en los que era diferente. Y aquí estaba este chico de mi delegación, solo un año mayor que yo, que actuaba según lo que sentía, que se apartaba de la manada. No sin celos, comencé a admirarlo.

No todo lo que hacía Aseel era iconoclasta; también tenía un lado divertido y tonto. En nuestro primer verano juntos, coescribió una canción cuyo coro era: “No hay comida, no hay comida, no hay comida, no hay comida, no hay comida, odio esperar en el comedor”. Aseel cantó esta composición con sus coautores en el concurso de talentos del campamento, y derrochó confianza. Había algo en el campamento que hacía brillar a nuestro joven grupo. Estar en Seeds of Peace se sentía como formar parte de la historia. Wallach nos decía todos los días que éramos los futuros líderes de nuestros pueblos. Creo que Aseel y yo compartíamos la embriagadora emoción de vernos como agentes de cambio.

De hecho, Aseel ya estaba provocando un cambio. Su negativa a cantar el himno israelí no fue más que la primera de una serie de acciones que desafiaron las expectativas de los líderes de la delegación israelí. Cada grupo incluía de tres a cinco funcionarios del gobierno que acompañaban a los jóvenes. Los funcionarios se aseguraron de que los estudiantes conocieran bien la versión oficial de los acontecimientos históricos. Los líderes de la delegación israelí tenían respuestas partidistas sobre la guerra de 1948, los refugiados palestinos y los asentamientos. Pero Aseel conocía la historia palestina e insistía en contarla.

Después de nuestro primer verano en el campamento, un funcionario del Ministerio de Educación le informó a Seeds of Peace que Aseel no tendría permitido regresar al campamento con la delegación israelí. Por ello, Seeds of Peace lo invitó en 1998 a participar como su propia delegación. Aseel Aslih, una delegación de una sola persona. Como judío cuya familia procedía de Argelia y Marruecos, tenía una idea de lo difícil que era tener una identidad árabe en la sociedad israelí. Mi abuela Hajila usaba su nombre francés, Alice, mientras que mi padre, Anjel Makhluf, usaba el nombre judío Mordechai. Era más fácil así. Aseel me enseñó, y a toda la delegación israelí, que era posible defender tu identidad.

Ese año, logré vislumbrar las conexiones que podían existir entre palestinos e israelíes. Nuestras relaciones siempre serían complicadas, pero descubrimos que teníamos mucho en común, y que teníamos mucho que decir. Cuando la tragedia afectó esas amistades, no hubo ninguna manera de hablar de ello. Durante largos años de mi vida, las animadas y esperanzadoras interacciones de aquellos años de adolescencia fueron superadas por el silencio.


Durante los años siguientes, Aseel y yo regresábamos al campamento cada verano. Nos convertimos en miembros de un grupo de jóvenes líderes dentro de la organización. Estaba Tareq, de la delegación jordana, cuya familia era de refugiados palestinos. Aseel y yo admirábamos a Tareq, que era un par de años mayor que nosotros y que ya era muy sofisticado. También estaba Alia, de la delegación palestina, una amiga con la que podía bromear durante horas.

Cuando terminó el verano de 1997, regresamos a Medio Oriente. Un triple atentado suicida en el paseo marítimo Ben Yehuda de Jerusalén acababa de matar a cuatro personas. Israel estaba tenso. En el marco de los acuerdos de paz de Oslo, Israel se había retirado de Jericó, Gaza y la mayor parte de Hebrón. Para algunos israelíes, estas retiradas representaban una traición a los intereses de seguridad del país; para otros, la traición a un pacto bíblico con Dios. Los ideólogos religiosos y de la derecha realizaron protestas masivas contra los acuerdos de Oslo. El primer ministro laborista Yitzhak Rabin, que firmó los acuerdos de Oslo, respondió a los disturbios civiles y a la violencia limitando gravemente la circulación de los palestinos desde Cisjordania y Gaza hacia Israel. Esta política de restricción de libertad de movimiento, que se aplicó durante los años 90, introdujo nuevas capas de permisos y barreras físicas. Como hijos de los años 80, mi generación de israelíes y palestinos crecieron en ciudades mayoritariamente segregadas; los años 90 hicieron que la interacción entre nuestras comunidades fuera incluso más difícil. Vivir en una ciudad judía y tener amigos palestinos recién logrados era algo muy inusual.

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Aseel Aslih en un campamento de Seeds of Peace en la década de 1990. Foto: Bobbie Gottschalk

Regresar a casa fue un reto especial para una chica palestina de 15 años de nuestra delegación israelí de 1997, quien envió a la revista Seeds of Peace una carta titulada Atrapada entre mundos, en la que escribió: “como una palestina que vive en Israel… me parece interesante pero también difícil tener (estos) dos lados diferentes de mí misma. ¿Pueden convivir estos dos mundos? ¿Soy rara?”. Aseel, también ciudadano palestino de Israel, respondió con su propia carta abierta: “No estoy de acuerdo en que estás atrapada… No tenemos que estar atrapados; podemos liderar estos dos mundos”. Incluso en los confusos ambientes domésticos a los que regresamos, Aseel estaba dispuesto a mostrarnos el camino.

Aunque admiraba su valor, en ocasiones me sorprendía lo que Aseel se atrevía a decir o hacer en público. En 1999, Seeds of Peace abrió un centro en Jerusalén, y le pidieron a Aseel que fuera el presentador. Ante cientos de personas, Aseel representó una escena en la que se “dio cuenta” de que no llevaba la playera verde característica de Seeds of Peace y se quitó la ropa, solo para revelar la playera verde y un par de shorts debajo de su ropa. Aseel medía 1.80 metros y era atlético, y su cabello ya empezaba a retroceder; parecía más un hombre que un niño. Pero no le daba miedo hacer el ridículo. Yo me encogía de vergüenza entre el público por lo que, en retrospectiva, fue un espectáculo divertidísimo. Seeds of Peace ya tenía un lugar en Jerusalén, el Center for Coexistence, donde los palestinos e israelíes se podían reunir libremente, y Aseel fue la estrella de su noche de inauguración.

El personal regional de Seeds of Peace organizó actividades fuera de Jerusalén. Para que los adolescentes pudieran desplazarse, el personal estadounidense contrató a un chófer: Sami Al Jundi, oriundo de Jerusalén, que dominaba las lenguas, la cultura, las personas y las carreteras de la ciudad. Unas semanas después del regreso de mi grupo del campamento en 1997, Sami nos recogió en un Ford Transit y nos llevó a través de los puestos de control y las fronteras. Cada mes, los jóvenes exalumnos del campamento organizaban un plan o una actividad y Sami nos llevaba al lugar, ya fuera en Nahariya, cerca de la frontera libanesa, o en Beit Sahour, en Cisjordania. La organización estadounidense contaba con conexiones que surcaban las burocracias gubernamentales y militares, y Sami sabía cómo llevarnos con seguridad a nuestros nuevos amigos.

Conduciendo en el Transporte de Sami, se reducían las fronteras entre los espacios judíos y árabes. En aquel entonces, supuse que estas fronteras disminuirían aún más con el tiempo y finalmente desaparecerían.

En un fin de semana, cuando todavía podíamos cruzar estas fronteras, Sami y otros miembros del personal llevaron a unos amigos a mi casa en Ashdod, entre ellos Tareq y otros que eran de Jordania. Aseel vino desde Galilea. Los invitados jordanos y Aseel se quedaron esa noche. Aseel y yo éramos los anfitriones en este país, así que les dimos los cuartos a los jordanos. Nosotros compartimos el sillón blanco de mi madre. Era un sillón largo y hondo; los dos cabíamos si nos acostábamos en posición parecida al yin yang. Nos quedamos dormidos frente a la televisión. En algún momento, en medio de la noche, me desperté por el olor de los pies de Aseel. Me molesté y me dije que se lo diría en la mañana. Cuando llegó la mañana, Aseel esbozó su característica sonrisa de cuando estaba a punto de decir algo controversial, y me dijo que el olor de mis pies lo había despertado. Nos reímos y después hablamos de South Park.


La década que comenzó con los acuerdos de paz se estaba saliendo de control. En 1995, el primer ministro Isaac Rabin fue asesinado por un activista de la derecha que pretendía perturbar el proceso de paz. Siete años después de los acuerdos de Oslo, el nuevo primer ministro laborista, Ehud Barak, decidió que si él no podía conseguir que se firmara un acuerdo de paz en el plazo de un año durante su mandato, nadie podría lograrlo.

Su afirmación en julio del año 2000 de que no había “ningún socio” del lado palestino reafirmó lo que los activistas anticompromiso en Israel llevaban años diciendo: los judíos no deben confiar en los palestinos. Unos meses después, el veterano político de la derecha Ariel Sharon visitó el recinto de la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén, que también es el recinto sagrado del Monte del Templo judío. Sharon sabía que su presencia en dicho lugar suscitaría las peticiones de los líderes musulmanes de proteger Jerusalén; sus asesores dijeron posteriormente en un documental que pretendían enemistarse con los palestinos y obtener la cobertura de los medios de comunicación en el período previo a las elecciones. El 28 de septiembre de 2000, el día de la visita de Sharon que duró una hora, montones de manifestantes palestinos salieron a la calle y varios lanzaron piedras al séquito del político.

En 48 horas, las protestas palestinas se convirtieron en bloqueos de carreteras, incendios provocados y ataques esporádicos contra los judíos. La policía respondió con el uso de la fuerza. Los oficiales de alto rango solicitaron el uso de balas de goma, munición real y francotiradores. Se trató de un aumento sin precedentes del uso de la fuerza contra los ciudadanos. Un equipo de noticias filmó a un manifestante palestino diciéndole a un francotirador militar: “¿Por qué nos disparan? Estos no son los territorios ocupados. ¡Somos ciudadanos!”. Sus palabras reflejaron la conmoción de un pueblo que veía cómo las fuerzas de seguridad de su país utilizaban armas reales contra ellos.

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Soldados israelíes y jóvenes palestinos se enfrentan en Ramallah después de la visita de Ariel Sharon al recinto de al-Aqsa, 28 de septiembre de 2000. Foto: Jamal Aruri/AFP/Getty Images

El 1 de octubre de 2000, tres ciudadanos palestinos de entre 18 y 23 años fueron asesinados a tiros. El día siguiente, se realizó una concentración en las afueras de la ciudad natal de Aseel, Arraba, en la Galilea. Aseel, que en esa época tenía 17 años, caminó hacia los manifestantes con su playera verde de Seeds of Peace. Su padre, que ya se encontraba ahí, dijo que Aseel se quedó a cierta distancia de la multitud. No tenía ningún tipo de arma. De repente, un jeep de la policía llegó a toda velocidad al lugar. Bajaron cuatro policías. Se trataba de una táctica habitual en aquella época en la que la policía se encargaba de dar un ejemplo utilizando a un manifestante con el objetivo de ahuyentar al resto. Algunos de los policías declararon posteriormente que el hecho de que Aseel estuviera solo lo hizo parecer sospechoso. Yo supondría que también lo convirtió en un blanco fácil.

Los policías corrieron hacia Aseel. Cuando él intentó huir, lo persiguieron y uno de ellos lo golpeó en la espalda con su arma. Después le dispararon a Aseel en el cuello. Cayó, boca abajo. Mientras se desangraba en el suelo, la policía se alejó. Cuando su primo corrió hacia él, escuchó que Aseel dijo: “Me mataron“. Yo estaba en casa, junto al sillón en el que Aseel y yo habíamos dormido, cuando Ned Lazarus, director regional de Seeds of Peace, llamó. “Aseel está muerto”, dijo.

“¿Qué?” Dije. “No. Te equivocas“.

Solo escuché los ecos amortiguados de las palabras de Ned. El joven de 17 años que desafiaba a la autoridad, que quería liderar ambos bandos, que se quitaba la ropa delante de cientos de personas para provocar risas, que era mi amigo. Ya no existía.

Trece hombres palestinos fueron asesinados por la policía en octubre de 2000. Doce de ellos eran ciudadanos israelíes y uno era un hombre de Gaza que llegó a Israel para trabajar. Hubo una víctima judía-israelí, que fue asesinada mientras manejaba por debajo de un puente cuando manifestantes palestinos le lanzaron una piedra a su auto. Estos sucesos marcaron el inicio de la segunda intifada, un periodo violento que duró cuatro años y medio y cobró la vida de aproximadamente 3 mil palestinos y mil israelíes.

Para muchas personas de la sociedad israelí, los acontecimientos de octubre de 2000 demostraron que los acuerdos de paz eran una ilusión: los palestinos nunca quisieron tener a los judíos cerca de ellos. La seguridad que ofrecía el Estado parecía frágil. Las tiendas de armas reportaron un aumento en sus ventas. El 7 de octubre, un soldado israelí de Tiberias fue uno de los tres secuestrados por la organización libanesa Hezbolá; los judíos de su ciudad natal salieron a la calle, destrozaron negocios de propietarios árabes e incendiaron una mezquita.

En mi preparatoria judía, sentí que nadie quería escuchar sobre la muerte de mi amigo palestino. Incluso a la gente que me quería le costaba hablar de Aseel. Deseaba con tanta desesperación mencionar a Aseel en la conversación que una vez, cuando tenía 17 años, llevé un periódico con su foto a un bar y esperé a que alguien preguntara por él. Un amigo lo hizo. Tuvimos una breve conversación que se desvaneció rápidamente. El hecho de que Aseel fuera un palestino asesinado por un agente de policía confería un carácter político al hecho de hablar abiertamente sobre su muerte. En aquella época, hablar sobre la pérdida de Aseel y mi dolor parecía un tabú.

Durante la cena con mi familia saqué a relucir lo ocurrido con Aseel. Mi cuñado, al que quiero, me preguntó: “¿Qué te hace pensar que le dispararon sin motivo?” La familia de mi cuñado, al igual que la de mi madre, era originaria de Argelia, país del que los judíos huyeron durante la guerra de independencia argelina a mediados del siglo XX. Nuestros padres llegaron a Israel debido a la promesa de ser un refugio seguro para los judíos.

Reconocer que un palestino fue asesinado ilegalmente por un policía significaba que el Estado era un agresor injusto. Significaba que nosotros –mi cuñado y yo, nuestra comunidad judía en Israel– tal vez no contábamos con la razón de nuestro lado. No obstante, Aseel era mi amigo, y mi confusión rápidamente se convirtió en ira. Golpeé la mesa con el puño y le grité a mi cuñado por hacer suposiciones sobre alguien que nunca conoció. No me arrepentí en ese momento, pero después de esa noche, solo hablaba de Aseel con las personas con las que me sentía seguro. Me volví más reservado, más cuidadoso.


Mientras yo luchaba para hablar de los acontecimientos de octubre de 2000 en espacios judíos, las familias de las víctimas protestaban por la muerte de sus hijos. El padre de Aseel representó para las cámaras de los noticieros cómo persiguieron y le dispararon a su hijo, en una grabación que he vuelto a ver en YouTube docenas de veces. Cuando vi por primera vez este video, me imaginé la situación que vivió Aseel en sus últimos momentos, el miedo que debió haber sentido. Cuanto más envejezco, más pienso en lo que significó para el padre de Aseel ser testigo de la muerte de su hijo, actuar con inercia para las cámaras. Los medios de comunicación israelíes captaron el mensaje: aquí había una víctima inocente. Pero fue un mensaje distorsionado: presentaron a Aseel, el activista por la paz, como la única víctima inocente. Finalmente, el primer ministro Barak nombró una investigación oficial, la comisión Or, para investigar los hechos que envolvieron los violentos acontecimientos de octubre de 2000.

Durante las audiencias, surgieron discrepancias entre los policías que declararon en el caso de Aseel. Cuando los miembros de la comisión cuestionaron a uno de los policías que persiguió a Aseel, este dijo: “El hecho de que (nuestros) testimonios no coincidan solo demuestra que no coordinamos nuestras historias“. Este argumento cínico, como si los testimonios contradictorios fueran una muestra de credibilidad, no me sorprendió. Escuché ese cinismo cada vez que intenté mencionar a Aseel. “Es una pena que haya muerto, pero no se sabe lo que pasó realmente”. Con mayor frecuencia, cuando surgía el tema de octubre de 2000, planeaba lo que iba a decir y cómo lo iba a decir. Me imaginaba que la gente me decía: “¿De verdad lo conocías tan bien como crees?“. Pensaba en quién me escucharía y quién se enteraría de lo que había dicho. Me rendí al miedo de lo que podrían decir los demás y me encerré detrás de un muro de silencio.

En 2001, mientras se desarrollaba la comisión Or, me gradué de la preparatoria y fui reclutado por el ejército. Después de la muerte de Aseel, ya no podía creer en la sabiduría y el liderazgo de nuestros generales, pero aun así no me podía imaginar evadiendo el servicio militar. Ha constituido una parte esencial de la cultura israelí durante toda mi vida, por lo que la segunda intifada no me pareció el momento adecuado para retirarme del servicio. Solo en marzo de 2002, 135 israelíes fueron asesinados por terroristas suicidas. Me alisté en la marina y, como la mayoría de los hombres judíos, serví durante tres años, mientras que mis amigas sirvieron durante dos años. A muchos palestinos les resultaba ofensivo que sus amigos israelíes se alistaran en el ejército; a los soldados se les puede ordenar que ejerzan la violencia de Estado contra los palestinos en los puestos de control y en sus propios hogares. En este sentido, se rompieron muchas amistades y vínculos.

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Soldados israelíes y jóvenes palestinos se enfrentan en Ramallah después de la visita de Ariel Sharon al recinto de al-Aqsa, 28 de septiembre de 2000. Foto: Jamal Aruri/AFP/Getty Images

Aquellos años en los que cruzábamos las fronteras a bordo de la furgoneta de Sami Al Jundi habían quedado en el pasado. La mayoría del personal estadounidense que dirigió el centro de Seeds of Peace en Jerusalén, jóvenes profesionales de entre 20 y 30 años, se fue durante los años siguientes. La organización consideró la posibilidad de cancelar las actividades que reunían a los palestinos e israelíes. Sami, que comenzó como chofer y que ahora era miembro del personal, estaba destrozado. Antes de unirse a Seeds of Peace, estuvo preso en una cárcel de Israel que se encontraba a 30 minutos de mi casa. En las memorias que escribió en 2011 con Jen Marlowe, The Hour of Sunlight, Sami mencionó que a los 18 años, él y dos de sus amigos armaron una bomba que pretendían utilizar contra los israelíes. La bomba explotó en la casa de Sami y mató a uno de sus amigos. Sami fue condenado a 10 años de prisión y salió a los 20 años. Soñaba con una vida diferente para nosotros. Cuando Seeds of Peace consideró la posibilidad de cerrar su centro en Jerusalén, Sami se preguntó: “¿Cómo podría la separación de nuestra comunidad de pacificadores conducir al logro de la paz?“. Se trataba de una pregunta retórica cuya respuesta conocía. Finalmente, Seeds of Peace cerró el centro cuya inauguración presidió Aseel meses antes de que le dispararan. El Center for Coexistence dejó de existir. Ese mismo día, Seeds of Peace dejó ir a Sami.

Aunque Seeds of Peace cambió, las relaciones que se crearon ahí me seguían ofreciendo una perspectiva de cómo la gente de fuera de Israel experimentaba los acontecimientos de octubre de 2000. Tareq, nuestro amigo del campamento que creció en Jordania, se encontraba en un internado en Europa cuando se enteró de que habían asesinado a Aseel. Lo vi en un evento de exalumnos de Seeds of Peace en 2005, pero no pude mencionar a Aseel. Se trató de un tipo de silencio diferente. Nosotros fuimos amigos de Aseel, pero yo era israelí y Tareq era palestino-jordano. No sabía si quería hablar de Aseel conmigo. No me atreví a preguntar.

Otra de mis amigas del campamento, Alia, vivía en la Cisjordania ocupada. Las variables políticas de Israel le hacían casi imposible viajar. Después de la segunda intifada, me pidió que me reuniera con ella en Jerusalén, con mi uniforme de soldado. Sabía que nos entristecería a los dos, pero Alia era muy considerada en todo lo que hacía. Fui con mi uniforme naval caqui, como ella me pidió.

Era principios de invierno. Las calles del barrio French Hill estaban llenas de la austera luz de la montaña. Alia y yo estábamos hablando de cosas relativamente normales: lo que ella planeaba hacer después de la universidad, lo que yo planeaba hacer después del ejército. Nos acercamos al edificio que solía ser el centro de Seeds of Peace. El lugar ahora era un doloroso recuerdo del pasado: antes de la intifada, antes de que cerraran el centro, antes de que mataran a Aseel.

La comisión Or publicó sus conclusiones en 2003. La comisión recomendó la aplicación de medidas disciplinarias contra varios políticos y agentes de policía de alto rango por el uso de munición real. Sin embargo, los agentes de policía que dispararon a las víctimas cayeron bajo la jurisdicción del departamento de investigaciones internas de la policía. La propia investigación de la policía sobre los asesinatos de octubre de 2000 no fue muy rigurosa. Finalmente, en 2006, el jefe de la unidad de investigaciones internas de la policía y el fiscal general anunciaron que ninguno de los policías implicados en los asesinatos de octubre de 2000 sería juzgado.

Durante años, comprendí que la gente de mi entorno no quería saber lo que le ocurrió a Aseel. Ahora sabía que el sistema de justicia tampoco quería saberlo.


Me fui de Israel a los 20 años. La muerte de Aseel y la intifada fueron devastadoras. A través de Seeds of Peace experimenté lo grande que era el mundo, y quise formar parte de él. Pero incluso como estudiante de neurociencia en Estados Unidos, no podía dejar atrás mis raíces: mi tema de investigación eran los efectos del diálogo en palestinos e israelíes. Le dediqué mi tesis final a Aseel. Después de la universidad, me convertí en director de documentales y comencé a realizar filmes sobre tecnología en Londres, Hong Kong y Nueva York. Hice un largometraje sobre un tecnólogo estadounidense que estaba harto de los humanos e intentó construir la primera inteligencia artificial verdaderamente inteligente. Cuando se estrenó Machine of Human Dreams en 2016, pensé en Aseel, que –al igual que yo– pasó horas de su juventud frente a las computadoras, explorando el internet. Si Aseel estuviera vivo, me pregunté, ¿habría visto mi película? ¿Le habría gustado? ¿Seguiríamos siendo amigos?

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Jóvenes palestinos huyen de los disparos de las tropas israelíes cerca de la ciudad de Gaza, 1 de octubre de 2000. Foto: Fayez Nureldine/AFP/Getty Images

En 2019, regresé a Israel. Ahora tengo 37 años y vivo en Tel Aviv. Hace unos meses, fui a un mitin de protesta contra los desalojos de las familias palestinas del barrio Sheikh Jarrah en Jerusalén. Estábamos de pie en un círculo de tambores con niños bailando en el centro, es decir, no era exactamente una turba violenta. De repente, aparecieron policías armados y con equipo antidisturbios, que se abrieron paso entre nuestro grupo y nos miraron con expresiones hostiles al pasar cerca de nosotros. Sentí miedo. Pensé que a uno de nosotros le podrían hacer lo que le hicieron a Aseel. Me pregunté si mi cara les parecía más judía o más árabe. Y si estoy pensando en eso, ¿cuántas otras personas han evitado protestar junto a los palestinos por miedo a verse atrapados en la violencia?

En las dos décadas que han transcurrido desde octubre de 2000, el ciclo de la apropiación de tierras, las protestas, la violencia y el trauma no ha hecho más que empeorar. Me di cuenta de que, para volver a vivir en la sociedad israelí, necesitaba hablar de Aseel, de nuestra amistad y del doloroso silencio que rodeó su muerte.

Contacté a viejos amigos con la idea de realizar un documental. A casi ninguno de mis amigos palestinos les interesaba hablar delante de la cámara. Un amigo me dijo que, aunque me confiara su historia, su reputación se podría ver perjudicada por aparecer en un filme de un director israelí. Inevitablemente, alguien lo acusaría en las redes sociales de ser un normalizador de la ocupación, de la violencia estatal y de la expansión de los asentamientos. Me di cuenta de que los palestinos guardaban sus propios silencios. A través de mis producciones cinematográficas, y de retomar el árabe, intento encontrar una voz que se dirija a los palestinos.

Mi relación con Tareq cayó en el silencio. No hemos hablado desde el evento de exalumnos de Seeds of Peace, hace más de 15 años. Ahora es un empresario en los Emiratos Árabes Unidos. Aunque me he imaginado muchas veces hablando con Tareq sobre Aseel, aún no se me ha ocurrido cómo iniciar esa conversación.

En esta historia existe una persona que rompe su silencio. Varios años después de que nos reunimos para dar un paseo por Jerusalén, Alia me contó que me pidió que me pusiera el uniforme ese día para poder verme como soldado y poder soltar por fin nuestra amistad. Su plan no surtió el efecto deseado: después de aquel día en Jerusalén tuvimos años de comunicación intermitente, pero ahora somos más cercanos que nunca.

Hablamos todas las semanas. Ella se casó con un hombre. Yo también me casé con uno. En 2021, ella consiguió un permiso de viaje de las autoridades israelíes y fuimos a Jerusalén con sus hijos. Cuando los vi, me sentí abrumado por la alegría de ver a los hijos de un ser querido; los aspectos en los que se parecen a ella, los aspectos en los que son nuevos. Pero ninguno de nosotros tiene idea de cuándo podrán volver a viajar. Este no es el sueño que Aseel y yo compartimos. Es una realidad violenta en un lugar injusto, con breves momentos de gracia.

*Algunos nombres fueron cambiados.