Millones de toneladas de animales muertos: el creciente escándalo de los residuos pesqueros
Alrededor de 100 mil peces muertos arrojados por un barco-fabrica en febrero de 2022 frente a la costa de La Rochelle, Francia. Foto: Sea Shepherd/AFP/Getty

En febrero de 2022, un barco pesquero de propiedad holandesa vertió un caudal plateado de 100 mil peces muertos, que cubrió varios miles de metros cuadrados de océano frente a la costa de Francia. Los propietarios del barco culparon del vertido a una red defectuosa. Los grupos ecologistas alegaron que los peces fueron arrojados de forma intencionada.

Independientemente de la verdad, ese espectáculo de vida marina desperdiciada fue la punta del iceberg: las cifras de WWF muestran que en 2019 se vertieron al menos 230 mil toneladas de pescado en aguas de la Unión Europea. La mayor parte de los residuos –el 92%– están relacionados con la pesca de arrastre de fondo, un método de pesca que roza el fondo marino, recogiendo indiscriminadamente todo lo que encuentra en su camino.

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Algunos de los 100 mil peces muertos que fueron arrojados al mar frente a la costa de La Rochelle, Francia, por un barco-fabrica en febrero. Foto: AFP/Getty Images

Sin embargo, esta cifra es una pequeña fracción de un problema mundial aún más grande. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que el 35% de todos los peces, crustáceos y moluscos capturados en los océanos, lagos y granjas acuícolas son desperdiciados o perdidos antes de llegar al consumidor.

El pescado es un producto sumamente perecedero y delicado, lo cual lo hace más vulnerable al residuo pesquero, un problema que se ve agravado por la hemorragia del pescado en cada etapa de la cadena de suministro. El residuo de pescado es especialmente impactante, señala Pete Pearson, director senior de residuos de alimentos de WWF, porque “son animales silvestres, por lo que estamos cosechando vida silvestre”.

Las poblaciones de peces ya se encuentran amenazadas por la sobrepesca, la contaminación y la crisis climática. Con las tasas actuales de consumo de pescado que se prevé que se dupliquen para el año 2050, los residuos figuran cada vez más en el radar de los reguladores. “Tenemos que hacer algo al respecto”, indica Omar Peñarubia, funcionario de pesca de la FAO.

Esto comienza, según comentan los expertos, con la comprensión exacta de los factores que impulsan el residuo entre la captura y el consumo. Esta tarea se ve dificultada por la famosa falta de transparencia de las cadenas de suministro de las pesquerías y por los datos incompletos que tampoco son coherentes, aunque la evidencia es clara en el sentido de que la mayor parte del residuo de pescado comienza en el punto de extracción.

Poco menos de la mitad del pescado que consumen las personas es capturado en el mar. “La abundancia es tal que nos hemos acostumbrado a aceptar ciertas tasas de pérdida”, señala Pearson, si bien indica que ahora el 34% de las poblaciones marinas mundiales están sobreexplotadas. La pesca incidental (peces capturados de forma no intencionada, no deseados) también son un problema creciente: aproximadamente el 10% de los peces capturados en la naturaleza son desechados cada año en todo el mundo, lo que representa 8.6 millones de toneladas de animales. Los principales responsables son las artes de pesca imprecisas y las políticas que permiten que los pescadores desechen especies no deseadas.
También existe un factor económico. “Creo que existe una fuerte conexión entre las subvenciones y los residuos en el agua”, comenta Rashid Sumaila, profesor de economía de los océanos y la pesca en la University of British Columbia.

Aunque las subvenciones fueron creadas históricamente para apoyar a los pescadores a pequeña escala, en la actualidad el 80% de los 35 mil 400 millones de dólares en subvenciones anuales para la pesca están destinados a un grupo de flotas industriales, según muestra la investigación de Sumaila. Entre ellas se encuentran los gigantescos barcos de pesca de arrastre de fondo, especialmente equipados para salir a alta mar y pescar en exceso, lo que provoca residuos a escala industrial.

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Barcos de pesca zarpando en Yangjiang, provincia de Guangdong de China. Foto: VCG/Getty Images

El impacto de la pesca ilegal y no declarada también es importante, comenta Sumaila, ya que es probable que contribuya con toneladas adicionales de capturas incidentales al desperdicio mundial de pescado.

Alimento para 3 mil millones de personas

El residuo de pescado representa algo más que la pérdida física de pescado: para los 3 mil millones de personas cuya dieta depende del pescado, se trata de una oportunidad nutricional perdida.

“La narrativa es que tenemos que producir más para alimentar a las crecientes masas, sin embargo, la mejor vía para (aumentar) el suministro es reducir la pérdida y el residuo”, explica Shakuntala Thilsted, líder global de nutrición y salud pública de World Fish y ganadora del Premio Mundial de Alimentación 2021.

Muchos consideran que los sistemas de producción acuícola controlada (o “granjas acuícolas”) –que generan más de la mitad de nuestro suministro de pescado–son una solución al residuo de la pesca silvestre. No obstante, Dave Love, científico principal del Johns Hopkins Center for a Livable Future, comenta que diversos factores, como las enfermedades, también provocan pérdidas considerables en las granjas. “La mortalidad en los estanques en realidad es una fuente importante de pérdida de alimento potencial”, señala Love.

El residuo de pescado continúa después de su captura, aunque la forma en que se desarrolla es diferente según el lugar. La FAO calcula que el 27% de todo el pescado a nivel mundial se pierde o se desperdicia después del desembarco, sin embargo, en los países de bajos ingresos es más probable que la pérdida sea involuntaria en lugar de que sea desperdiciada, dice Peñarubia.

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Una planta de secado de pescado en Bangladesh. Gran parte del residuo de pescado fresco es consecuencia de una mala manipulación y de la falta de instalaciones de almacenamiento y refrigeración en los barcos. Foto: Xinhua/Rex/Shutterstock

Un estudio reveló que en Ghana, Burkina Faso y Togo, el 65% de la pérdida de pescado en tierra es atribuible a la mala manipulación y a la falta de instalaciones de almacenamiento y refrigeración en los barcos pesqueros y durante la larga cadena de suministro.

El pescado también desaparece después de la distribución, no obstante, los culpables son los minoristas y los consumidores, casi exclusivamente en los países de ingresos medios y altos. En Norteamérica, Oceanía y Europa, el residuo de pescado durante el consumo supera con creces al de cualquier otra región del mundo.

Pearson cree que los minoristas de Estados Unidos contribuyen parcialmente al problema al dar prioridad a los pescados grandes y frescos para venderlos a un mayor precio, que se descomponen rápidamente. “Esta es la verdadera tragedia, porque pasa por toda la cadena de suministro, y luego nos sentimos cómodos con una tasa de pérdida del 10% al 30% en los supermercados”, indica.

Cuando los minoristas le dan prioridad al pescado fresco, “el efecto dominó consiste en que los consumidores son más propensos a desperdiciarlo en sus hogares”, dice Love, quien publicó una investigación que demuestra que los minoristas eran responsables de alrededor del 16% de los mariscos desperdiciados en Estados Unidos, mientras que hasta el 63% se debe a que los consumidores tiran el pescado no consumido a la basura.

¿Congelarlo?

Existen soluciones para reducir el residuo de pescado en la cadena de suministro. Ampliar el acceso a las tecnologías de la cadena de frío en los países de bajos ingresos, junto con métodos como el uso de carpas de secado con energía solar, podría prolongar el tiempo de caducidad del pescado. Los pescadores y los procesadores también necesitan capacitación para manipular y almacenar mejor el pescado y limitar las pérdidas, indica Peñarubia.

En cuanto a los consumidores, Pearson y Love opinan que deberíamos alentar a un mayor número de personas a optar por el pescado congelado, lo cual podría reducir la demanda de pescado fresco en los supermercados, y limitar la cantidad que se pierde en el comercio minorista y en los hogares.

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El barco de pesca de arrastre Crystal Sea, que opera desde Newlyn, Cornualles. Las capturas incluyen todo tipo de vida marina. Foto: Antonio Olmos/The Observer

Thilsted propone diversificar nuestro apetito más allá del ubicuo filete de pescado, hacia peces más pequeños y bivalvos, que pueden ser consumidos en su totalidad para reducir el desperdicio. “Si nuestra idea de ‘pescado’ es un filete en un sartén, entonces ya nos encontramos en el camino de la pérdida y el desperdicio, porque hemos reducido la parte comestible a una porción muy pequeña del total”.

Los subproductos pesqueros existentes pueden ser capturados y convertidos en otros nuevos. Las cabezas, aletas y huesos de la industria pesquera ya son una fuente de fertilizantes y piensos; ahora los innovadores están descubriendo usos para todo, desde la piel del pescado para tratamientos de quemaduras hasta los residuos de crustáceos para fabricar envases biodegradables.

“La idea del completo aprovechamiento es algo que debe generalizarse en todas las cadenas de suministro de alimentos”, comenta Pearson, quien advierte, no obstante, que no debemos sobrevalorar estas soluciones. A no ser que los subproductos de la pesca sustituyan una parte de la demanda de pescado, simplemente están aprovechando los residuos, no reduciéndolos en su origen.

En última instancia, la prevención es la mejor solución, empezando por el océano, donde comienza este problema, indica Pearson. Los pescadores necesitan estar equipados con artes de pesca más selectivas, y contar con la ayuda de políticas que desalienten los vertidos. Sumaila recalca la necesidad de “buenas subvenciones” que puedan ser canalizadas hacia pesquerías que ayuden a reponer las poblaciones silvestres: “Tenemos que gastar el dinero de los contribuyentes de forma que se refuerce la retroalimentación positiva de las personas hacia la naturaleza, y de la naturaleza hacia las personas”, señala.

Durante generaciones hemos creído que “el océano es enorme y que podemos tomar lo que queramos”, dice Pearson. “Ahora estamos viendo los límites de esa creencia. Y cuando uno tiene límites, exige que uno se vuelva más eficiente”.