‘Más profundo que Breaking Bad’: adiós Better Call Saul, la serie sin igual
Bob Odenkirk como Saul Goodman en Better Call Saul. Foto: Greg Lewis/AMC/Sony Pictures Television

Adiós Saul Goodman: el protagonista del spin-off que nunca nos imaginamos. Cuando Jesse Pinkman se alejó hacia el desierto al final del último episodio de Breaking Bad, hace nueve años, dejando atrás a un Walter White fatalmente herido, las apuestas seguras no habrían apostado por Bob Odenkirk protagonizando al viperino Jimmy McGill en una precuela que siguiera su mutación de torpe aficionado en el aún más rastrero abogado Saul Goodman.

Era más probable que el glamuroso y holgazán traficante de metanfetamina Jesse se marchara rumbo a nuevas aventuras. En lugar de eso, por supuesto, Aaron Paul pasó a darle voz a Todd en BoJack Horseman, que básicamente es un Jesse más adorable, pero sin la persuasión del cristal azul.

De la misma manera en que Frasier surgió improbablemente de Cheers, Saul surgió del cadáver de Breaking Bad. Durante seis series, Better Call Saul se convirtió en un drama más profundo y bello sobre la corrupción humana que su predecesora, se convirtió en algo visualmente más suntuoso que Breaking Bad, sin perder ni por un momento su destreza verbal y su moral rectora.

Un episodio reciente, por ejemplo, incluyó una virtuosa serie de planos a través de los interiores del departamento de Saul, que se desplegaban como los interiores de una pintura de la Edad de Oro neerlandesa. En ocasiones, con el desarrollo de la trama suspendido durante unos instantes hipnóticos, la cámara se detenía en un desgastado dólar clavado en la espina de un cactus, o en una composición abstracta de un pedazo de papel aluminio que volaba por el desierto.

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Tina Parker como Francesca Liddy. Foto: Greg Lewis/AMC/Sony Pictures Television

Muy pocas series de televisión tienen la confianza de tomarse su tiempo de esta manera. Y lo mismo ocurre con aquellas largas escenas carentes de palabras de hombres trabajando (normalmente han sido hombres) haciendo cosas, ya sea fabricando rollos de canela en Omaha, ideando una elaborada estafa, construyendo un laboratorio de metanfetamina bajo una lavandería o, como en una ocasión Mike lo hizo tranquilamente, cambiando el marco de una ventana como un artesano mientras se encontraba refugiado en el sur de la frontera lejos de los matones del narco que querían matarlo.

Vince Gilligan y sus compañeros creativos saben que existe algo tranquilizador en ver a alguien hacer un trabajo del que se siente orgulloso, un trabajo manual, meticuloso e informado que resulta ser el antídoto del oficio contra la rutina (lo que el difunto antropólogo David Graeber denominó “trabajos de mierda”). Más allá de la mierda, existe, en la cosmovisión de Gilligan, cierto respeto por el trabajo y por su representación en la pantalla, incluso si ese trabajo consiste en fabricar metanfetamina pura o manipular el sistema legal.

En verdad, no hay nada en la televisión en este momento que se haya atrevido a engatusarnos de estas formas, ni ha habido en mucho tiempo un programa que cambie de una línea argumental a otra, seguro de que la audiencia es lo suficientemente perspicaz como para seguir el ritmo. Qué extraño, tal vez incluso singular, es encontrar un drama de larga duración que no insulta nuestra inteligencia, sino que la pone a trabajar.

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Giancarlo Esposito como Gus Fring. Foto: Greg Lewis/AMC/Sony Pictures Television

Todo esto equivale a decir que, después de 61 episodios de meticulosa cinematografía, redacción y actuación (por no mencionar un ataque al corazón a mitad de temporada en el set que sufrió el querido Bob Odenkirk y que hizo que yo, y sin duda otros fanáticos, nos preocupáramos egoístamente de que, posiblemente, nunca llegaríamos a ver un episodio (llamado Saul Gone) que nos ofreciera el cierre de esta historia), Better Call Saul ha sido un placer casi constante y una lección sobre cómo la televisión puede ser cinematográfica al mismo tiempo que envolvente, épica al mismo tiempo que decididamente centrada en los detalles.
Por estas razones, al menos para mí, ha sido una de esas piezas que se han vuelto cada vez más escasas en nuestro bingearama ininterrumpido de entretenimiento: la televisión programada. Su episodio final es, en consecuencia, una dulce pena.

Desde el principio, dicho todo esto, no se trataba de una premisa prometedora. Para Breaking Bad, Gilligan tenía la idea de que el viaje de Walter White de profesor de química a capo del narco que usaba sombrero de copa baja marcaba el arco dramático de Mr Chips a Scarface. Pero Better Call Saul no tiene ese desarrollo de personajes: Saul siempre ha sido malo, incluso cuando era el advenedizo Jimmy. O eso podríamos suponer, hasta los últimos momentos de este final perfecto, cuando finalmente nos despedimos de la estrella de este impredecible spin-off.

Este artículo fue modificado el 17 de agosto de 2022. Una versión anterior indicaba incorrectamente que Walter White fue “asesinado” en el final de Breaking Bad.