La historia detrás del retrato de la reina Isabel II que el palacio utilizó para anunciar su muerte
Este retrato de su majestad la reina Isabel II, tomado con motivo de su 80 cumpleaños, fue utilizado en el comunicado oficial del Palacio en el que se anunció su muerte. Foto: Jane Bown/The Observer

La primera visita de Jane Bown al palacio fue para recibir un título de miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE) en 1985, y la experiencia le pareció tan poco apropiada para su personalidad –era notoriamente tímida y autocomplaciente– que, cuando recibió el título de comandante de la Orden del Imperio Británico (CBE) una década después, prefirió que se lo concediera su lord teniente local en lugar de regresar al Palacio de Buckingham. La ostentación y la formalidad no eran lo que más le gustaba a Jane; ella era mucho más feliz detrás que delante de un lente.

Una de las grandes ventajas de Jane Bown era que rara vez sabía mucho, si es que sabía algo, sobre su modelo, algo que no podía esperar de la reina Isabel II. Con frecuencia, sus mejores fotografías fueron tomadas en situaciones realmente terribles. Su justificadamente famoso retrato de Samuel Beckett fue capturado en 30 segundos en un callejón oscuro, lo que supuso un desafío abierto al escritor, del que se sabía que odiaba ser fotografiado.

Una fotografía de la reina con motivo de su 80º cumpleaños constituye un asunto completamente distinto. Aunque Jane era famosa por su enfoque práctico, aún necesitaba una confluencia de elementos para que su particular alquimia funcionara mejor, una “chispa” de reconocimiento entre ella y la persona fotografiada, una buena luz natural y el menor número posible de personas presentes.

La habilidad para fotografiar casi en cualquier lugar era una de las marcas distintivas de la técnica de Jane. El hecho de forzar lo desconocido en su beneficio era su manera de garantizar que sus fotografías nunca fueran complacientes o presuntuosas.

Como ella misma dijo: “Por lo general, uno confía en la suerte y una oración… El tiempo y la luz del día son mis enemigos. Pero tampoco me gusta lo fácil. Cuando está un poco agitado, hay más esperanza de que salga algo diferente”.

Jane trabajaba de forma rápida, silenciosa y sutil. Le preocupaba poco lo que hacía una persona, pero le interesaba profundamente cómo era. Manteniendo una charla aparentemente inofensiva salpicada de gentiles instrucciones –la inclinación de la cabeza, la posición de una mano–, prolongaba la tan importante espontaneidad del encuentro inicial.

Muchas veces la sesión terminaba antes de que la persona fotografiada se diera cuenta de lo que había sucedido –15 minutos era un buen promedio– y Jane y sus dos OM-1 de 35 mm de 40 años de antigüedad ya no estaban. Esta habilidad innata para hacer que el retratado se sintiera cómodo era la clave de los respetuosos y reveladores retratos de Jane.

Para el retrato de la reina Isabel II, para gran alivio de Jane, habría pocos presentes. Jane siempre trabajaba sola: “No pude trabajar con un asistente. No sabría qué decirles que hicieran, ni yo misma lo sé”. Rompiendo la tradición, Jane llamó a la maravillosamente eficiente jefa de prensa de la reina, Penny Russell-Smith, y acordó un reconocimiento. El retrato sería tomado en la sala azul y, para asegurarse de que todo saldría bien ese día, Jane quiso ver el lugar y, lo que es más importante, ver la luz que había.

El día de la sesión, Jane llegó temprano y solicitó la ayuda de Penny para preparar el lugar. Movieron una silla grande, semielíptica y de respaldo alto hacia la ventana. Al ser de baja estatura, Jane emplea muchas estrategias para hacer que sus retratados queden a su propia altura, de modo que puedan ver directo al lente. La siempre paciente Penny se vio obligada a actuar como suplente para que se pudiera calibrar la caída de la luz. Llegó la reina Isabel II, se intercambiaron cumplidos y se sentó.

En circunstancias normales, Jane habría dado instrucciones, pero eso no era lo más apropiado en este caso. En su lugar, rodeó la silla concentrándose principalmente en tres poses, composiciones y fondos diferentes. La reina, que era una fotógrafa aficionada, fue un sujeto más que dispuesto, aunque el hecho de ser fotografiada constantemente no es necesariamente el mejor entrenamiento para un modelo.

En uno de sus característicos comentarios, concisos pero reveladores, Jane dijo: “Algunos fotógrafos toman fotos, pero yo intento encontrarlas”.

Mientras Jane giraba alrededor de la reina, la luz iba y venía a medida que el sol desaparecía detrás de las nubes. Una grata distracción se produjo cuando una dama de compañía llegó para asegurar que el cabello de su majestad estaba perfecto. La reina, que estaba sentada formalmente hacia la parte delantera de la silla, adoptó una sonrisa de bienvenida al ver una cara conocida, la luz volvió a aparecer y la siempre vigilante Jane aprovechó el momento.

Al observar la hoja de contactos, hay varias fotos maravillosas. Invariablemente, con Jane existía una que destacaba, una que brillaba. La mayoría de las veces, se trataba de una mirada directa a la cámara. En este caso, era la mirada desviada, un momento introspectivo teñido de humor irónico. Es una imagen clásica de Bown –un “premio gordo”, como diría ella misma– con todas sus marcas distintivas. Negros intensos, fuertes contrastes y una luz cálida y tenue que baña un rostro feliz y tranquilo.

Luke Dodd es director del archivo de The Observer, que incluye la colección de Jane Bown.