La gran idea: por qué no deberíamos intentar ser felices
Ilustración: Elia Barbieri/The Guardian

¿Quién no quiere ser feliz? Al fin y al cabo, se podría pensar, lo más importante es la felicidad, que es la razón de todo lo que hacemos. Esta idea se remonta a la antigüedad clásica. Según el antiguo filósofo griego Aristóteles, todo lo que perseguimos en la vida –”el honor, el placer, la razón y toda virtud”– lo elegimos “por el bien de la felicidad”, ya que esta “es el fin de la acción”. Alrededor de este objetivo, que consume todo, hemos construido una industria multimillonaria: la autoayuda

No es que no haya habido críticas. “La humanidad no busca la felicidad”, bromeó el filósofo Friedrich Nietzsche, “solo lo hacen los ingleses”. Se burlaba de los utilitaristas como Jeremy Bentham y John Stuart Mill, para quienes el objetivo de la moral es alcanzar la mayor felicidad para todos. La ironía es que Mill también tenía dudas sobre la búsqueda de la felicidad. Según su opinión, la locura por la satisfacción amenaza con subvertirse a sí misma.

Mill aprendió esta paradoja personalmente. Criado en un ambiente académico por un padre inspirado por Bentham, el filósofo de 20 años se preguntó: “¿Soy feliz?”, y sufrió una crisis nerviosa. En su posterior Autobiografía, Mill analizó su crisis mental. El problema, insistió, es que no se puede alcanzar la felicidad convirtiéndola en el fin primordial. “Solo son felices”, escribió Mill, “aquellos que tienen su mente fijada en algún objeto que no sea su propia felicidad; en la felicidad de los demás, en la mejora de la humanidad, incluso en algún arte o actividad, entendida no como un medio, sino como un fin ideal. Al aspirar así a otra cosa, encuentran la felicidad en el camino”.

“Hemos construido una industria multimillonaria en torno a este objetivo que consume todo”.
Su argumento es sencillo. Nos sentimos felices cuando vemos satisfechos nuestros deseos o cuando prosperan las cosas que nos importan. Pero entonces, para ser felices, tenemos que tener deseos además del deseo de felicidad y preocuparnos por otras cosas que no sean nosotros mismos. Cuando algo nos importa, no es simplemente un medio que explotamos para nuestro propio beneficio. Su prosperidad nos importa en sí misma, y por eso nos hace felices.

Creo que Mill tenía razón en este sentido. Si nuestro objetivo final siempre es nuestra propia felicidad, y todo lo demás es un medio para ello, nada nos hará felices. La felicidad, cuando la alcanzamos, es esencialmente un subproducto. No obstante, su argumento no es lo suficientemente extenso. Mill nunca “vaciló en la convicción de que la felicidad es la prueba de todas las reglas de conducta, y el fin de la vida”. Se limitó a argumentar que no debería ser el “fin directo”, y que nuestra búsqueda de la felicidad tiene que ser indirecta. La verdad es más radical: que la propia felicidad es un falso dios.

La felicidad es un estado de ánimo o un sentimiento, un estado subjetivo, se puede ser feliz mientras se vive una mentira. Pensemos en las fuentes de la felicidad en el argumento de Mill: somos felices cuando se satisfacen nuestros deseos, cuando lo que nos importa marcha bien. De hecho, somos felices cuando creemos que se satisfacen nuestros deseos, cuando lo que nos importa parece marchar bien. A nuestro estado de ánimo no le importa si estas creencias son ciertas o la apariencia es la realidad. Pero sí importa para nuestra vida.

Podemos ilustrar este punto mediante un experimento mental, inspirado en Matrix. Imaginemos a Maya, sumergida en un fluido nutritivo, con electrodos conectados a su cerebro, que cada día es alimentada con una corriente de conciencia que simula una vida ideal, la única habitante real de un mundo virtual. Maya no sabe que la están engañando, es perfectamente feliz. Sin embargo, su vida no va bien. No hace la mayor parte de lo que cree que hace, no sabe la mayor parte de lo que cree que sabe y no interactúa con nadie ni con nada más que con la máquina. No se lo desearías a un ser querido, estar encerrado en una tina, solo para siempre, engañado.

Algunos filósofos recientes han defendido que la vida simulada puede ser mejor de lo que parece. No obstante, lo han hecho negando que una simulación perfecta es engañosa: crea su propia realidad, que es la que perciben y pueden disfrutar los participantes. Independientemente de que tengan razón o no, su argumento admite que el contacto con la realidad es clave para vivir bien, por lo que vivir bien no es lo mismo que sentirse feliz. No necesitamos la ciencia ficción para darnos cuenta de ello. El contraste es evidente cuando nos engañan quienes amamos: podemos ser felices, pero la vida no marcha bien. Y es evidente en el sufrimiento del duelo, que está ligado al amor. El duelo puede doler, pero reconoce la realidad; no es algo sin lo que estaríamos mejor.

Por lo tanto, no deberíamos aspirar a la felicidad, ni siquiera de forma indirecta, sino intentar vivir de la mejor manera que podamos. Esto no significa que debamos esforzarnos por ser infelices, o ser indiferentes a la felicidad, sino que la vida es algo más que cómo se siente. Vivir bien significa vivir en el mundo real, relacionarse con las personas que nos importan y con las actividades que merecen nuestro tiempo, incluso cuando nos causan dolor. Cuando hacemos eso, no estamos tomando una ruta indirecta hacia lo que realmente importa –nuestra propia felicidad– sino que estamos respondiendo a lo que importa de la manera en que deberíamos hacerlo.

A pesar de la cita con la que empecé, Aristóteles también percibió esto. La palabra traducida como felicidad en los escritos de Aristóteles es el término griego eudaimonia. Una traducción más cercana sería “la vida ideal”. Pero mientras la búsqueda de la felicidad apunta demasiado bajo, a la simple satisfacción subjetiva, Aristóteles apunta demasiado alto. Lo mejor suele estar fuera de nuestro alcance, y esforzarse por conseguirlo solo trae consigo el desaliento. Aspirar a una vida ideal es cometer el mismo error que aquellos que aspiran a ser felices. Es olvidar que debemos vivir en el mundo tal como es, no en el mundo que deseamos que fuera.

¿Qué es lo que debemos buscar entonces? Ni la felicidad ni una vida ideal, más bien encontrar el suficiente sentido en el mundo como para alegrarnos de estar vivos y sobrellevar con gracia las dificultades de la vida. No alcanzaremos la perfección, pero nuestras vidas pueden ser lo suficientemente buenas. Y no solo la nuestra. Vivir bien significa tratar no solo a nosotros mismos, sino también a los demás, de la forma en que deberíamos hacerlo. Como reconoció Mill, el primer paso de la autoayuda es el que apunta más allá del yo.

Kieran Setiya es profesor de filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts y autor de La vida es dura: Filosofía para encontrar nuestro camino.

Otras lecturas

Ética a Nicómaco de Aristóteles, traducido por W D Ross y editado por Lesley Brown (Oxford World’s Classics)

Autobiografía de John Stuart Mill (Penguin Classics)

Meaning in Life and Why It Matters, de Susan Wolf (Princeton University Press)