Cómo la crisis climática acabó con el sapo dorado
El sapo dorado en su hábitat natural. En 1987 se observaron aproximadamente mil 500 ejemplares en la zona del bosque de Monteverde donde vivían. Foto: Martha Crump

En lo más profundo del bosque nublado de Costa Rica, cientos de brillantes sapos dorados aparecían de repente cada abril para aparearse. Era una visión espectacular para quienes la presenciaban: los deslumbrantes anfibios, en su mayoría subterráneos, se reunían en masa alrededor de los estanques de agua de lluvia y luchaban agresivamente por el derecho a copular con las hembras antes de regresar al subsuelo.

“Fue uno de los verdaderos grandes espectáculos de la vida silvestre de los trópicos americanos”, comenta el ecologista Alan Pounds, científico residente en la Reserva Biológica Bosque Nuboso Monteverde del Centro Científico Tropical, situado en el centro del antiguo hábitat de los sapos. “De alguna manera parecía irreal”.

En 1987 se observaron aproximadamente mil 500 sapos dorados en el área de la zona montañosa donde residía toda la especie: el Bosque Eterno de los Niños. Sin embargo, en 1989, solo quedaba un macho después de que se secaran los estanques en los que se congregaban los sapos. Se cree que murió poco después. La especie fue certificada como extinta en 2004 y se cree que es una de las primeras extinciones terrestres relacionadas con la crisis climática.

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FOTO: La hembra del sapo dorado era generalmente de color negro, con manchas rojas y amarillas. Foto: Martha Crump

Pounds fue una de las primeras personas en informar sobre las repercusiones de la crisis climática en las poblaciones naturales en su investigación sobre el declive de los anfibios en Monteverde, incluido el del sapo dorado. Él y otros colegas publicaron un artículo que apareció en la primera página de la revista Nature en 1999 en el que argumentaban que el declive formaba parte de una serie de cambios biológicos provocados por el hombre que también afectaban a las aves y los reptiles.

A principios de este año, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU confirmó que el sapo dorado (Incilius periglenes) era una de las dos especies (junto con un roedor de Oceanía) en las que la crisis climática estuvo “implicada como factor clave” en su extinción.

El informe citó como causa “sucesivas sequías extremas”. Los periodos cada vez más húmedos se intercalaron con periodos cada vez más secos, dejando atrás enclaves cubiertos de musgo, que ahora carecen en gran medida de vida notable de ranas y sapos.
“Antes veíamos grupos de ranas saltando por los senderos”, explica Pounds. Pero en una excursión de cuatro horas a finales de agosto, no apareció ni un solo anfibio, aunque en una ocasión se escuchó un croac.

El calentamiento climático y la deforestación siguen desplazando las nubes de la zona hacia tierras más altas, lo cual crea las condiciones necesarias para que los anfibios sean más vulnerables a un hongo quítrido exótico potencialmente letal que ha acabado con docenas de especies en todo el mundo.

“Las condiciones extremas derivadas del cambio climático y su interacción con otras fuerzas pueden contribuir a que se produzcan brotes de ciertas enfermedades”, explica Pounds. “Rara vez ocurre en ecología que un solo factor explique los cambios: todo está interconectado, y los datos empíricos muestran que el cambio climático está jugando un papel clave”.

En el bosque nublado, comenta, el monitoreo meteorológico ha observado un aumento constante de 1°C en la temperatura en los últimos 40 años. Esto ha conducido a una mayor precipitación, pero mucho más variable en general. En la década de 1970, había alrededor de 25 días secos al año, pero en la última década se han registrado más de 100 al año.

“Buscamos en muchos sitios: en los huecos entre las rocas, en los ríos, en los estanques permanentes y temporales y en las rutas de senderismo”, señala Gabriel Barboza, naturalista aficionado que participó en el inventario forestal de especies de los años 90 que confirmó la desaparición del sapo dorado.

“Hasta aproximadamente 1990, siempre había neblina aquí en el pueblo de Santa Elena (a varios kilómetros de Monteverde). A veces, podías levantar el brazo y no ver tu mano, pero eso ya nunca ocurre. Las nubes se han desplazado más arriba”, explica.

La neblina y la llovizna, como se denominan localmente, siguen produciéndose, pero se han reducido hasta un grado tan espectacular que los turistas a veces preguntan cómo llegar al bosque nublado.

Los visitantes todavía tienen buenas razones para venir. El bosque tropical alberga alrededor de 3 mil especies de plantas, algunas de las cuales son exclusivas de la zona, entre ellas la mayor cantidad de variedades de orquídeas que se encuentran en cualquier lugar, y más de 750 tipos de árboles. El ecosistema es uno de los primeros en los que se descubrió que las plantas absorben agua a través de sus hojas en un proceso llamado absorción foliar.

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FOTO: Una rana arbórea de rayas estrechas (Isthmohyla angustilineata), que fue recientemente redescubierta después de años sin ser vista. Foto: Trevor Ritland

La zona de gran biodiversidad también es el hogar de más de 400 especies de aves, 100 especies de mamíferos, entre ellos monos, jaguares y puercoespines, así como docenas de especies de serpientes y lagartos, y 60 especies supervivientes de anfibios.

Sin embargo, la diversidad y la abundancia de los anfibios ha sufrido una mayor erosión. Junto con el sapo dorado, una raza de rana arlequín endémica de Monteverde sigue ausente después de haber desaparecido también a finales de la década de 1980.

Decenas de otras especies de anfibios han desaparecido, en consonancia con un declive más generalizado de dichas poblaciones en toda Centroamérica.

Numerosas búsquedas del inconfundible sapo dorado de 5 cm. de color brillante han resultado vanas. Incluso el año pasado, tras los rumores de avistamientos, la Monteverde Conservation League y el grupo de conservación Re:wild dirigieron una expedición junto con los guardabosques locales, biólogos y residentes.

“El sapo dorado es el fantasma que persigue a Monteverde”, dice el director de documentales Trevor Ritland, que se unió a las búsquedas y coprodujo un cortometraje sobre el tema. “Su desaparición es una advertencia para la humanidad: sus asesinos pueden venir por nosotros y podemos aprender o seguir al sapo dorado hacia la extinción”.

Aunque la búsqueda del emblemático sapo fue infructuosa, Ritland informa que encontraron varias especies de ranas que desaparecieron de la zona aproximadamente en la misma época. “El hecho de que esas especies estén regresando sugiere que los esfuerzos de conservación de Monteverde están dando sus frutos”, señala.

Dado que el sapo dorado vivía bajo tierra y desapareció de forma repentina y sin previo aviso, ha resultado casi imposible reunir especímenes adecuados para realizar pruebas que permitan determinar los detalles de la desaparición. En consecuencia, no todos están convencidos de que la crisis climática sea la única causa de la desaparición del sapo.

Algunos académicos han identificado el impacto del hongo quítrido, que fue detectado por primera vez en la península de Corea, y que puede producir una enfermedad cutánea mortal.

Sin embargo, un documento de 2019 que combina experimentos, datos recopilados sobre el terreno y registros climáticos históricos señala que “el declive generalizado de las especies, incluidas las posibles extinciones, se ha visto impulsado por una interacción entre el aumento de las temperaturas y las enfermedades infecciosas”.

Pounds está convencido de que, si bien el hongo, el patrón de calentamiento periódico de El Niño y posiblemente la pérdida de bosque más allá de los límites de la reserva han jugado un papel en la desaparición del sapo dorado, el calentamiento global asestó el golpe definitivo.

“La enfermedad es la bala que mata, pero el cambio climático aprieta el gatillo”, comenta.