‘Todavía me avergüenzo cuando pienso en ello’: 10 mensajes de texto y sus historias
Ilustración: Leon Edler/The Guardian

Les envié un mensaje a mis hermanas diciéndoles que era gay. No me contestaron. ¿Por qué?’
Era 2007: la nación se despedía de Tony Blair y la estrechez de mis pantalones de mezclilla era escandalosa. Tenía 22 años, acababa de salir de la universidad y empezaba una nueva y emocionante relación con el hombre que, 11 años más tarde, se convertiría en mi esposo. Durante mucho tiempo le oculté esta relación a mi familia, pero hacia el final de la primavera me cansé de la indignidad de andarme escondiendo. Quería ser abierto. Finalmente le conté a mi madre ghanesa, bastante tradicional, que era gay y que tenía un novio con el que salía desde hacía meses. Digamos simplemente que la conversación incluyó un uso cada vez más acalorado de la palabra “No”.

Después de aquella plática, sentí una mezcla de vulnerabilidad, aturdimiento y enojo. Pero aún quería contárselo a mis dos hermanas mayores. Sin embargo, la perspectiva de otra confrontación en persona no era precisamente atractiva. Así que, unos días después de contárselo a mi madre, comprobé que tenía saldo suficiente en mi rayado Nokia 3310 de pago y me dispuse a escribir un mensaje de texto para mis hermanas.

¿Cómo se sale del armario en un mensaje de texto? Prolijamente, así. Mi estilo de escritura, especialmente cuando estoy bajo presión, se vuelve bastante… expansivo. Así que no conté los caracteres, alargué las frases y no escatimé en detalles emocionales. Este mensaje fue, de hecho, alrededor de ocho mensajes juntos. Presioné el botón “Enviar”, contuve el consiguiente malestar y escondí un rato el teléfono bajo la almohada. Esperé. Pero no recibí ninguna respuesta. Ni siquiera en la hora después. Tampoco a la mañana siguiente. Ni al día siguiente.

¿Mis hermanas se sintieron asqueadas? ¿Tan sorprendidas como mamá? ¿Molestas porque no les hablé directamente? ¿Quizás no sabían cómo responder? Preguntas como estas me persiguieron durante los siguientes días –parecieron meses– de silencio de radio, mientras fotocopiaba y presentaba documentos en mi trabajo de principiante en una editorial, trabajando incluso más distraído de lo habitual. Algo me impidió volver a enviarles un mensaje. Algún impulso de autoprotección. ¿Tal vez miedo?

Y entonces, al final de la semana, estaba cenando tensa y tímidamente con mi madre, cuando mis hermanas hicieron una aparición inesperada. Entraron apresuradamente, la personificación de la despreocupación y la conversación, con sus aretes en forma de aro y sus pañuelos en la cabeza. Estaban encantadas con el menú: plátanos macho con guiso de frijoles. Se sentaron y hablaron de lo bien que olía la comida: se morían de hambre. Yo no podía tocar la comida de mi plato.

Cuando mamá se levantó para servirles sus platos, les pregunté en voz baja si habían recibido un mensaje mío. Mi hermana mayor respondió: “Ah, ¿sí, recibí este mensajito tuyo, como el principio, pero después se cortó a la mitad. Como a mitad de frase. ¿Por qué? ¿Era importante?”.
Michael Donkor


‘Decía: Escuchando nuestra canción. Te quiero cariño xxxxx. Sabía que no podía ser de mi esposa’
Yo llegué tarde a los mensajes de texto. En aquellos primeros tiempos, bombardear a las personas con palabras me parecía algo descortés, y los propios mensajes eran una desafortunada combinación de informal y permanente, como los tatuajes con faltas de ortografía. Yo no lo entendía.

Durante casi una década, la única persona a la que realmente le enviaba mensajes de texto era a mi esposa, porque sentía que nuestra relación era lo suficientemente fuerte como para adaptarse a la abrupta taquigrafía necesaria. Podía enviarle un mensaje que dijera simplemente “apio”. Ella me enviaba mensajes que decían “basura” o “dónde estás”. Parecían intercambios entre dos personas que apenas se hablaban.

Entonces un día mientras estaba fuera recibí un mensaje de ella que decía: “Te extraño, sueño contigo deseando que estuvieras aquí. Escuchando nuestra canción. Te quiero cariño xxxxxxx”.

Miré fijamente el mensaje durante un buen rato. Sabía que en realidad no podía ser de mi esposa, porque no tenemos una canción. Era tan diferente de ella que me pregunté si sería una señal de que la tenían secuestrada, pero no formaba parte de un código que hubiéramos acordado de antemano.

Resultó que mi esposa estaba visitando a una amiga que tenía hijas adolescentes, y esto es lo que hacen si dejas tu teléfono descuidado durante más de un minuto. Durante los años siguientes, de vez en cuando recibía un mensaje de mi esposa que decía algo así como: “Te quiero tanto que no soy nada sin ti, renovemos nuestros votos matrimoniales”. Aunque sabía qué estaba pasando, no dejaban de ser agradables.

Al final, esos mensajes me enseñaron algo importante sobre el potencial de los mensajes de texto: podías utilizarlos para jugar con las mentes de las personas.
Tim Dowling.


Fue un regalo poder hacer capturas de pantalla de nuestros mensajes. Pero con nuevas herramientas vinieron nuevos castigos…’
Bellamy me envió un mensaje algo fastidioso. No recuerdo exactamente qué, pero estaba presumiendo sobre alguna fiesta a la que iba a ir o algún famoso con el que estaba trabajando. Nada terrible, solo, ya sabes, un poco molesto. Como estoy empezando a serlo ahora mismo.

Tomé una captura de pantalla de su molesto mensaje y se lo envié a mi amigo Alex, que comparte conmigo la idea de que Bellamy puede ser un poco irritante en ocasiones. Alex se divertirá con esto, pensé. “Wooop”. La captura de pantalla voló por los cielos, hacia el espacio, bajó de nuevo y regresó instantáneamente a la pantalla en la que estaba hablando con Bellamy. Sí, le había enviado la captura de pantalla directamente a Bellamy. Se me paró el corazón. Miré la barra debajo de mi mensaje. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Punto punto punto …

La primera vez que se nos dio la posibilidad de hacer capturas de pantalla de nuestros mensajes, pensamos que era un regalo: esta instantánea de una conversación para compartir, una prueba de la estupidez de alguien, de su egoísmo, de su idiotez. Pero, ¡oh Prometeo! Con las nuevas herramientas llegaron los castigos. El fin de la privacidad, el fin de la confianza y, lo más cruel de todo, el riesgo –siempre presente– de enviar una captura de pantalla de una conversación directamente a la persona con la que se está conversando. ¿Personalmente? Prefiero que el águila devore mis tripas.

Burlarse accidentalmente de Bellamy ante el propio Bellamy no habría sido posible antes de los mensajes de texto. Antes de los teléfonos inteligentes era improbable tener una conversación con Sophie, disculparse, caminar en círculo de vuelta a Sophie y decirle a la cara: “Dios mío, no vas a creer lo que Sophie acaba de decir”.

Pero el primer paso del chismorreo en estos días está cargado del peligro de notificar inmediatamente tu traición a la persona que pronto será calumniada. Ahora cargo la captura de pantalla y compruebo tres veces el nombre de la persona a la que se la voy a enviar. Después entrego mi teléfono a un equipo de científicos que, mediante un proceso de criptografía inversa, análisis de metadatos y hojas de té, demuestran que efectivamente estoy enviando la captura de pantalla al destinatario previsto. Tenerlos a todos contratados es costoso, pero no se puede poner precio a la tranquilidad.

“Bueno, quizás no deberías ser un chismoso, Phil”, podrías estar pensando. “Tal vez la vergüenza ocasional es un pequeño precio a pagar por tu deslealtad”. Bueno, a eso le respondo: “Cállate”. Tú también lo haces. Todos lo hacemos. Ahora que los mensajes de texto han evolucionado hasta convertirse en WhatsApp, cada conversación se divide en dos: su forma original encriptada entre las partes a las que va dirigida, y una segunda vida con capturas de pantalla, flotando en 5G, rebotando entre comentaristas burlones, ellos mismos sufriendo burlas desconocidas en capturas de pantalla de las que no son conscientes.

Sin embargo, saber esto no ayuda. Mi vergüenza persiste. En mis momentos de tranquilidad y privacidad, cuando dejo el teléfono y apago las luces, cuando me acuesto en la cama e intento conciliar el sueño, las palabras de la respuesta de Bellamy aparecen en mi mente. “Eso iba dirigido a Alex, ¿verdad?”.
Phil Wang.


Su mensaje era tan emocionante que tuve que sentarme en la cama para asimilarlo’
Era un mensaje sobre salchichas vegetarianas. Pero fue tan emocionante e inesperado que tuve que sentarme en el borde de la cama para asimilarlo.

¿Quién iba a decir que la frase “¿Fuiste tú con quien discutí la otra noche sobre las ventajas de las salchichas Linda McCartney?” podía hacer palpitar el corazón? Rondaba los veintitantos y había pasado la mayor parte de esa década teniendo citas, con muy poco éxito. La persona que había estado a punto de conquistar mi corazón vivía ahora a 8 mil kilómetros de distancia y desde entonces hubo una gran cantidad de ghosting, egos, neurosis y una abundancia de indeferencia. Me sentía totalmente desanimada.

La última cita que había tenido antes de que llegara este mensaje había sido con alguien a quien mi compañero de departamento y yo habíamos apodado “Dave el desinteresado”. No necesito explicarlo.
Este fatídico mensaje fue enviado en febrero de 2013 después de haber pasado la mayor parte de la fiesta del 30 cumpleaños de mi hermano platicando con un chico aparentemente agradable que tenía una sonrisa encantadora. Terminamos compartiendo un taxi de vuelta a casa porque los dos queríamos acostarnos temprano: yo tenía que entregar un trabajo y él tenía que jugar un partido de futbol en la mañana (aparentemente).

No iba a haber nada interesante porque a) era amigo de mi hermano y b) yo me iba a quedar en casa de mi madre esa noche, una combinación terriblemente incómoda. Casi al final del viaje, decidí preguntarle directamente si quería salir conmigo: estaba aburridísima de jugar y, además, había algo en esa sonrisa. “¿Te gustaría ir a tomar algo algún día?” le pregunté, y enseguida me di cuenta de lo terrible que sería para él decir que no. Estando los dos solos. Atrapados en un taxi. Así que inmediatamente continué con un nervioso: “No tienes que decir que sí solo porque estás sentado junto a mí”. Como es lógico, se quedó un poco sorprendido y, aunque terminamos intercambiando números de teléfono, salí del taxi muerta de vergüenza y segura de que no volvería a saber de él.

Entonces apareció en mi pantalla unos días después, con su mensaje inicial sobre la alternativa a la carne. Y con ese mensaje me envió lo que todos los maltratados por el cruel e ingrato mundo de las citas ansían: una pizca de esperanza. Recuerdo que le contesté algo sobre las muy superiores salchichas vegetarianas Tivall, que estoy segura que era material de poesía. Ojalá pudiera encontrar esos mensajes. Me gustaría enseñárselos a nuestros hijos algún día.
Abigail Radnor

‘Le hice una pregunta rápida a mi futura suegra: ¿CASAR HIJA CONTESTA LO ANTES POSIBLE?
Al parecer, cerca del 70% de las personas que proponen matrimonio lo hacen a la antigua, pidiendo permiso a su futura suegra antes de arrodillarse.

Me pregunto qué porcentaje ha pedido ese permiso a través de un mensaje de texto.
En 2011, decidí pedirle matrimonio a mi novia de aquel entonces mientras estábamos de vacaciones en Cornualles. Nos hospedábamos en una casa de campo en mal estado, llena de moscas muertas y con olor a cortinas viejas y medicamentos. Compré velas pequeñas y las distribuí en el patio siguiendo unos patrones que creía que eran hipnóticos y sexys. Estas velas, que se apagaban una y otra vez con la brisa, requerían un mantenimiento constante. Se estaban cocinando unos filetes.

Distraído, muy al final del proceso se me ocurrió pedir permiso. Me apresuré a enviar un mensaje rápido a mi futura suegra y, aunque la redacción exacta se ha perdido en nuestra historia familiar, sé que fue escrito a toda velocidad y con no muchos más detalles que: “¿CASAR HIJA CONTESTA LO ANTES POSIBLE?”.

Corrí a encender de nuevo las velas. Terminé de preparar los filetes. Se acabó el tiempo y le hice la pregunta. Más tarde, encontré una respuesta de mi suegra, que nos había dado su bendición, perdonándome también por un método de pedida de mano que ahora me hace avergonzarme. Si hubiera tenido un emoji a mi disposición, entonces le habría enviado una cara avergonzada. Puede que ahora le envíe uno.
Tom Lamont

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Ilustración: León Edler/The Guardian


‘Me desperté cubierta de mi propio vómito y envié un mensaje culpando a una persona cualquiera.
¿Me había salido con la mía?’
¡Malditos sean esos cerebritos de los 90 que inventaron los mensajes de texto! ¿Acaso no pensaron ni por un segundo en añadir una función para “anular el envío”? ¿No tuvieron en cuenta el infierno social que se produciría inevitablemente al darle a cualquiera la posibilidad de enviar mensajes instantáneos a personas que le gustan o a las que ha agraviado gravemente

Todos vivimos con la culpa de nuestros mensajes de texto de caos histórico. Desde enviar mensajes de texto a chicos distantes y desagradables diciéndoles que estás pensando en ellos en ese momento 😉 hasta monólogos a tu mejor amiga lamentándote de cómo te ofendió, hay muchas cosas que se pueden enviar, y se envían, y de las que uno se arrepiente al instante. Por ejemplo, la vez que reenvié un gif ofensivo al chico nuevo con el que salía porque malinterpreté la premisa. Me niego a entrar en detalles respecto a esto, pero cuando me contestó “¿por qué mierda me has enviado esto?”. Vi lo que estaba ocurriendo en el fondo de la imagen en bucle, y lo único que quise fue irme a vivir a esa isla con la pelota de voleibol Wilson y romperme los dientes con un patín de hielo. Me dejó unas semanas después; yo estaba como: “No hay problema, amigo. Lo entiendo”.

Mi absolutamente peor mensaje ocurrió cuando teníamos 17 años, y nuestra amiga genial (a la que llamaré Sasha) era promotora de un club en Londres. Este estatus nos había asegurado la entrada los viernes por la noche. Para nosotras, adolescentes desordenadas ancladas en la zona Woking de Yates y Wetherspoons, esto era algo muy importante, y estuvimos a la altura de la ocasión.

Seré sincera, no recuerdo mucho de aquella noche, pero cuando me desperté apestando a alcohol en la habitación de la hermana pequeña de Sasha, y me di cuenta del vómito que cubría la cama, el piso y, de alguna manera, las paredes, sí recordaba lo suficiente como para saber con certeza que “Diablos, sí, esa fui yo”. También había un “cualquiera”, como solía denominarse a cualquier no-amigo, en casa de Sasha: uno de esos adolescentes que son bastante guapos pero no tienen plática. Ese chico, llamémosle Marcus, se había ido, no aparecía por ninguna parte; los demás miembros de nuestro grupo seguían dormitando el ron y los mixers. Escapé al amparo de la oscuridad de la resaca del amanecer y le envié un mensaje a Sasha diciéndole que me había despertado entre todo aquel vómito y que recordaba con toda claridad que procedía de la boca del tal muchacho Marcus. “¡Qué imbécil!”, nos escribimos, unidas en nuestro asco.

Después, le envié un mensaje de texto a Charlotte, nuestra amiga en común, contándole toda la historia: había vomitado por toda la habitación del hermano de Sasha, sé que fui yo, recuerdo haberme sujetado el cabello, etcétera, etcétera, pero había culpado al misterioso Marcus y me había salido con la mía. Había superado mi adversidad de borrachera y había salido victoriosa.
El detalle: yo, por supuesto, envié ese mensaje a Sasha, no a Charlotte. Quince años después, todavía me avergüenzo. Sasha no estaba nada impresionada. Ella y yo ya no hablamos. Lo he dicho antes, y lo diré de nuevo: no hay problema, amiga. Lo entiendo.
Emma Sidi

Siempre me dará vergüenza pensar en él leyendo eso’
El primer mensaje de texto que recibí fue de un chico con el que me sentaba en educación religiosa y decía: sácate las tetas. Aunque nunca llegué a sacarme las tetas para ese chico en concreto, representó la despreocupada y despiadada facilidad con la que mis compañeros adolescentes y yo nos comunicábamos a principios de la década de los noventa.

Hoy en día me asusta compartir cualquier pensamiento sincero a través de mensajes de texto por temor a que les saquen una captura de pantalla, pero por aquel entonces monologaba a diestra y siniestra, día y noche, o al menos hasta que me quedaba sin saldo. Incluso podía enviar mensajes de texto sin mirar, y con frecuencia lo hacía a escondidas mientras estaba sentada en la mesa con mis padres, con los ojos vidriosos mirando fijamente mi plato de chícharos fríos.

Naturalmente, envié los mensajes equivocados a las personas equivocadas, y viceversa, pero de lo que más me arrepiento es de un mensaje que envié a los 16 años, casi al final de una relación de dos meses con un chico inmaduro de la escuela que se parecía a Seth Cohen, de The OC. Nos llevábamos bien, pero yo quería la experiencia cinematográfica que había visto en la tele: Quería fuegos artificiales, un lecho de rosas rojas y paseos por la playa.

Con toda honestidad, quería que sacara sus tetas. Para desahogar mis frustraciones, le envié un mensaje a mi amigo Greg para decirle que lo de “Seth” no estaba funcionando. “No me gusta y quiero romper con él”, escribí, posiblemente con una lista de otras insuficiencias que no me atrevo a documentar públicamente.

Al día siguiente, un grupo de amigos, entre ellos Greg y mi novio, estábamos jugando a kiss chase en el jardín de mis padres. Al cabo de 30 minutos, me di cuenta de que mi novio había desaparecido, así que entré a buscarlo, solo para ver su larguirucho cuerpo arqueado solemnemente sobre un Nokia 3210 que no era suyo.

Cuando me escuchó entrar en la habitación, el falso Seth colocó dramáticamente el teléfono sobre una mesa –con la pantalla abierta en el mensaje que le envié a Greg– y dijo que creía que debía irse. Y así lo hizo, después de esperar en silencio 40 minutos hasta que su padre lo recogió.

Siempre me avergonzaré cuando recuerde ese mensaje de texto; dolida por la idea de que alguien tan dulce leyera palabras tan brutales e injustificadas. Me maldeciré para siempre por ser tan chismosa y cruel. Pero, sobre todo, siempre estaré agradecida por las contraseñas.
Harriet Gibsone

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Ilustración: Leon Edler/The Guardian

El primer mensaje no era divertido. Para el 27°, se había convertido en algo surrealista’
Era abril de 2005 y mi madre había ido a una conferencia sobre vitrales en Islandia, porque, por supuesto, había ido a ese lugar. Mi hermana me enviaba mensajes aproximadamente cada hora para decirme: “Mamá se fue a Islandia”, en referencia al eslogan del supermercado.

La primera vez no fue divertido, pero alrededor de la quinta, la pura audacia de lo poco divertido que era se convirtió en algo graciosísimo. A veces enviaba una respuesta deliberadamente aún menos divertida, y alrededor del vigésimo séptimo mensaje de texto, el asunto comenzaba a volverse surrealista, y creo que me reí de verdad, a carcajadas, durante un tiempo considerable. Esto fue cuando todavía existía la ambigüedad sobre si “lol” significaba “reír a carcajadas” o “mucho amor” (según David Cameron en la investigación Leveson). Así que le respondí: “Eso en realidad me hizo reír a carcajadas, pero por favor detente ahora. Por favor”.
Ella no se detuvo.

Era la época anterior a los emojis y las fotos, por lo que había muy poco margen para mezclar las cosas. “Mamá se fue a Islandia”, volvía a escribir. En ese momento ya estábamos en el cuarto día, o en el día 400, ¿quién sabe? Nuestro padre había muerto el noviembre anterior y, durante años, nuestra comunicación por SMS alternó entre lo secamente existencial (“Aún no hay metástasis”) y lo tediosamente administrativo (“Intenté llevar esas latas de sustituto de comida a Boots, pero no puedes devolver medicamentos recetados, así que tengo que TIRAR 36 LATAS DE SOPA BATIDA DESAGRADABLE PERO ÚTIL”). Ese triste momento quedó enterrado, ahora, bajo miles de mensajes de textos eternos: “Mamá se fue a Islandia”; “Basta ya”.

Al quinto día, mi hermana me llamó y yo ignoré la llamada, pensando que un chiste que no era gracioso por mensaje de texto probablemente lo sería incluso menos por voz; ignoré también las trece llamadas siguientes, contestando finalmente con la respiración entrecortada, dispuesta a decirle lo mucho que me estaba molestando en forma de canto yodel. Resultó que nuestra madre había tenido un infarto. Estaba bien; la atención médica islandesa es increíble. Aun así.

Parece que una regla fundamental de los mensajes de texto aún no había penetrado en mi conciencia: cuando alguien cambia de medio, es porque quiere decir otra cosa.
Zoe Williams

‘Tradicionalmente, me he mantenido alejada de las granadas SMS. Pero entonces tuve que quitar el seguro’
El mensaje de texto después de una noche de fiesta es una amante cruel. A veces parece una intervención divina, trayendo verdad y luz a las oscuras ficciones de mi mente: “¿Y si dije algo malo?”, dice la ansiedad mezclada con la angustia. “¡Probablemente ahora mismo están creando un grupo de WhatsApp llamado ‘Coco es problemática’!”. Pero entonces llega: “¡Me alegra verte!” y todo está bien en el mundo.

Y a veces los mensajes duelen: el “Tenemos que hablar” de un compañero decepcionado por las payasadas de la noche. O el silencio de o hacia un conocido que se excedió.
Tradicionalmente me he mantenido alejada de estas granadas SMS, incluso cuando eran necesarias (léase: ¡complaciente!). Sin embargo, la mañana siguiente a mi fiesta de cumpleaños, hace unos años, tuve que quitar el seguro: “Oye, tengo que decir esto…”.

Tardé varias horas en redactar el mensaje. Revisión tras revisión intentando dar con el tono adecuado, buscando “decepción digna” pero encontrando únicamente “triste”.
Estaba triste porque, mientras un pequeño grupo de amigas (blancas) se alejaba de mi fiesta, las detuve a la salida para tomarles una foto.

Un hombre, tal vez borracho, tal vez enfermo, pero sin duda desatado y más grande que yo, empezó a acosarlas. Intervine. Se acercó cada vez más a mí, hasta que estuvo lo bastante cerca como para que sintiera la humedad cuando me escupió la palabra con “P” a la cara. Pero lo que más me entristeció fue que, cuando se fue, mis amigas también se fueron, dejándome en estado de shock y, pocos minutos después, llorando.

He pensado mucho en cómo, en esta era de “un solo uso”, la amistad también puede ser tratada como algo desechable. Tal vez sea porque usamos el término “amigo” con demasiada libertad, aplicándolo a personas que son bastante agradables, pero que no estarán ahí para visitarte en el hospital, o prestarte sus últimos 10 libras si las necesitas más.

Pero de aquella noche –de aquellos mensajes– aprendí que los buenos amigos no se encuentran, sino que se hacen, a través de las pruebas y el crecimiento; a través de la franqueza y la honestidad sobre el hecho de que a veces te hacen daño y a veces te equivocas, y queriendo, por encima de todo, solucionarlo.

Tres años después, muchas de esas mismas amigas fueron mis damas de honor. Somos más cercanas que nunca. El mensaje después de la noche de fiesta puede ser una amante cruel. Pero también es un gran remedio.
Coco Khan.

‘Tardé tres días en averiguar qué significaba ese sobre’
Era la tarde del día de Navidad de 1999. Habíamos abierto los regalos horas antes y la tradicional decepción por los regalos de Navidad empezaba a perder su sabor amargo. Ya habíamos pasado el momento cumbre y todos estábamos preparados para caer en un apacible y somnoliento coma de pavo.

De repente, se escuchó un sonido eléctrico que no reconocí, un “ping” desconocido emitido desde mi Motorola V3688. El teléfono nunca estaba lejos de mi lado. De hecho, el teléfono siempre estaba a mi lado, ya que había decidido llevarlo en una práctica y elegante funda (no por el gran número de llamadas que recibía, sino porque me hacía sentir un poco como el capitán Kirk de Star Trek con su tan codiciado comunicador plegable). Al soltar el clip de la funda con el pulgar y abrir el teléfono para inspeccionarlo con más detenimiento, me di cuenta de que había aparecido un pequeño símbolo de sobre en la parte superior derecha de la pantalla monocromática. Se lo mostré a mi pareja. “¿Qué significa? “No sé, nunca lo había visto”.

Mi primer pensamiento, porque el pánico es mi refugio, fue: “Oh diablos, el teléfono está fallando, apuesto a que eso no está cubierto en mi contrato One2One”. Empecé a juguetear con los botones, tal vez podría hacer que el cursor llegara hasta el sobre misterioso.

A pesar de ser extremadamente básicos, estos primeros teléfonos eran frustrantemente difíciles de manejar. Podías desgastar un dedo hasta los huesos pulsando botones solo por intentar configurar el tono de llamada, un desafío sensorial. Por eso no les sorprenderá si les digo que tardé tres días enteros en averiguar qué hacer con ese pequeño sobre. Cuando por fin conseguí dar con la combinación adecuada de botones, mis esfuerzos se vieron recompensados con un mensaje de tres palabras que apareció en la pantalla. FELIZ NAVIDAD ZOE.

En la parte inferior aparecía el número del remitente, pero no el nombre. Aún no sabía cómo utilizar las opciones de los contactos. No tenía ni idea de quién era y por qué demonios se había molestado en enviarme esa “cosa”. Recuerdo perfectamente que pensé: “¡Oh! Es una tontería, ¡eso nunca se pondrá de moda!”.
Zoe Lyons.