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Cultura

La-Lista de los poemas más aclamados de Ramón López Velarde

Ramón López Velarde, considerado poeta nacional y autor de ‘La suave patria’, falleció hace 100 años en la Ciudad de México.

Ramón López Velarde
Imagen del poeta Ramón López Velarde. Foto: gob.mx

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Han pasado 100 años desde que México se quedó sin voz: perdió a quien era su poeta nacional, Ramón López Velarde. A sus 33 años, edad en que dejó esta tierra, ya había escrito su gran obra, Suave Patria.

Ramón Modesto López Velarde Berumen nació en Jerez, Zacatecas, el 15 de junio de 1888. En 1908 ingresó a la Escuela de Leyes del Instituto Científico y Literario de la Ciudad de San Lis Potosí, aunque previamente estuvo en otros espacios educativos.

En 1910 conoció a Francisco I. Madero y colaboró con él como secretario. Un año después obtuvo su título de abogado y ejerció como juez en El Venado, San Luis Potosí. En 1912 llegó a la capital y publicó poemas, crónicas y ensayos breves.

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Ramón López Velarde murió el 19 de junio de 1921 por neumonía y pleuresía a causa de un largo paseo nocturno tras una visita al teatro y una cena, de acuerdo con información de la Secretaría de Cultura.

A continuación, La-Lista de los poemas más entrañables –además de La suave Patria– del poeta nacional.

5. El son del corazón

Este poema de Ramón López Velarde da nombre a uno de los poemarios publicados tras la muerte del autor. Vio la luz en 1932 y es un homenaje del Bloque de Obreros Intelectuales de México.

Estas son las estrofas:

“Una música íntima no cesa,
porque transida en un abrazo de oro
la Caridad con el Amor se besa.

¿Oyes el diapasón del corazón?
Oye en su nota múltiple el estrépito
de los que fueron y de los que son.

Mis hermanos de todas las centuras
reconocen en mí su pausa igual,
sus mismas quejas y sus propias furias.

Soy la fronda parlante en que se mece
el pecho germinal del bardo druida
con la selva por diosa y por querida.

Soy la alberca lumínica en que nada,
como perla debajo de una lente,
debajo de las linfas, Scherezada.

Y soy el suspirante cristianismo
al hojear las bienaventuranzas
de la virgen que fue mi catecismo.

Y la nueva delicia, que acomoda
sus hipnotismos de color de tango
al figurín y al precio de la moda.

La redondez de la Creación atrueno
cortejando a las hembras y a las cosas
con el clamor pagano y nazareno.

¡Oh Psiquis, oh mi alma: suena a son
moderno, a son de selva, a son de orgía
y a son mariana, el son del corazón!”

4. Día 13

Ubicado entre una detallada selección, Día 13 forma parte del libro Zozobra que Ramón López Velarde publicó en 1919. Se trata del segundo y último poemario del autor publicado en vida.

“Mi corazón retrógrado
ama desde hoy la temerosa fecha
en que surgiste con aquel vestido
de luto y aquel rostro de ebriedad.

Día 13 en que el filo de tu rostro
llevaba la embriaguez como un
relámpago
y en que tus lúgubres arreos daban
una luz que cegaba al sol de agosto,
así como se nubla el sol ficticio
en las decoraciones de los Calvarios de los Viernes Santos.

Por enlutada y ebria simulaste,
en la superstición de aquel domingo,
una fúlgida cuenta de abalorio
humedecida en un licor letárgico.

¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas
para que así pudiesen
narcotizarlo todo?
Tu tiniebla
guiaba mis latidos, cual guiaba
la columna de fuego al israelita.

Adivinaba mi acucioso espíritu
tus blancas y fulmíneas paradojas:
el centelleo de tus zapatillas,
la llamarada de tu falda lúgubre,
el látigo incisivo de tus cejas
y el negro luminar de tus cabellos.

Desde la fecha de superstición
en que colmaste el vaso de mi júbilo,
mi corazón obscurantista clama
a la buena bondad del mal agüero;
que si mi sal se riega, irán sus granos
trazando en el mantel tus iniciales;
y si estalla mi espejo en un gemido,
fenecerá diminutivamente
como la desinencia de tu nombre.

Superstición, consérvame el radioso
vértigo del minuto perdurable
en que su traje negro devoraba
la luz desprevenida del cenit,
y en que su falda lúgubre era un bólido
por un cielo de hollín sobrecogido”.

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3. Ofrenda romántica

Este poema se trata de una pieza que formó parte del primer poemario de Ramón López Velarde, La sangre devota, el cual contiene la originalidad del tratamiento de la provincia con la afirmación que trajo consigo la Revolución

“Fuensanta: las finezas del Amado,
las finezas más finas,
han de ser para ti menguada cosa,
porque el honor a ti, resulta honrado.
La corona de espinas, llevándola por ti,
es suave rosa que perfuma la frente del Amado.
El madero pesado
en que me crucifico por tu amor,
no pesa más, Fuensanta,
que el arbusto en que canta
tu amigo el ruiseñor
y que con una mano
arranca fácilmente el leñador.

Por ti el estar enfermo es estar sano;
nada son para ti todos los cuentos
que en la remota infancia
divierten al mortal;
porque hueles mejor que la fragancia
de encantados jardines soñolientos,
y porque eres más diáfana, bien mío,
que el diáfano palacio de Cristal.

Pero con ser así tu poderío,
permite que te ofrezca el pobre don
del viejo parque de mi corazón.
Está en diciembre, pero con tu cántico
tendrá las rosas de un abril romántico.
Bella Fuensanta,
tú ya bien sabes el secreto: ¡canta!”

2. Del pueblo natal

Este poema también forma parte de La sangre devota y da una muestra más clara y palpable de la religiosidad provinciana:

“Ingenuas provincianas: cuando mi vida se halle
desahuciada por todos, iré por los caminos
por donde vais cantando los más sonoros trinos
y en fraternal confianza ceñiré vuestro talle.

A la hora del Ángelus, cuando vais por la calle,
enredados al busto los chales blanquecinos,
decora vuestros rostros -¡oh rostros peregrinos!-
la luz de los mejores crepúsculos del valle.

De pecho en los balcones de vetusta madera,
platicáis en las tardes tibias de primavera
que Rosa tiene novio, que Virginia se casa;

y oyendo los poetas vuestros discursos sanos,
para siempre se curan de males ciudadanos
y en la aldea la vida buenamente se pasa”.

1. El mendigo

Este poema, que forma parte del último título que publicó en vida, ahonda en las inquietudes del autor.

“Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma
de todos los voraces ayunos pordioseros;
mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma
del mar y al simulacro azul de los luceros.

El cuervo legendario que nutre al cenobita
vuela por mi Tebaida sin dejarme su pan,
otro cuervo transporta una flor inaudita,
otro lleva en el pico a la mujer de Adán,
y sin verme siquiera, los tres cuervos se van.

Prosigue descubriendo mi pupila famélica
más panes y más lindas mujeres y más rosas
en el bando de cuervos que en la jornada célica
sus picos atavía con las cargas preciosas,
y encima de mi sacro apetito no baja
sino un pétalo, un rizo prófugo, una migaja.

Saboreo mi brizna heteróclita, y siente
mi sed la cristalina nostalgia de la fuente,
y la pródiga vida se derrama en el falso
festín y en el suplicio de mi hambre creciente,
como una cornucopia se vuelca en un cadalso”.

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