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‘Nunca había venido más al caso’: Margaret Atwood sobre el genio de Big Science de Laurie Anderson

Ante la reedición de Big Science, Margaret Atwood rinde tributo a la disección profética de los EU de los 80.

'Un refugiado desde dentro de Estados Unidos'… Anderson a principios de los 80. Fotografía: Leon Morris / Getty Images

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Allí vienen los aviones. ¡Hay muchos aviones estadounidenses! Here come the planes. They’re American planes! Los melómanos, sobre todo los menos jóvenes, seguro recuerdan esas líneas, que son del éxito de 1981 O Superman de Laurie Anderson y su combinación poco común de voz con sintetizador. Esta canción, si es que lo es, o traten de cantarla en la regadera, dio lugar al primer álbum con varias canciones de Anderson, Big Science, de 1982.

Big Science se vuelve a publicar en el  momento más adecuado: cuando EU se está reinventado de nuevo. Se trata de una misión de autorescate, y apenas a tiempo: la democracia, nos quieren hacer creer, cayó tal vez en las garras de la autocracia. Un New Deal, que busca la distribución más justa de la riqueza y, probablemente, un planeta más habitable, está en camino, posiblemente. El racismo, que data de siglos atrás, se va a atender, así lo esperamos. Ojalá que estos helicópteros no se caigan.

Yo no entendía, en 1981, que O Superman trataba sobre la misión para recoger a los combatientes estadounidenses durante la revolución iraní y sobre la crisis de los rehenes durante la cual 52 diplomáticos de EU estuvieron retenidos en Irán más de un año. La misma Anderson ha dicho que la canción está relacionada directamente con la Operación Eagle Claw, una misión militar de rescate fallida: un fracaso con un helicóptero estrellado incluido. Esta catástrofe demostró que el Superman de la industria militar estadounidense no era invencible,  y que la automatización y la electrónica que se mencionan en la canción no siempre ganarían. El helicóptero estrellado, dijo Anderson, fue la inspiración inicial para la canción de este performance. Cuando O Superman se convirtió en un éxito, primero en Reino Unido y después en todos lados, Anderson se declaró sorprendida. ¿Cuáles eran las probabilidades? Muy pocas, podrías haber pensado con antelación.

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Uno siempre recuerda lo que hacía en los momentos importantes de la vida. Esos momentos son diferentes para todos. Algunos de mis momentos están relacionados con tragedias públicas: cuando asesinaron a Kennedy, yo trabajaba en una compañía de estudios de mercado en el el centro de Toronto. Cuando el 9/11, yo estaba en el aeropuerto de Toronto pensando que iba a viajar a Nueva York. Algunos de mis momentos están relacionados con el clima y me ha tocado estar en medio de huracanes y de tormentas de nieve. Y algunos momentos son musicales. Tenía cuatro años y estaba sentada en un sillón en Sault Ste Marie tratando, sin lograrlo, de ponerle la ropa a mi oso de peluche, cuando escuché por primera vez Maizry Doats en la radio. Blue Moon llegó a mí con una banda en vivo, en la pista de un baile de la prepa, toda sudorosa y abrazada a mi pareja como se acostumbraba entonces. Bob Dylan se me apareció en 1964, con sus rizos y su armónica en un escenario de Boston con la reina de los folkies, Joan Baez, descalza.

Corte a 1981. Pasó el tiempo. Soy mayor y no es sorpresa. Es sorpresa, o lo habría sido para mí en 1964, que yo tuviera una pareja y un hijo, sin mencionar los dos gatos y una casa. Ronald Reagan acaba de ser electo presidente y ya está prometiendo que EU va a ser algo muy diferente sin el new age de los hippies ni el feminismo con el que vivimos en los 70. La derecha religiosa crecía como fuerza política. Yo ya tenía la idea de The Handmaid ‘s Tale, y estaba decidiendo si debía escribirla o no. ¿En realidad era una exageración?

Si hubiera conocido entonces a Laurie Anderson me habría dicho: “No hay nada que pueda ser considerado una exageración”.

Así es que 1981. Teníamos prendido el radio mientras preparábamos la cena cuando un sonido sobrecogedor llegó pulsando con las ondas sonoras.

“¿Qué era esa cosa?” dije. No era el tipo de música, o ni siquiera de sonido, que normalmente se escucha en la radio, o en ninguna parte, si lo piensa uno. Lo más parecido a eso era el sonido de  cuando éramos adolescentes y tocabamos los discos de 45 revoluciones en 33 porque sonaba divertido. Una soprano podía sonar como un sonido reducido a un alarido lento, de barítono parecido a un zombie, y con frecuencia lo era.

Sin embargo, lo que acababa de escuchar no era divertido. “Esta es tu madre”, decía una voz cantarina con acento del medio oeste en una contestadora. “¿Vienes a casa?” Pero no es tu madre. Es “la mano, la mano que quita”. Es un concepto. Es algo de película de ciencia ficción, como en  Invasion of the Body Snatchers: parece humano, pero no lo es, lo cual es escalofriante y siniestro. Lo que es peor, es la única esperanza. Mamá, Papá y Dios y la justicia y la fuerza no han podido hacer nada.

“Esa cosa” me sorprende de O Superman. Como podrán verlo, no lo he olvidado. No se parece a nada más, y Lauie Anderson no se parece a nadie, tampoco.

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O a nadie que uno normalmente pudiera considerar un músico pop. Hasta su primer sencillo, se consideraba una artista de vanguardia del performance, una inventora, con estudios en artes visuales y que había colaborado con artistas como ella, como William Burroughs y John Cage. Los 70, que recordamos no sólo por las corbatas anchas, abrigos largos y botas altas, y por el look étnico, sino también por la segunda ola activa del feminismo, fue un periodo de gran energía para los eventos de performance. Estos eran efímeros por naturaleza, y enfatizaban el proceso más que el producto. Sus orígenes se remontaban a la adolescencia del siglo XX, al dadaísmo, a Group Zero, y un intento tardío de los 50 por crear algo nuevo del cascajo de la segunda guerra mundial, y a Fluxus, activo en los 60 y en los 70.

El gran proyecto de Anderson de Big Science fue un examen crítico y ansioso de EU, pero no hecho desde afuera. Nació en 1947 y por tanto tenía 10 en 1957, edad suficiente para ser testigo de todos los nuevos objetos que inundaron los hogares estadounidenses en esa década. Tenía 15 en 1962, durante un periodo muy activo del movimiento de los derechos civiles, y 20 en 1967, cuando el descontento en las universidades y las protestas en contra de la guerra de Vietnam estaban en su momento más alto. Romper las normas, para alguien de su edad, debe haber sido lo normal.

Aunque Nueva York se convirtió  en su base cultural, Anderson no era una chica de gran ciudad. Creció en Illinois, el corazón del corazón de EU. Era conocida por su voz de mamá y sus tropos de “hola extraño”. Era una refugiada, no de afuera, sino de adentro: de una mamá, del pay de manzana, de un país del pasado que se estaba transformando rápidamente por los inventos materiales, y por las vías rápidas, los centros comerciales, los autobancos, que cita en Big Science y en los sitios de interés del camino a la ciudad.¿En dónde van a usar los bulldozers ahora? ¿Cuánto va a quedar de la materia natural? ¿La idolatría de los estadounidenses por la tecnología acabaría con su país? Y de manera más amplia, ¿en qué consistía nuestra humanidad?

Y mientras el siglo XX se transforma en el XXI, mientras las consecuencias de la destrucción del mundo natural se hacen evidentes de manera devastadora, mientras lo análogo es rebasado por lo digital, mientras las posibilidades de la vigilancia se incrementan de forma exponencial, y mientras los medios en línea se aproximan a la mente colectiva sin clemencia del Borg,  las muestras ansiosas e inquietantes de Anderson toman el aura de lo profético. ¿Ya no quieres ser un ser humano? ¿Eres uno? ¿Qué es eso? O tal vez ¿deberías dejar que tu madre falsa  te abrace con sus largos brazos electrónicos y petroquímicos?
Big Science nunca había venido más al caso que ahora. Hay que escucharlo. Pensar en lo que es urgente. Sentir los escalofríos.

The Guardian
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